
Creyendo que estaba preparado para volar se lanzó al vacío, pero ni voló, ni ahora puede volver a la seguridad del nido en lo alto del olmo. Gurriato da brincos por el suelo, con las dos patas juntas, buscando un refugio seguro entre los matorrales. Como ha visto hacer a papá y a mamá muchas veces desde su hogar, picotea las migas de pan y semillas que se va encontrando por el parque. La pareja de aves que cuidan del gurriato han salido a cazar saltamontes, que son muy del agrado de sus hermanos, que se han quedado en el nido, y de él. Es temprano y el parque todavía está casi vacío. De vez en cuando alguna corredora entrenando o algún perro en su paseo matutino. Gurriato pía llamando a mamá. De repente quien cae casi encima de él, desde el cielo azul de Madrid, es Gurriata, su única hermana hembra de cuatro polluelos.
-¡Gurriata, que me caes encima!
-¡Ja ja! …aparta hermano, que he venido a cuidarte.
Los dos pollos de gorrión forman una pequeña bandada y van dando saltitos de acá para allá alrededor del olmo que les ha servido de hogar hasta hoy. Buscan semillas bajo el durillo y el cotoneaster. Con sus picos cónicos, cortos y fuertes, rebuscan entre la hojarasca seca en busca de semillas. Cuando uno de los dos pierde de vista al otro, pía para llamarle.
-Gurriata, cuidado que viene un gato.
-Gracias, hermano, está visto que cuatro ojos ven más que dos.
-Metámonos debajo del majuelo, que ahí no se atreverá a entrar…
-¿Cuál es el majuelo, Gurriato? Creo que el día que nos enseñaba los arbustos del parque papá desde el nido no estuve muy atenta.
-Esa planta llena de espinos blancos, tan intrincada. Nosotros por cualquier hueco encontraremos refugio, pero ni felinos ni perros se atreverán a buscarnos dentro por temor a un pinchazo en sus ojos.
Los dos gurriatos brincan raudos hasta el majuelo.
-Estoy echando de menos a mamá, ¿qué haremos a partir de ahora?
-Echar a volar, Gurriato. No te preocupes. Papá y mamá volverán y nos ayudarán a encontrar comida.
-Ya, pero no podrán subirnos al nido.
-No, pero podemos aprender a volar. Ya casi sabemos…
-Qué optimista eres, Gurriata.
-¿Y de qué sirve pensar que no aprenderemos a volar y quejarte de estar en el suelo? ¡Vamos hermanito! Mira, el gato ha pasado de largo. Aquí tenemos una roca desde la que podemos lanzarnos y fortalecer nuestras alas.
Sin pensarlo dos veces, Gurriata emprende decidida una carrera a brincos, se encarama en lo alto de una piedra de la pradera y se lanza como si quisiera tocar el sol, aleteando con todas sus fuerzas. Durante unos segundos, la pollita de gorrión se mantiene en el aire con el batir de sus alas, grises, chocolate y negras.
-¡Yupiiii! ¡Qué divertido…! Otra vez…
Gurriato, al ver a su hermana tan vivaracha decide imitarla. Con su antifaz negro alrededor de los ojos imita la práctica de la joven ave. Coge carrerilla, brinca hasta lo alto de la roca y se lanza al vacío, aleteando y aterrizando en la mullida hierba unos metros más allá.
-¡He volado! ¡He volado! ¿Lo has visto, hermana?
-Claro que lo he visto, Gurriato, lo has hecho muy bien. Como decía mamá, todo es cuestión de práctica. Cuando lo hayamos repetido 500 veces seguro que volamos y podemos volver al nido.
Gurriata y Gurriato se tiran gran parte de la mañana practicando su vuelo. Cada brinco, cada intento de tocar el cielo, fortalece sus patas y sus alitas. Y así, poco a poco, sin darse cuenta, van permanenciendo en el aire cada vez un segundo más de tiempo y aterrizando más lejos.
Una abuela se sienta en el banco de madera junto a la pradera. Observa a los jóvenes gorriones y desmigaja parte de su almuerzo. Coge las migas y las lanza cerca de los gurriatos.
-¡Mira Gurriata! La abuelita del banco nos está dando pan.
-Vamos a comer, ¡qué maja!
El pollo y la polla se acercan dando brincos y piando en señal de alegre agradecimiento. La anciana esboza una sonrisa en su cara. Hace un día fabuloso, piensa la mujer.
La tarde pasa alrededor del olmo, donde los dos hermanos que quedan pían a los pollitos más intrépidos. Papá y mamá vuelven de su búsqueda de comida y encuentran a Gurriata y Gurriato en tierra.
-No os preocupéis, pequeños. Lo estáis haciendo muy bien. Hay que seguir practicando para alzar el vuelo -dice mamá.
-Os hemos traído un saltamontes para cebaros y que os pongáis fuertes. Esta noche nos refugiaremos bajo el majuelo y mañana seguro que ya sabéis volar -comenta papá.

Gurriata y Gurriato comen chicha de saltamontes, beben agua del riego del jardín y extienden sus alas, sacando pecho, como si fuesen dos águilas en la montaña más alta de la sierra.
-¡Mañana volaremos! -dice Gurriata.
-¡Seguro! -Exclama Gurriato.
Javi Prieto Sancho
Dibujo: Nayara Serrano

