
En el siglo XIX, Gustav Schwab (1792-1850) escribió la trilogía “El ciclo de Troya”, compuesta por los libros: “La guerra”, “El viaje de Ulises” y “La patria de Eneas”. Schwab era profesor de secundaria en Stuttgart. Estudió Filología, Filosofía y Teología en la Universidad de Tubinga, de la que recibió el doctorado honoris causa en 1847. También fue pastor religioso y editor. Su obra “Las más bellas leyendas de la Antigüedad Clásica” se convertiría en manual de referencia del sistema educativo germano y gracias a su obra las ideas del mundo antiguo grecolatino calarían hondo en Alemania.
Hoy reseñamos el libro primero del ciclo troyano: “La guerra”. Esta obra es la versión de Schwab de la obra clásica, atribuida a Homero, de “La Iliada”. Ya sabréis el argumento. El príncipe troyano Paris rapta a Helena, más o menos con su consentimiento, que es la esposa de Menelao, rey de Esparta. Las ciudades estado griegas, con Agamenón, al mando, forman una temible flota que acabará sitiando la ciudad de Troya. El asedio y las batallas a las puertas de la ciudad durarán una década, donde héroes de uno y otro bando mostrarán su valor en la batalla, destacando Aquiles entre los helenos y Héctor entre los troyanos. Sin embargo, la astucia de Ulises (Odiseo) será quien finalmente consiga abrir la inexpugnable defensa troyana.
La obra de Schwab es una novela de fácil lectura, ideal para jóvenes o para cualquier persona que se quiera adentrar en las obras de la mitología clásica, cuna de la cultura mediterránea, junto al crisol de otros pueblos que han dejado su influencia en viajes, comercios, guerras, idas y venidas, como egipcios, persas, fenicios y cartagineses, árabes, rifeños, íberos, galos, celtas y celtíberos…
Hasta aquí lo que todo el mundo parece saber de la guerra de Troya, aunque no haya leído nunca nada sobre la misma. Pero el caso es que troyanos y griegos compartían el mismo panteón de dioses. Zeus, Hera, Apolo, Atenea, Afrodita, Poseidón, Tetis… y tantos otros inmortales, se alineaban con uno u otro bando e incluso tomaban parte en las batallas. Apolo era ferviente defensor de la causa de Troya, por ejemplo, y su arco cercenó la vida de alguno de los héroes más insignes de la liga helena. Por su parte, Atenea y Tetis, madre de Aquiles, beneficiaban a los griegos. Zeus se divertía con las batallas e intervenía según su particular sentido de la justicia.
Los guerreros de uno y otro ejército eran manejados como peones en el gran juego de los dioses. Los hombres intentaban rebelarse contra su destino y actuaban de forma heroica tratando de sobrevivir y de imponer su hegemonía en una guerra despiadada y sangrienta. También los hay astutos como zorros, que dejan la valentía para los más jóvenes o aguerridos y tratan de alcanzar la victoria con argucias. Finalmente, el comportamiento de unos y otros será también recompensado o castigado por los mismos dioses que tejen el devenir de sus vidas. En última instancia, los humanos gozan de cierta libertad interior para incluso oponerse a los mismos dioses, si bien su acción está muy condicionada por las circunstancias y decisiones marcadas por los inmortales. La victoria o la derrota en el campo de batalla o la consecución de los fines no deja de ser algo secundario en la gloria de los héroes. Su comportamiento en vida será quien dictamine que la historia hable de ellos como héroes o simples guerreros. La victoria, pues, es una condición interna, más allá del resultado final de nuestro actuar.

Tan glorioso nos parece Héctor como Aquiles, a pesar de combatir en bandos contrarios y del destino final de ambos. ¿No es menos digna la actitud de Casandra con todo perdido? Tan criticables nos parecerán Paris como Agamenón, por hacer prevalecer sus deseos personales ante el colectivo al que pertenecen. Pero unos y otros no dejan de ser asesinos, saqueadores y bárbaros, que no respetan el templo sagrado de Atenea en Troya o las leyes de la hospitalidad en Esparta. Tanto griegos como troyanos serán castigados por la furia de los dioses y sus pueblos verán como hijos, hermanos, padres y amigos mueren en la explanada de la mítica Troya, en la actual Turquía, o en los viajes de vuelta en el mar. La contradicción y el conflicto interior suponen la idiosincrasia de la humanidad.
Por tanto, ¿quién otorga la categoría de héroes a quiénes arrasan una ciudad y sus gentes? ¿Cuál es el camino del héroe más allá del campo de batalla? ¿Qué margen tiene el ser humano para determinar su acción, si las cartas del destino vienen marcadas por la acción de los dioses? La mitología clásica encierra no pocas preguntas filosóficas que, más de 2.000 años después de los hechos narrados en la guerra de Troya, siguen suscitando posibles y encontradas respuestas.
Javi Prieto Sancho
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