
Al final te acostumbras al barro,
al lodazal
y a sentir los pies pegados.
.
Te acostumbras
y aprendes a avanzar sin caer,
sabiendo que tampoco hoy podrás correr.
.
Llega un momento que bajas los brazos,
que dejas de pensar lo bueno y lo malo
y solo sientes.
.
Es entonces cuando aparece el grito sordo,
¡sal! ¡Ya!
Y entonces te vas.
.
Te vas y resulta sencillo,
absurdamente simple,
como el perro apaleado que huye.
.
Llega un momento que bajas los brazos
y te niegas a remar más,
aunque a latigazos te crucen la espalda.
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Al final te acostumbras al barro,
y la mueca de tristeza
se torna en hastiada media sonrisa.
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¡Hasta aquí!
Ahora remo para mí,
ahora remo para quien me quiere.
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¡No!
No es amor un muro,
ni las puertas cerradas.
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Las sirenas cantando
y Ulises atado al mástil,
navegando una década de desventuras.
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El de Ítaca sabe de sus errores,
de las sombras de cada héroe
y sigue practicando la inalcanzable virtud.
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Tanto amor tirado por la borda,
tanto respeto perdido,
tanto tesoro bajo el lodazal.
.
Te acostumbras al barro,
no al látigo
y aprendes a avanzar sin caer.
.
Y del barro rescatas la flor,
la tiendes a la muchacha
y sencilla, te devuelve una luminosa sonrisa.
.
¡Aquí sí!
Remo para ti…
Y ella risueña coge otro remo.
.
Quedan atrás sirenas y lodazales,
mientras la luz de tu sonrisa de leche
no deja de iluminar.
.
Javi



Del barro nacen los mejores cuencos para llenarlos.
Qué bonita reflexión, Mónica.
No lo podría expresar mejor. Gracias por tu arte.