“Los besos en el pan”, qué grande Almudena Grandes

Pues resulta que es el primer libro que leo de esta mujer. Me dijo Oscar, el buen bibliotecario de Morata de Tajuña que me iba a gustar, y efectivamente acertó. Me ha encantado. Almudena Grandes, que en paz descanse, me ha parecido tierna, reivindicativa, mordaz, humana, una artista de lo cotidiano y un azote del capitalismo global, desde la trinchera local de un barrio cualquiera. Por las páginas de “Los besos del pan” desfilan las luchas vecinales por la sanidad pública, el hambre silenciada en las escuelas de la España del siglo XXI, la migración de nuestros abuelos y abuelas en los 50 y 60 del siglo pasado, la migración de hoy de nuestros nuevos vecinos chinos o magrebíes… También habla de la soledad no deseada, de los problemas psicosociales derivados de una crisis económica, de los divorcios y las separaciones, de una juventud que no se encuentra teniendo mucho a su alcance… Su obra es humana y colectiva, pues sus personajes son muchos vecinos y vecinas de un barrio cualquiera de Madrid.

“Los besos en el pan” se compone de una trama de relatos cortos que van tejiendo la historia cotidiana del vecindario y sus gentes. Lágrimas, sonrisas, traumas, luchas y sueños pugnan en cada capítulo para describir una realidad social atravesada por la crisis económica de 2008. Los fondos buitre que amenazan a los inquilinos más precarios, la supuesta clase media proletarizada desde las esferas, la lucha del individuo por encontrarse en lo colectivo, la lucha de lo colectivo por defender lo público, son otras temáticas que afloran en la narrativa de Grandes. Un libro que a veces te hace sonreír y otra te deja baldado, como la vida misma.

Me resulta admirable como compone una colmena social tan heterogénea en gentes, edades, condición social y pensamiento político. La escritora es capaz de traer el pasado, para arreglar un presente, que mejore un futuro incierto. Sus personajes más veteranos transmiten la fuerza de quien ha superado una posguerra y sabe como tirar “palante” frente a una crisis. Sus personajes más jóvenes tienen la inocencia de descubrir un mundo lleno de miedos, pero también de posibilidades, más allá de los ilusos sueños que pueblan las pantallas de sus móviles. Sus personajes maduros, son los que se llevan las ostias de las crisis económica y también de la personal de los 40 ó de los 50, a cada cual según le llegue antes o después, el tiempo de parar y replantearse cómo está llevando su existencia.

Me gusta cómo aborda las relaciones sentimentales, que atraviesan la vida de las personas casi sin excepción. Me gusta la sensibilidad con la que aborda temáticas como el contrabando y la precariedad, el tránsito de un género a otro por parte de una persona joven, el suicidio o la cotidianeidad de la vejez sin caer en los tópicos tristones de vidas acabadas.

Me parece valiente en sus planteamientos literarios y honesta con sus valores de izquierda. Lo cual no quita para que cualquier lector, independientemente de sus preferencias políticas, no sepa apreciar su obra. A la inversa me pasa algo parecido con Arturo Pérez Reverte. Ambas plumas son un referente indispensable de la narrativa moderna española y es de ignorantes el denigrar a uno u otra por sus supuestas ideas políticas, a mi entender.

Hija Predilecta de Madrid

Almudena Grandes nace en Madrid en 1960. Murió en 2021 en la villa y corte. Público y crítica avalan su extensa obra. Galardonada en 2018 con el Premio Nacional de Narrativa, entre otras muchas distinciones. Su claro compromiso político y social le granjeó las antipatías de muchas personalidades de la política y los medios de comunicación de masas. Gobiernos conservadores han retirado su nombre a bibliotecas públicas, como en La Rioja, o de certámenes literarios. Lamentable cuando la política se mete con la cultura, pero así es este país. Afortunadamente, como dijo alguien alguna vez, “nadie se acuerda hoy del nombre del alcalde de Granada cuando fusilaron a Federico García Lorca”.

Si tienen ocasión busquen este libro para los días libres de semana santa. Al final resulta que eso que llaman hoy la “resiliencia” la inventaron hace mucho nuestros abuelos y abuelas, que apenas pudieron acceder a la cultura y poco tiempo de leer tenían trabajando como mulos.

Javi Prieto Sancho

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