Hablamos o nos pegamos

Llego con la hora justa para fichar. Me ponen de mala hostia las prisas por la mañana. No corro en el barrio porque te puede salir cualquier zagal o un perrete de entre los coches aparcados. De canijo casi me atropellan por salir a la carrera como un conejo del cubil. Todavía me acuerdo de la cara de susto que se le quedó al conductor de la Citroen. Y después la mala leche que le entró cuando se le pasó el susto por casi atropellarme. El caso es que 40 años después, soy yo el que llega casi tarde al tajo. Doy la curva y ahí está él: Un joven, corpulento, mochila a la espalda, empanado mirando el móvil y caminando por mitad de la calzada. Ni me ve ni oye el motor del coche. Freno, no me apetece empezar el día atropellando a un empanado.

De repente siente mi presencia, me mira asustado. Me sonrío por su susto y le digo de buen rollo, gesticulando desde dentro del coche, que se meta en la acera. Me mira sin comprender. Bajo la ventanilla:
-Échate a la acera chaval, que te pillo -sin acritud.
-¿Pues no puede pasar o qué?

Anda, la hostia, encima se pone gamba. Todavía calmado, que voy escuchando mi musiquita y no quiero torcerme el día tan temprano le suelto:
-Oye tío, que vas por medio de la carretera y te van a atropellar.
-¡Que puedes pasar! ¡Eres tonto! -y coge y se va acelerando el paso.
-¡Me cago en…! ¡Será…!

Me hierve la sangre y con ganas me quedo de aclarar las cosas. Pero no llego al puto fichaje. Al final se me tuerce la mañana, con el buen rollito que traía yo con mi música a pesar de las prisas. Bueno, pues como decía Marco Aurelio, “a lo largo de la jornada te encontrarás maleducados, desagradecidos…” y serán pequeñas pruebas para practicar tu filosofía de vida. Cada cual la suya, oiga. Al final paso del tema y me concentro en tener un buen día en el curro. Por la tarde, con mis hijas, sé de sobra que las cosas irán rodadas.

Al día siguiente el tráfico va mejor y llego bien de hora al trabajo. Sobrado. Mira tú por dónde me vuelvo a encontrar al joven membrillo de ayer. Va por la acera. Le rebaso con el coche. Se me queda mirando. Le adelanto. Aparco y me bajo sin coger mi mochila del trabajo. Le espero. Va con los cascos. Me mira de reojo. Inseguro de mis intenciones. Se hace el longui y pasa de largo.
-¡Eh, chaval! -me dirijo hacia él.
-¿Qué quiere?
-Hablar contigo -le digo tranquilo-. Mira, ayer no me gustó nada que me insultaras. Tú ibas por mitad de la carretera y yo con respeto te dije que te echaras a la acera, sin más.
-¿Pero es que no tenías sitio para pasar o qué?

Bueno, este tío… Me pongo un poco más serio. A ver si lo pilla.
-Vamos a ver chaval. El que lo hizo mal fuiste tú, ¿vale? Y encima me insultaste cuando yo no te había faltado al respeto. Si pillas a otra persona lo mismo te llevas tres hostias…
-Bueno, pues en ese caso habría que solucionar el tema como los hombres.

Anda la hostia, al final nos liamos, ya verás. El zagal es latino. Se le ve inseguro. Fuerte de gimnasio, imagino, pero inseguro. Su mirada me está valorando. Yo estoy tranquilo y veo que no me está entendiendo. Pese a todo se le ve noblote y la salida de “solucionar el tema como los hombres” pues me hace cierta gracia, lo admito. La jodida energía masculina del para qué hablar si podemos pegarnos. Tan absurda. Tan juvenil.
-Mira chico, no lo pillas, ¿no? Hoy voy con tiempo y te lo explico. Solo te quiero decir que tengas cuidado, porque al dar la curva con el coche no hay visibilidad con los contenedores de basura y como venga uno flechado te lleva por delante. Con los cascos del móvil ni te enteras. Lo que no me mola ni un pelo es que yo te hable con respeto y con calma y tú me faltes al respeto. Así que si quieres lo hablamos o si quieres nos pegamos, lo que prefieras -le digo con la mayor calma del mundo, que intento transmitirle con una medio sonrisa.

El joven me vuelve a valorar. Sopesa mis palabras.
-Disculpe. Tiene razón. Disculpe.
-De acuerdo. Que tengas un buen día, chico.
-Igualmente.

Una sonrisa se nos dibuja en el rostro a los dos. El chaval se pone los cascos y tira hacia el metro. Yo me pongo mi música en el móvil y tiro para el cantón. El sol acaba de salir entre las copas de los olmos del Parque Asturias.

Mierda de energía masculina. Mierda de estrés y de individualismo que nos hace percibir a cualquiera como enemigo. Mierda de políticos que cultivan el odio para ganar unos cuantos votos. Mierda del racismo que intenta dividir a los de abajo, que tiene a unos a la defensiva y a otros a la caza. Mierda de las malditas guerras y genocidios televisados que banalizan el mal y normalizan la violencia social.

Javi Prieto Sancho

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