
Paso por un pueblo en fiestas, de gentes arregladas y jóvenes embriagados, y el ruido y el ajetreo me es ajeno, extraño. Mi espíritu quiere serenarse entre tomillos y yeguas. Las perras trotan arriba y abajo por una senda milenaria, inaugurada por pastores y saqueadores, agricultores y guerreros.
El castro es un lugar especial, al que incluso subió el viejo ya de mayor. Le costó, pero subió. Él, caminante indomable. Hoy el monte me trajo tu compañía, rodeado de vida, y contemplo tu mirada celeste hacia el potro que acude, al trote entre riscos, a mamar con su madre. Sonríes, pues siempre te llenó la vida animal, imagino que por ser natural y no envilecida.

El sol se oculta, para deleite de la cachorra, que aprovecha un instante desde la barbacana defensiva para apaciguar su alocado temperamento. La luna corona la más alta montaña, donde te imagino descansando, oteando la serranía y el valle que te vieron crecer, siempre laboreando, siempre vivaz. Después vendría la ciudad, pero ya esa es otra historia.

En el altar de homenajes y sacrificio imagino un momento especial, un destello de porvenir y ofrendo el pasado para que alumbre un presente bonito. La historia de este lugar empequeñece nuestra cotidianeidad y engrandece la conexión con lo esencial, con lo que nunca nos deja de palpitar. Hoy hemos descansado, andando por montañas, dejando vagar el atribulado alma. A la vuelta el pueblo sigue con la parranda y sin embargo, yo sigo pensando en volver a la senda, junto a ti, para ver tu celeste mirada y tu descreída media sonrisa.
Javi



Precioso Javier.