Salgo de casa con tiempo de sobra para llegar a mi cita. Tenemos hora para visitar el convento en el que se guardan tesoros de otras épocas, que espero me sorprendan con su belleza. Voy hasta la estación de tren para trasladarme hasta el centro de Madrid, desde donde iremos paseando hasta el lugar donde nos espera el grupo de desconocidos que nos acompañará o acompañaremos.
Pasan tres trenes en dirección contraria y el que tengo que coger no llega a su hora. Los minutos avanzan y mis nervios se van acelerando a medida que se va poniendo de manifiesto la posibilidad de no llegar a tiempo. Respiro profundo para calmar mi ansiedad. Por fin llega el deseado trasporte y consigo llegar, tarde, pero a tiempo.
Mi amigo ha sacado su entrada con antelación, con tanta antelación que se ha confundido de fecha y mientras caminamos hacia el convento, consigue solucionar el problema. Al llegar a la taquilla constatamos que la solución que le han dado por teléfono no es tal. El grupo ya está completo y habría que volver otro día y sacar la entrada.
La señora que nos atiende nos ve la cara de desangelados que se nos acaba de poner y decide hablar con el guía del grupo. Este dice que el grupo está completo y que lo siente mucho pero no puede ser. Nosotros nos resignamos y de todas formas le damos las gracias. Algo conmueve el corazón del guía, porque decide hacer una excepción, con la condición de que hagamos una protesta en la aplicación donde nos han dicho que el problema con la entrada estaba solucionado.

Se nos alegra el rostro y pasamos a una sala donde esperan unas veinte personas, la mayoría mujeres, que se giran, coreográfiacamente, a ver quiénes son estos personajes que irrumpen en el grupo ya completo. ¿A qué se deberá el extraño privilegio de acceder a un grupo ya cerrado?
Iniciamos el recorrido. Delante marcha el guía, seguido de cuarenta y cuatro ojos dispuestos a llenarse de maravillas y otros tantos oídos deseando escuchar las anécdotas que, seguro, va a contar el que encabeza la marcha. Cierra el grupo, a modo de coche escoba, un guarda jurado que con su gran humanidad, va empujando a los rezagados para que no se disperse el grupo.
Lo que más me sorprende de lo que empieza a hablar el guía, no es una pintura, una escultura o la arquitectura del lugar. Lo que me sorprende es que allí mismo todavía viven dieciocho mujeres en clausura. No imaginaba que en pleno centro de Madrid existiese una burbuja aislada del tiempo. Dieciocho mujeres que han decidido aislarse del exterior para vivir en el interior.

Cuando uno de los mayores castigos que, desde tiempos inmemoriales, se le aplican a los seres humanos es el aislamiento social, me despierta la curiosidad saber cuál es el motivo para tomar semejante decisión. Bien es cierto que no es un aislamiento total, están en convivencia con otras hermanas, pero a mi modo de ver, el grupo me resulta tan pequeño que, desde mi ignorancia y punto de vista de hombre para el que el ser humano es un motivo constante de sorpresa y asombro, eso lo convierte en una soledad elegida, pero no por eso fácil de llevar.
Acuden preguntas sobre los motivos por los que se elige ese tipo de vida. ¿No me gusta lo que veo fuera? ¿Quiero probarme a mí misma que mi fe es sólida? ¿Una forma de servir a Dios?…
Por otro lado, ¿qué clase de vida se lleva dentro de una burbuja decorada con obras de arte como ventanas al exterior de siglos atrás? ¿Qué se forma en tu interior cuando vives rodeado de objetos, colores y formas de un pasado, con mayor o menor gloria pero, ante la huella dejada por el poder del momento?
Recorremos el lugar atentos a las explicaciones que la modulada voz del guía y su infinita paciencia tiene a bien contarnos. El “pastor jurado” manda silencio de vez en cuando si el volumen de los comentarios sube de decibelios. Imagino que para evitar que el ruido del mundo exterior no se adentre en la vida de las inquilinas. Pese a esto, el guía no altera su tono y yo me admiro de la capacidad que tiene para mantener su charla.
Terminamos el recorrido bien saciadas nuestras hambres de arte, curiosidades, historia y cultura. Yo me llevo además el asombro de haber descubierto una burbuja en plena vorágine urbanita.

Terminamos la tarde en una cafetería donde mi amigo y yo creamos una pequeña burbuja, en una mesa junto a un ventanal, donde comentar la tarde y otras cosas de nuestro devenir cotidiano.
Una vez consumida la merienda como colofón a una jornada en la que la lluvia nos había dado un respiro, nos paseamos hasta la estación de cercanías en donde de forma sorprendente el tren me llevó de regreso a casa en el horario previsto.
Rodrigo Ruiz



