
Hace mucho tiempo alquilamos en Lavapiés un pequeño apartamento muy modesto en un edifico antiguo con patio de corrala. El edificio estaba en malas condiciones pese a una intervención realizada por el ayuntamiento para evitar que aquel cascarón de más de un siglo colapsara.
Nuestra alegría de poder alquilar ese pequeño gua nos hacía ver el lugar como si de una mansión se tratase. Pero la realidad era otra y nos lo hicieron ver los hijos de una amiga que vino a vernos.
Con la alegría que nos suponía la visita abrimos la puerta y nos asomamos a verla subir los tres pisos con sus vástagos que venían escaleras arriba gritando: ¡la escalera de Drácula, la escalera de Drácula!. Un baño de realidad que la vida te regala desde la inocencia y el juego infantiles.
El gua en cuestión estaba distribuido en un saloncito, un pequeño dormitorio, un pequeñísimo dormitorio, como para dormir de lado, cocinita y baño.
El baño era la sorpresa del lugar. En semejante estrechez el dueño del piso había colocado unos azulejos adornando las paredes que recordaban el mar, un altavoz en el techo que se conectaba con el equipo de música del salón y, ¡oh, sorpresa!, una bañera redonda azul y con capacidad para cuatro personas. Estaba claro que aquel piso no había sido un lugar para vivir, si no para amar…
Pero en mi relato quiero hablar de la bañera azul. En ella mi marido y yo pasamos muchas tardes de domingo sumergidos en espuma y escuchando arias de ópera, hasta el punto en el que llegamos a hacer, en un casete, una selección de música que se llamaba: música para bañera.
Por aquel tiempo llegó a mis manos un libro de recetas de todo tipo recopiladas de antiguos saberes. Recetas caseras para hacer confituras, limpiar todo tipo de superficies, aclarar el cabello, y un sin fin de cosas entre las que encontré una receta de “Baño Efervescente”. Baño Efervescente y bañera redonda. Tenía que probarlo.

La lista de ingredientes para conseguir tan ansiado placer era exótica. Raíz de lirio de Florencia, cremor tártaro y así una sucesión de extraños ingredientes que, en el tiempo en que internet no existía ni de lejos en mi imaginación, supuso un autentico safari de descubrimiento encontrar el lugar donde conseguir los productos.
Como ya he mencionado internet no existía y lo que se hacía entonces era preguntar.
Eso empecé a hacer. Preguntaba a todo el mundo que se ponía a tiro, especialmente a la vecinas del barrio con edad avanzada y que pudieran conocer alguno de los ingredientes.
Por su parte obtuve más preguntas que respuestas. ¿Y eso qué es? ¿Para qué quieres eso?
Cuando comenté para qué quería tan curiosos ingredientes, surgían miradas de las que pones cuando de repente te das cuenta que estás ante un trastornado, o una leve sonrisa de displicencia. Por lo que pronto dejé de explicar el motivo de mi interés y más tarde dejé de preguntar a este sector de la población.
Finalmente la pista me la dio una artesana que me indicó una antigua droguería oculta a la vista de todos en pleno centro de Madrid.
Al entrar en el local uno retrocedía en la historia y se encontraba ante un mostrador de madera que ocupaba todo el frente salvo un pequeño recodo que hacía para que una cajera te cobrara una vez te hubiera servido cualquiera de los dependientes con delantal azul que hacía las veces de uniforme.
Lo sorprendente era la pared de detrás del mostrador, un tapizado de cajones, todos iguales, que cubrían el espacio de lado a lado y del suelo al techo. Cada cajón tenía un asa de latón bien pulido y brillante y un rótulo de metal esmaltado con un nombre que indicaba su contenido.
Esos nombres me dejaron boquiabierto. Descubrí un mundo de materiales a cuál más exótico y de los que no alcanzaba imaginar su uso.
Cloruro de hierro, plombagina, esperma de ballena, goma guar…
Para la persona que me atendió, la lista de ingredientes que yo le pedí era lo mas normal del mundo. Cada vez que yo le solicitaba algo, esperando su cara de sorpresa, él se marchaba al fondo del establecimiento con una seguridad que desarmaba mi esperanza de haberle pedido algo realmente insólito y raro.

Ya en casa con los ingredientes pesados y preparados realicé la mezcla en un tarro de cristal cual alquimista moderno. Llené la bañera de agua cliente y preparé música solemne para la ocasión. Desnudo ante el azul redondo y con el tarro de cristal en la mano, dejé caer su contenido en el agua.
Inmediatamente aquello reaccionó con el líquido haciendo un sonido como de destapar muchas gaseosas a un tiempo. En un momento la efervescencia sonó y desapareció. No tuve tiempo ni de reaccionar, ni siquiera pude levantar un pie en el intento de meterme en el agua. Si en ese momento, por cosas y misterios de la vida, alguien me saca una foto, ahora sería mostrada en las universidades de psicología para documentar lo que es un panoli de libro.
Tras semejante decepción todavía reflexioné lo siguiente: ¿y si me llego a meter en el agua y se me empieza a caer la piel a tiras?
A veces algo tan efímero como un baño efervescente te da una aventura y una lección. No te creas todo lo que ponen los libros.
Rodrigo Ruiz
