
Me había propuesto escribir algo sobre la familia. Me he estado devanando los sesos con el tema, ya que no se me ocurría, o no encontraba, un hilo conductor que me permitiera un desarrollo más o menos fluido del asunto.
El caso es que hace tiempo hubiera sido sencillo escribir sobre la familia cuando ésta era un ente perfectamente definido y acotado.
Papá, mamá y los vástagos. Excepcionalmente y para su desgracia había también familias compuestas por una persona viuda con sus retoños y alguna pareja sin la bendición de la descendencia.
Pero, como dice la zarzuela, hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad y los márgenes, las fronteras y todo lo que tenía bien sujeta la idea de familia se ha diluido.
Hoy una familia es algo con un sinfín de posibilidades. Papá y mamá, con o sin descendencia. Papá y papá, mamá y mamá. Papá. Mamá. Parejas. Triejas… Todo ello con o sin hijos, biológicos, aportado por una de las partes o ambas de la relación.
En fin, que ante semejante pléyade de posibilidades no encontraba el camino a seguir, por lo que he decidido dejar aquí mi opinión sobre lo que entiendo por familia o mejor lo que considero mi familia.
Lo primero a aclarar es que para mí eso de la sangre… no, no creo en los lazos de sangre. Sí creo que en la infancia las experiencias y la convivencia nos marcan a fuego y eso eso es lo que luego se entiende como los lazos de sangre.
El ser humano necesita el amor para su desarrollo físico, mental e intelectual y las experiencias infantiles nos forman el carácter que tendremos que pulir, corregir o fomentar en la vida adulta. Pero este no es el caso que nos ocupa.
Dicho lo anterior, en mi caso o en el de la familia actual, está formada por quienes nosotros decidimos.
Tengo sobrinos que, a pesar de llevar uno de mis apellidos, son unos perfectos desconocidos a los que no reconocería por la calle.
En cambio soy el “tito” de los hijos de algunos amigos. “Sobrinos y sobrinas” a los que he acompañado, a veces desde su nacimiento, en la aventura de la vida y por los que siento un cariño como el de cualquier tío que compartiera apellidos.
Lo mismo ocurre con algunos de mis “hermanos o hermanas”, que a pesar de no tener los mismos apellidos tenemos un cariño y complicidad tanto o más que con alguno de mis hermanos con los que sí comparto apellidos e infancia.
¿Cómo no voy a considerar familia a ese amigo que se hizo 400 km para consolarme? ¿Cómo no va a ser familia esa pareja que me prestó sus ahorros para salvarme de una situación difícil?
Pues sí, yo elijo quién es mi familia y quién no lo es. Quién se ha ganado mi lealtad y cariño. Estas personas son mi familia.
Por último quiero incluir un miembro de la familia que es un tanto especial… ¿Imagináis de quién se trata? Efectivamente, la mascota.
En mi caso es un gato. Don Cosme, del que ya os he hablado en un escrito anterior.
No se me olvida que es un gato, pero de alguna manera se ha ganado mi lealtad y cariño, por lo que le considero familia, aunque no es comparable, en muchos sentidos, con el resto de mi familia.
Y vuestra familia ¿cómo es? ¿ cómo os gustaría que fuera? ¿Cómo construís vosotros vuestra familia?
Rodrigo Ruiz
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Un bonito homenaje a don Cosme, sobre todo hoy, que es el día internacional de los gatos. El cariño de las mascotas no entiende de estatus social, su lenguaje es: cariño por cariño.