
La luz entra por la cortina entreabierta. Te levantas y te aseas. Te vistes con la falda por debajo de las rodillas, camiseta de manga larga y chaquetilla medio abotonada. Con el mandil estampado de girasoles y gallos, para no ensuciarte la ropa, preparas el desayuno y levantas a los críos. Por la noche la tormenta ha descargado mucho agua. Atravesáis el parque embarrado camino del colegio. Las parcas y katiuskas os protegen del frío y permiten jugar a la tropilla en los charcos. Vuelta al hogar, coges el carro, estampado en cuadros escoceses, y te lanzas a la compra.
-¡Vamos, Manolo! Que algunas no tenemos todo el día… -le sueltas al pescadero que no para de hablar y entretenerse con la clientela.
Subes los tres pisos de escaleras, tirando del carro. Preparas la olla y la dejas cociendo mientras vuelves al colegio. Bajando los escalones vas percibiendo los olores de tus vecinas, que también preparan guisos y cocidos. Ya de vuelta, los zagales se quedan jugando en el barrio y cuando la comida está lista los llamas por la terraza:
-¡Chicos, a comer!
-¡Un poquito más mamá… ahora subimos!
-¡5 minutos que hay que volver al cole!

Turno de tarde. El sol de la mañana ha secado algo los caminos y dejáis las botas de goma en la terraza. Te calzas las sandalias blancas, más cómodas para el trajín cotidiano. Ves que el mediano tiene las zapatillas rotas y piensas que habrá que comprar otro par. Por el camino hablas con otras madres. La “terapia” que os sostiene a todas. También alguna chanza y la propuesta de ir de coplas el sábado. Canta ese cantante que tanto os gusta en el auditorio de Casa Campo. Es poco dinero, os lo podéis permitir. Sin duda os lo merecéis.
A la tarde, con la zagalería ya en casa, te subes con el pequeño a planchar ropa en el piso de la vecina médica. Con los duros extra que ganas complementas el jornal de tu marido. Apañas también su cocina, barres el piso y vuelves a la tuya a preparar la cena. La labor cotidiana te mantiene fuerte, los contactos sociales en el barrio te dan el sostén comunitario que necesitas. Te sientes orgullosa de tu trabajo, de dar a los tuyos más de lo que tú pudiste tener. Te muestras satisfecha y agradecida de lo que tienes. Te lo estás ganando, os lo estáis ganando.

Por la noche, después de la cena, salís un poco a pasear por el parque. Se quedó un buen día después de la tormenta y con todo hecho os merecéis un respiro cuando él llega de trabajar fuera. Los críos andan con sus pandillas, despendolados por el barrio. En el parque te saludas y comentas con las vecinas, con los vecinos. La gente te respeta y te quiere. Habéis trasladado vuestras formas de pueblo al arrabal madrileño. Vais sacando la vida adelante. Habéis levantado un barrio vivo en un descampado embarrado.
-Vamos a casa, que se hace de noche y tengo que preparar la cena.
Al rato vuelven los zagales, alegres y cansados de batallar por las calles. Después de la cena acoges el sueño del pequeño, mitigando sus miedos con la luz tenue de la bola del mundo y el contacto de tu mano. En la penumbra pensarás en tus cosas, en tu jornada, en lo que viene mañana. Hoy no has visitado a la abuela, pero mañana os encontraréis que es el día de la madre.
De la abuela, tu madre, aprendiste a mantenerte en pie aunque la vida te vuelque. De la abuela, tu madre, aprendiste a sufrir, bregando, hasta que las cosas vuelvan a ser llevaderas. De la abuela, tu madre, aprendiste que vuestro trabajo y cariño todo lo puede, si está en vuestra mano. Mujeres poderosas, mujeres fuertes y cariñosas.

Los años pasarán y llegarán los tiempos aun más duros. Cuando él se rompe y tú sostienes todo. Cuando trabajas en el hospital. Cuando el averío vuela del nido y tú buscas dónde encontrarte. Creaste un nido y diste alas para volar. Estirpe de mujeres tenaces, que parecieran a veces romperse por fuera y nunca por dentro. Mujeres rudas.
Aprenderás a leer y escribir como en su día no pudiste. Tu familia te quitará tus miedos y vergüenza y mostrará su orgullo de ver como no dejas de crecer, de cultivarte, de empoderarte. Vendrá el atropello de tu mejor amiga. Vendrá la enfermedad de tu madre. Y tú, resiliente, paciente, valiente, sigues adelante, aun con llantos no del todo expresados. Penas que se quedan sin salir, penas que se enquistan y que tendrás que sanar.
Disfrutona de la familia amplia, tu sonrisa se ilumina con las cotidianas alegrías. Como ahora contagias a tus nietas, cuando pícaras, a escondidas, os compráis los helados y dulces que en tu infancia faltaron. Ejemplo de mujer, ejemplo de persona.
Llega el otoño de la vida y él se va. Vuelves a mostrar tu fuerza, vuelves a enseñar como la vida encarar. La vida te ha convertido en un faro al que mirar en cualquier tempestad. Mil veces agradecido de que no dejes de brillar.
Javi Prieto Sancho



No puedo comentar, me ha llegado adentro.