
Si paseas por las zonas verdes de nuestra comarca es muy posible que encuentres una planta de estramonio. Estas bellas plantas con grandes flores blancas y semillas cubiertas de espinas, gozan de mala fama debido a los compuestos que, al ingerirlos, pueden producir desde leves intoxicaciones a complicaciones graves para la salud. No es de extrañar que durante la Edad Media y parte del Renacimiento estuvieran ligadas a la magia y brujería. En la literatura popular se cuenta que las brujas lo usaban como ungüento con el que sumergirse en el mundo de lo oculto, entrar en trance y conectar con la mística. También se menciona que el uso de esta hierba otorgaba el poder de volar, capacidades todas ellas sobrehumanas.
Y no es en vano que, entre el vulgo, la necesidad de poder se haya considerado algo inherente al ser humano, quien, lejos de alcanzarlo por sí mismo, necesita una serie de mecanismos que le permitan acceder a aquello que no podría conseguir con su propio esfuerzo. En este punto, la cuestión de labrarse un futuro o gozar del favor de alguien poderoso se convierte en una dicotomía que da lugar a las más escabrosas artes para saltarse el procedimiento largo, si es que éste existe. Evidentemente porque el poder no está al alcance de todos, sino de privilegiados. Una ayudita no viene mal cuando es imposible acceder a aquello que anhelamos y que desde nuestra posición, se vuelve inalcanzable.
La visita del Papa a Madrid y su asombroso discurso en el congreso, nos viene a recordar que el poder obra en manos de unos pocos. El poder de perdonar, de amar, de impartir justicia, con templanza, con fortaleza pero también con prudencia. Curiosamente, muchas de estas virtudes teologales, se contemplan en los arcanos mayores del tarot, de nuevo otra argucia también en poder de unos pocos privilegiados que ostentan la capacidad de vislumbrar, consultar, traducir la tirada del oráculo y dictaminar al oyente. Eso no está al alcance del pueblo llano, que escucha con complacencia. ¡Nada menos que en el congreso! La mayor institución que representa el poder legislativo otorgado mediante la soberanía popular acogiendo al mayor delegado que representa al poder de la iglesia apostólica y católica. No creo que sea muy dificultoso seguir la línea de puntos.
Pero volviendo al estramonio y a otras recetas mágicas, el dinero advenedizo viene a sustituir, en el mundo de consumo, el farragoso y fatal trance, teniendo en cuenta que la toxicidad podría ser la misma, aunque obrando a otro nivel. Ya lo decía Quevedo: «Poderoso caballero es don dinero». En este binomio poder-dinero se balancean las sociedades actuales, al igual que en otros momentos de la historia (no olvidemos el refrán «de la ceca a la meca», sabiendo que la ceca es la fábrica de moneda en el mundo árabe). Y en esta ecuación poco importan las personas. En boca de Calígula, en la fabulosa obra de teatro de Albert Camus: «Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no la tiene». Está claro. Así, el dinero es el instrumento o la herramienta que permite alcanzar aquello que anhelamos o, al menos, disfrazar nuestro estatus raso de clase. Se convierte en el metal primigenio: origen, causa y consecuencia de todo; de todos los males y de todos los ¨bienes¨.
Y en esas estamos: de la misma manera que el capital nos hace pensar que somos más libres, que nos permite realizar las cosas más inverosímiles e incluso saltarnos cuestiones éticas que, por nuestro filtro mental y cultural, sería inimaginable llevar a cabo, se nos olvida que no es más que un espejismo. Como tal, el dinero permite acceder a las cosas que los poderosos nos pintan de pastel para desearlas. Sin embargo, una vez las consumes y te sacias, el espejismo desaparece. La tecnología, la IA y las redes sociales son el combo perfecto que hace único el pastel: manejado por unas potentes manos han conseguido alienar hasta límites insospechados la voluntad individual.

Durante el siglo XX la formulación “ya no, pero todavía no” remitía a una idea muy trabajada en la teoría del arte moderno y contemporáneo que era esa tensión entre lo que ha dejado de ser (tradición artística) y lo que aún no puede llegar a ser plenamente (lo que en potencia podía llegar a ser en el arte). Pues esa potencia ya está en funcionamiento y se ha hecho realidad en todos los ámbitos de la sociedad. Hasta tal punto que la rápida evolución ha superado la capacidad de adaptación de las personas a esa vorágine que impide acceder a la verdad, a la bondad, a la belleza para vivir en armonía. Y como los trilobites se extinguieron por su incapacidad de adaptarse al medio, nuestras comunidades están al borde de la extinción. Porque si entendemos que la sociedad es un conjunto de individuos que conviven en un territorio e interactúan de forma organizada, y olvidamos la parte que incluiría que somos algo más que la suma de unos individuos, olvidamos también que la sociedad es el marco en el que construir un sentido, estaremos actuando como piezas de un engranaje fácilmente reemplazables, perdiendo el poder que emana de la colectividad.
Y entonces, ¿qué nos queda?
A la antropóloga Margaret Mead se le atribuye la frase “Nunca dudes de que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos puede cambiar el mundo; de hecho, es lo único que lo ha logrado.” Esta mujer estudió cómo la cultura es capaz de moldear el comportamiento humano demostrando que algunos constructos sociales no tienen ninguna validez universal, sobre todo en cuanto al género. Sus estudios la llevaron a postular que no hay ninguna forma correcta de ser, dependen del contexto y explicó también que “El primer signo de civilización en una cultura es un fémur curado,¨ aludiendo a que cuando un individuo se ocupa de otro más débil, es cuando podemos hablar plenamente de sociedad avanzada, que la sociedad nace de la responsabilidad compartida. En este punto el individualismo estaría supeditado al interés de la colectividad.
Volviendo entonces a la cuestión de poder inicial, éste no emana sólo del privilegio de unas pocas personas que cuentan con grandes recursos para moldear o manipular de uno en uno o en masa. El poder también radica en la necesidad de las personas de creer que es mejor estar acompañado que solo.
Trabajar de forma conjunta ante el malestar nos otorga capacidad para transformar e influir. Los axiomas se caen cuando surge una duda. ¨El poder (también) surge cuando las personas actúan juntas, no de forma aislada¨ decía Hannah Arendt; esto lo saben los de arriba. De ahí el interés en dividir, en tergiversar el concepto de libertad hasta convertirlo en una mercancía que se intercambia por dinero. El dinero promete la libertad individual mediante el consumo, el privilegio de elegir, la puerta de acceso a los anhelos. Pero no puede transformar la realidad; esa capacidad, ese poder no puede intercambiarse con dinero. La verdadera libertad se ejecuta en común y es la verdadera fuerza que emana del conjunto de las personas organizadas porque solo juntos tenemos el poder para hacer las cosas que solos, sería completamente imposible.
Podemos continuar embebidos de estramonio disfrazado de realidad 2.0, fake news, cosas random y recompensas inmediatas, o detenernos un instante a contemplar la belleza, la verdad, la grandeza y la autenticidad que emana de la planta.
Mónica Diez


Maravilla
Gracias!