Paseábamos por el Parque Aluche un amigo, una amiga, sus hijas y yo, cuando de repente dos jóvenes nos seguían a la carrera. Uno de ellos iba en silla de ruedas y le faltaban las piernas a la altura de las rodillas. El otro empujaba la silla para alcanzarnos. Nos gritaban algo que no lográbamos entender. La mañana era luminosa, el parque repleto de personas y sus caras con una sonrisa abierta no reflejaban hostilidad ninguna. Al llegar a nuestra vera constatamos que no hablan castellano. La persona mutilada habla en árabe, su compañero algo de inglés y poco en nuestra lengua. Poco a poco nos hacemos entender unos y otros. Han venido hasta nosotros para agradecernos nuestras camisetas de apoyo a Palestina. Nosotros nos miramos como no terminando de entender la situación.
El joven árabe, acompañado de un amigo que después descubriremos que es sudafricano, se sienten reconocidos y agradecidos de que haya gente en Madrid vistiendo ropa a favor de Palestina. Resulta que el joven de la silla de ruedas es gazatí y hace un año perdió las piernas y a un hermano en un bombardeo del ejército de Israel. Todavía tiene a otro hermano en la Franja de Gaza y actualmente él, junto a su madre y una hermana menor, está en Madrid como refugiados.
Atónitos, los tres amigos, nos intercambiamos miradas de asombro. El muchacho gazatí nos cuenta toda esta tragedia con una sonrisa en la cara y con la única intención de agradecernos que portemos la bandera palestina en nuestra indumentaria. Al poco llega hasta nosotros una joven tunecina, que habla castellano, y con la que intercambiamos un diálogo más fluido sobre el tema.
Lo que más me ha admirado es el espíritu de resistencia y el agradecimiento que transmitía el joven de Gaza, en su sonrisa, en sus ojos. Una humanidad asomándose de entre las tinieblas de la barbarie que ha separado y asesinado a parte de su familia y mutilado a él mismo. Agradecidos nosotros, por el ejemplo de un pueblo indomable.
Vivimos tiempos oscuros. Estamos contemplando un genocidio retransmitido en directo desde Palestina. Las imágenes que nos llegan “son insoportables”, como dice un compañero del sindicato, “nuestros muy democráticos gobiernos silbando al viento”, mientras se bombardea a población civil. Ancianos, mujeres y niños engrosan la mayor parte de las víctimas mortales de la guerra, del genocidio, que el estado de Israel ha desatado contra la Franja de Gaza, con incursiones también en Cisjordania y el sur del Líbano.
Como denuncia la CEAR, la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, Israel ha asesinado a más de 50.000 personas (estimaciones a la baja), ha atacado campos de refugiados, colegios y hospitales, ha perpetrado crímenes contra la humanidad. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, está perseguido por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad. Pero la masacre prosigue y la hipocresía y el silencio cómplice de Occidente también.
Movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales, como la mencionada CEAR, promueven la necesidad imperiosa “de un embargo de armas y sanciones diplomáticas al estado de Israel para parar el genocidio”. Asimismo, manifiestan que una paz justa y duradera solo será posible “reclamando que no haya impunidad para Israel ante el genocidio, que se ponga fin a la ocupación y se asegure el derecho al retorno de la población palestina desplazada”.
La jornada me llevó por la tarde a otro parque. En Covibar (Rivas) se celebraba en el Parque Asturias un festival de hip hop, cuya recaudación iba íntegra para apoyar a Palestina. Económicamente seguro que un pequeño acto como este resultará insuficiente, dada la magnitud de la tragedia que allí se vive. Pero a buen seguro que la iniciativa social es del todo necesaria. Por eso nos hemos juntado allí tres trabajadores y sindicalistas de la Empresa Municipal de Servicios, para aportar nuestro granito de arena. Todo suma.

El festival estaba organizado por la asociación Madrid Outdoor Education. Colaboraban otras organizaciones y empresas como la Asamblea Rivas por Palestina, Grimey, Sk8land y Sumud. Con el título de “Beats of Unity”, que creo no errar al traducir como “Latidos de Unidad”, se ha celebrado esta fiesta del skate y de la cultura urbana del hip hop. Durante toda la jornada se han sucedido las exhibiciones de patinaje en el “skate park” del barrio, graffitis en vivo y la presentación del libro “Desde las alturas”, del grafitero Monge.

Entre banderas palestinas, niños, niñas y jóvenes patinaban, escuchaban música en directo, pintaban murales o charlaban apaciblemente en un ambiente de respeto y convivencia sana. Música, arte y deporte unidos por una buena causa. Para aquellos que dicen que la juventud no se mueve, hoy Covibar reflejaba otra estampa.

Ojalá estas pequeñas muestras de solidaridad se multipliquen hasta dejar de ser insuficientes y podamos, entre unos y otras, parar la barbarie, detener el genocidio, que se juzgue a los criminales de guerra, que israelíes y palestinos puedan vivir en paz, que los refugiados puedan retornar, enterrar a sus muertos y reconstruir sus hogares. Ojalá que ningún joven vuelva a ser mutilado por ninguna maldita bomba y pueda patinar o hacer lo que le plazca.
El joven refugiado gazatí se llama Nizar. Bienvenido a Madrid.
Javi Prieto Sancho


