
No sé si el hecho de que yo sea pintor tiene algo que ver, supongo que sí, pero el caso es que me gustan las películas. Las imágenes luminosas me atrapan como si fuera un conejo deslumbrado por los faros de un automóvil. Desde muy niño he disfrutado del cine. Recuerdo que mi madre, sobre todo en verano, nos mandaba a esas salas de sesión continua o de tres pelis seguidas. En mi edad adulta imagino que para ella era un gran respiro quitarse de encima a tres fieras, por unas horas y eso me marcó como espectador.
Primero el cine y luego la televisión, especialmente ahora con la infinita oferta para gustos y edades, son a mi modo de ver, un buffete para la vista. Por supuesto que tengo mis preferencias, pero los motivos que puede llevarme a sentarme a disfrutar de la imagen en movimiento, son múltiples. La historia que se cuenta, el vestuario, la fotografía, la música, los efectos especiales, etc.
Cualquier cosa, de las anteriormente expuestas y alguna más, que no he mencionado, pueden hacerme pasar un buen rato. Así que no es de extrañar que también me siente dispuesto a disfrutar con una historia para niños.
La última que he visto tiene por título “Cruella”. Colorida, extravagante, simpática… no terminé de verla. Algo en mi interior se rebeló. Como si se juntaran las piezas de un rompecabezas que se habían colocado en mí desde hace tiempo de manera sigilosa. Me di cuenta que he estado viendo historias, sobre todo para niños, en las que se justifica la malvada conducta del villano o villana por haber tenido una infancia traumática o llevar una vida dura y difícil. Pues bien, mi cabeza se rebeló ante eso. Me pegunto, ¿tener una vida o infancia dura justifica ser un déspota, una asesina, tener mal corazón?
Si todo el que ha tenido problemas en la vida decidiera portarse mal con el resto de seres humanos ya nos habríamos extinguido. Tuviste una infancia en la que te hicieron daño y has decidido hacerte asesino o asesina en serie. No lo creo. Según esto, personas como Victor Frankl, autor del libro, “El hombre en busca de sentido”, tras vivir el horror de un campo de concentración nazi, tendrían todo el derecho de apretar el botón rojo. En cambio no solo no lo aprietan si no que convierten esa experiencia en algo útil para sí y, a veces, como es el caso de Victor Frankl, para los demás.
Después de esta reflexión me llegó otra: ¿qué interés hay detrás de estas historias en las que se justifica una perpetuación de la maldad? Especialmente en el caso, predominante, de películas para niños. ¿Les están diciendo que si ahora algo no sale como quieren de mayor pueden vengarse?
A lo mejor son cosas mías, pero no me da la impresión de que esto se haga para fomentar la empatía, como en un principio pudiera parecer. La sensación que me deja es que, tras este llamado a comprender los motivos por los que se genera la maldad, hay que ser tolerantes con los villanos por haber sufrido tanto en algún momento.

Imposible negar la importancia que en nuestro carácter dejan las frustraciones y los traumas que vamos incorporando. Las cicatrices que se van quedando en nuestro ser, pero también es importante llegar a un momento vital en el que, con ojos de adulto, curar nuestras heridas. Trabajo arduo que a veces necesita ir de la mano de un profesional. Lo fácil sería repetir patrones y continuar con la cadena neurótica. A todos nos han hecho y hemos hecho algún daño, pero por suerte la mayoría decidimos seguir hacia adelante evitando hacer mal a otros y a nosotros mismos.
Curemos heridas emocionales en vez de quedar impasibles justificando los malos comportamientos y tendremos un mundo mejor.
Rodrigo Ruiz, escrito e ilustraciones.

