Ese momento en el que tu pie derecho no toca la tierra y tu pie izquierdo está en el aire. Ese momento fugaz, diminuto. Ese momento en el que literalmente vuelas, es el que te da la vida.
Has salido de casa sin tiempo para pensar si quiera. Empujado por el despertador y el maldito fichaje esperándote. Te comes un atasco que aprovechas para poner en orden tu cabeza y tu jornada. Trabajas lo mejor que puedes y el jefe te busca las cosquillas, él que no hace ni la mitad que tú y cobra tres veces más. Llegas a casa, atiendes a los tuyos y haces hogar. El momento de la tarde se acerca y tu cuerpo te empieza a pedir sus endorfinas. Sí, estás enganchado y eres tu propio camello.

Te cuidas y no metes mucha mierda a tu cuerpo. Tabaco cero y poco alcohol. Comida basura la justa. Vas cumpliendo años y es verdad que el entrenamiento de fuerza te viene bien. Desde que “levantas hierros” te cansas menos, apenas te lesionas y te recuperas antes de los esfuerzos cotidianos. Pero el momento mágico es cuando combinas todo. Cuando has sacado el día adelante, con algún aprobado y algún notable, y antes de la cena te haces unos kilómetros.
Vienes del gimnasio con el corazón en modo tambor, harto de la radio fórmula del “gym” pero contento, animado. Te vas al aire libre, al encuentro con la Naturaleza, al silencio solo roto con el piar de las golondrinas cazando insectos al atardecer. La brisa suave, el camino ya sombreado por los chopos de la ribera, el río que fluye acompañándote. La perra haciendo de liebre, resistente, vivaz, disfrutona, leal compañera.
Sabes que correr beneficia a tus pulmones y a tu corazón. Sabes que fortaleces tus músculos y tus huesos. Sabes, como dice nuestro amigo Alfonso, gran corricolari, que “cada entrenamiento que haces es una moneda que echas a la hucha”, a la hucha del bienestar. Sabes que mejora tu sueño, que te relaja y te libera de estrés. Sabes que fortaleces tu sistema inmunitario. Sabes que las endorfinas que generas tú mismo, para aliviarte del esfuerzo, son las mismas que te dejan esa sonrisa de oreja a oreja cuando terminas. Sabes que esas “hormonas de la felicidad” se extienden por tu cuerpo hasta mañana, hasta que puedas volver a entrenar con algo de suerte. Todo eso lo sabes, de tu etapa friki de corredor, cuando con amigos atravesabais la meta de medias maratones y algún 42 K. Pero todo eso ahora te resbala…
Tu mente va acallándose con cada zancada que das, la respiración se acompasa con tus brazadas, con tus piernas. Sientes la fuerza de tus músculos, en sintonía con tu entorno. Entra oxígeno y sale dióxido. Sale estrés y entra bienestar. Te acuerdas del vitoriano Martín Fiz, campeón del mundo en la carrera de Filípides. Piensas en el etíope Abebe Bikila ganando el maratón de Roma, entrando a meta descalzo. Tus labios imitan la sonrisa sempiterna de la otra gacela de Etiopía, Haile Gebrselassie. No vas a ganar ninguna carrera. Hace años que ni compites. No vas hacer ni 10 kilómetros. Pero te sientes como las golondrinas que vuelan por encima de tu cabeza… Justo en ese momento en el que tu pie derecho ha despegado de la tierra y el izquierdo no ha aterrizado aún.

Ese momento en el que las suelas de tus zapatillas pisan aire. En ese instante tu mente está apagada, tu corazón a pleno rendimiento, tus pulmones abiertos y funcionando como el fuelle de la fragua. Y las llamas te hacen volar. Tu pie izquierdo no toca tierra y el derecho está en el aire.
Javi Prieto Sancho

