La Selva de Irati por el sendero Errekaidorra

Bosque de ensueño

En esta segunda “crónica navarra” nos sumergimos en la Selva de Irati, a través de un sendero interpretativo, botánico, histórico y cultural sobre la vida y usos tradicionales en el bosque de Irati. 10 kilómetros de una maravillosa ruta transfronteriza, en la que como pastores, leñadores, contrabandistas o maquis de antaño, pasaremos la muga o frontera para pisar tierra francesa y volver de nuevo a entrar a Navarra. Unos 400 metros de desnivel, en una marcha llena de repechos, algunos de ellos bastante “rompepiernas”, que van cargando nuestra musculatura del tren inferior poco a poco. Remontamos el río Urbeltza por su orilla izquierda, desde Casas de Irati, y bajaremos por la ribera contraria, después de traspasar la frontera. Andaremos por los territorios de Salazar y Aezkoa en Navarra y Soule y Cize en Francia. La senda Errekaidorra nace con la voluntad de unir los territorios franceses y navarros, separados por la abstracta frontera política y unidos por siglos de historia entorno a un territorio común: Irati y su bosque. En la frontera invisible, un puente tangible, concreto, real, une las dos orillas.

Bien señalizado, el sendero Errekaidorra exige cierta forma física y ganas de andar. Nosotras lo hemos hecho con una joven y una niña de 6 años bastante andarina, con sus pertinentes paradas para refrescarse en el río, comer moras por el camino y leer los paneles informativos sobre los usos forestales de antaño en Irati, sobre su fauna y su flora. Nos sumergimos en un gran hayedo, con majestuosos ejemplares centenarios, que parecen sacados de una ilustración élfica de un libro de Tolkien. Habremos caminado unas 4 horas, quizá algo menos, a paso comedido, pero acabando bien cansadas, incluso nuestra perra que no ha parado de correr fiel a su espíritu lebrel.

Cascada del Cubo. Agosto.

La primera parada de gran belleza es la Cascada del Cubo, donde como otros senderistas hacemos un primer alto para comer algo de fruta y dejarnos embriagar por el sonido del fluir torrencial del río, precipitándose al vacío entre las rocas. Aguas cristalinas, un continuo arrullo, arboleda allá donde mires, que te atrapa, te cobija, te llena de vitalidad en un enclave donde se siente la fuerza de la Naturaleza.

Ya de nuevo en la senda, pasaremos por otros enclaves más didácticos, donde se recrea, cual museo al aire libre, los sistemas de transporte y gestión de la madera que se hacían en la Selva de Irati hace siglos. Hasta estos bosques pirenaicos venían los constructores de galeones y barcos y los responsables de la Armada para elegir los ejemplares de hayas y abetos más robustos y rectos para los remos de los galeones o los mástiles. Después estas piezas seleccionadas se trabajaban en parte en el bosque, para descargar algo de su peso, y posteriormente se transportaban aguas abajo, regulando el caudal del río con una esclusa, o utilizando mulas de arrastre y vías y también un sistema de cables voladizos para sortear determinados desniveles.

Remos

Estamos hablando que desde el siglo XVII venían desde las atarazanas catalanas hasta Irati a seleccionar hayas. Con el tronco construían remos de más de 12 metros, manejados en galeras por tres o cuatro remeros cada uno. Puertos como Bayona o Donosti también abastecían a la cornisa atlántica de las hayas de Irati para las embarcaciones locales.

Los barcos hace apenas siglo y medio aún se construían en madera en su práctica totalidad. De la Selva de Irati salían los abetos, rectos, recios y sin nudos, para los mástiles más apreciados de los astilleros de Cádiz, Cartagena y La Rochelle. El mástil no olvidemos que debía soportar la robustez del velamen desplegado a toda vela, con toda la fuerza del viento y en caso de lluvia la humedad acumulada.

Abetos como mástiles

Las Casas de Irati, de donde parte nuestra ruta de hoy, son el fruto de la inversión de la Marina, desde finales del siglo XVIII para la construcción de talleres y almacenes que hicieran más fácil la gestión del bosque. Los abetos seleccionados solían medir unos 20 metros, aunque en Irati se pueden encontrar ejemplares con más de 40 metros, imposibles de transportar río abajo.

El transporte de mástiles y remos era caro y solo se lo podía permitir el Estado o armadores para la marina. También se utilizaban abetos de Irati para vigas por parte de la Iglesia y familias nobiliarias muy privilegiadas para sus palacios.

Vías férreas para mulas

Entre 1870 y 1950 la explotación de la madera de Irati también se impulsó con las vías férreas donde las locomotoras eran sustituidas por mulas que tiraban de troncos montados sobre una estructura de ruedas. Las vías del sistema “Decauville”, sin embargo, no se extendieron en este terreno transfronterizo por temor de que sirvieran al “enemigo” en una posible invasión militar por parte de Francia.

Además de esta gran industria forestal, Irati servía como refugio del ganado; carboneros hacían su labor convirtiendo leña en carbón sin dejarla arder, cociéndola; amén de la pesca y la caza que sin duda aprovecharía el ser humano desde tiempos inmemoriales.

Volviendo a la botánica, en el sendero Errekaidorra, destacan como ya hemos dicho los abetos y hayas. Aunque también encontraremos en nuestra marcha robles, tejos, acebos, arces, bojes y avellanos, como ya describiéramos en la senda a la Ermita de Muskilda (Otsagabia), en nuestra “primera crónica navarra” (1).

El puente sobre el río Urbeltza. La “muga”.

El momento divertido de la senda es cuando te das cuenta que caminas por suelo francés y tratas de buscar la diferencia con lo que acabas de andar. Decía nuestra pequeña que las flores en territorio galo olían distinto. Quizá. La frontera o muga, sin duda, tiene su encanto, su magia. Cruzar a pie, entre un bosque de ensueño, la división entre dos países con una niña de seis años tiene mucha miga y mucha gracia, si te lo tomas con humor e imaginación. Como es más o menos la mitad del camino, decidimos bajar a un recodo del río Urbeltza y refrescar nuestros pies descalzos con el agua del Pirineo, mientras dábamos buena cuenta de otra sabrosa manzana. El bocata ya había caído por el camino.

Decir que la vuelta es especialmente bonita, pues nos sumerge de lleno en el corazón del hayedo, bajando a menudo a orillas del transparente río. Si por el camino encima te encuentras a dos esplendorosas yeguas, el espectáculo se convierte en postal para el recuerdo, de esas que te llevas en el corazón de senderista, donde lo bello se mezcla con la fatiga y empieza a formarse el sueño de lo que estás viviendo paso a paso, fruto de tu esfuerzo.

Se nota que nos ha encantado la Selva de Irati, ¿verdad?. Deseando volver que estamos.

Javi Prieto Sancho e hijas

Un bosque con duendes y hadas. Sin duda.

(Nota 1)


https://lapetirroja.es/2025/08/26/subimos-a-la-ermita-de-muskilda-desde-otsagabia/

1 comentario

  1. Luis M. Siu

    Uno de los más bellos rincones de esa querida tierra Navarra. Por ese mismo lugar dejé mis huellas de mis botas de montaña, a principios de los años 80 del siglo pasado. Seguro que las pisasteis y no os disteis cuenta. Es completamente normal el entorno así lo merecía. Salud-os

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *