Púa joven, púa vieja

Foto de Álvaro De Paz

Púa joven es un erizo de bosque que nació hace 1 año. Vive solo, paseando de noche entre los árboles y comiendo insectos, caracoles, setas y lombrices. Cuando tenía 6 meses casi le caza un búho, que salió como un fantasma de un gran roble. Desde entonces teme el aire por encima de su cabeza y se pasa gran parte de la noche hecho un ovillo de púas. Al estar enrollado mucho tiempo, sus músculos de las patas han perdido fuerza y cada vez le cuesta más explorar el territorio en busca de comida. Al sentirse cada vez más débil, ha potenciado su actitud defensiva y se enrolla más que anda.

Una noche pasó cerca de Púa joven una eriza algo mayor:

—¡Ey, canijo! ¿Qué haces enrollado?

—Me protejo del búho y de su peligro alado.

—¿Pero qué búho?, Púa joven. No ves que en esta parte del bosque el peligro es el hurón o el tejón. Como te pillen hecho una bola, van a sentarse tranquilamente a tu lado y cuando te desenrosques para saciar tu hambre… ¡ñam!¡ñam!

—¡Qué miedo! ¿Entonces qué hago?

—Pues vivir, canijo, vivir. Pasea entre los olmos, come setas y lombrices y enróllate solo cuando estés ante un peligro real.

—¿Y tú quién eres, eriza?

—Puedes llamarme Púa vieja. A fin de cuentas, tengo 3 años.

Púa joven y Púa vieja se hicieron amigos. La eriza le enseñó al erizo a salir del bosque, dejando atrás los álamos, y a llegar hasta la huerta, para disfrutar del rico melón y de las frutas caídas de perales y manzanos. También le enseñó a buscar raíces y a encontrar carroña siguiendo el rastro con su hocico. Los paseos por el bosque y la huerta fortalecieron de nuevo sus patas y Púa joven cada vez se sintió mejor consigo mismo.

—¿Sabías que los erizos llevamos sobre la Tierra 15 millones de años? -le dijo un día la veterana eriza.

—¡15 millones de años! ¿Y eso es mucho?

—Creo que sí… ¡ja ja ja! Pero tampoco creas que me importa mucho. Yo con vivir hoy y llegar a mañana tengo suficiente por ahora.

Así deambulaban por el bosque, cuando un día, entre la maleza apareció una serpiente:

—¡Cuidado, Púa joven!

Y la eriza se abalanzó con sus púas contra la serpiente para tratar de ahuyentarla. La culebra huyó, pero antes mordió a Púa vieja, que había evitado el ataque contra su joven amigo.

—¡Púa vieja! ¿Estás bien?

—Tranquilo zagal, la mordedura duele, pero también somos inmunes al veneno de las serpientes, ¿no lo sabías? -Y esbozó una ligera sonrisa en una cara que reflejaba su dolor.

Púa joven, por Karla Serrano

Pasadas unas noches, llegaron a un claro del bosque donde había un chopo hueco caído en el suelo. Púa vieja entró en el tronco e hizo que Púa joven le siguiera.

—¿Qué hacemos aquí? -preguntó el erizo.

—Estamos en el territorio del búho. Quiero que aprendas a identificar el sonido de sus alas al volar. Así dejarás de tener miedo al aire por encima de tu cabeza y solo te harás una bola de púas cuando sea estrictamente necesario.

Pasado un tiempo, sonó el ulular del búho en una rama cercana y acto seguido, una sombra a la luz de Luna, atravesó volando el claro, para llevarse entre sus garras a un ratón de campo.

—¿Has oído el ulular y el batir de las alas?

—Sí, ¡qué miedo!

—Bueno, pues ahora lo que tienes que hacer es recordar esos sonidos y no dejar que el miedo te paralice. Si alguna vez oyes al búho, tratas de esconderte y si no te da tiempo, te haces una bola de púas. Recuerda, los erizos llevamos 15 millones de años sobre la tierra…

—¿Porque tenemos púas…?

—…Porque tenemos púas y porque somos listos.

Esa noche, Púa vieja le dijo a Púa joven que al día siguiente se iría sola hacia otra parte del bosque. El erizo se puso un poco triste, pero la eriza le acarició con sus patas, le abrazó y le restregó el hocico en su cara provocándole cosquillas y ganas de reír. Erizo y eriza pasaron la noche despiertos, jugando y solo al final se quedaron dormidos, uno junto a la otra. Al despertar, Púa vieja había partido, dejándole una bonita seta como desayuno.

A partir de aquel día, Púa joven se convirtió en un erizo cada vez más aventurero e independiente. Tenía fuertes patas de sus largos paseos. Se defendió haciéndose bola de un hurón, del que escapó rodando por una cuesta. Comía melón en la huerta e incluso cazó alguna rana en la charca cercana. El búho nunca pudo atraparle.

Púa vieja excavó una madriguera bajo una frondosa zarzamora. Cinco semanas después de la despedida con abrazos de su amigo Púa joven, tuvo una camada de cinco pequeños erizos. Los crió dándoles de mamar y después les enseñó a comer moras y caracoles. Un mes y medio después, las crías se fueron cada una por su lado, buscando su lugar en el mundo en el bello bosque que habitaban.

Púa joven y Púa vieja se volvieron a encontrar dos años después… Pero ese ya es otro cuento.

Javi Prieto Sancho

Púa vieja, por Nayara Serrano

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