Cobijo en el camino

Después del largo viaje, montura y jinete necesitaban un descanso. El polvo del camino se mezclaba con el sudor de la jornada. Bestia y persona no olían bien, pero llevaban consigo la sonrisa del alma, aquella que sale cuando persigues tus sueños aunque no los alcances.

<¿Sueñan los animales?>, reflexionaba el jinete en su larga cabalgada. <Quizá no a nuestra manera, pero seguro que sí a la suya. El caballo siente emociones y se muestra satisfecho cuando nos ejercitamos en la montaña, más que cuando toca pasar día y noche en la cuadra y el corral>, cavila el hombre absorto en el vaivén de las crines al trotar.

A lo lejos se vislumbra ya la venta. A buen seguro que darán agua fresca y forraje al equino, después de que descanse su fatiga. Con suerte el jinete encuentre almuerzo y algo de cobijo, al menos para un rato. Aún queda mucho viaje, pues ha de ver a su amigo en Ribadeo.

El caballo para junto a la venta sin que su jinete lo detenga. Sabe que ambos necesitan descanso. Siente la comunión con su amo que se forja con muchas jornadas de marcha.

–Bien, Tizón, vamos a ver qué nos pueden ofrecer acá.

El posadero atiende al peregrino y se ocupa de la montura. El amo libera un tiempo al animal del peso de alforjas y silla. Cuando ha dejado de sudar y ha sosegado sus músculos y latidos, el caballo recibe heno y agua limpia en el pesebre del corralón.

Ya en la venta el viajero se acomoda en un banqueto, junto a una rústica mesa de roble. Llega a su vera una joven gitana de pelo suelto y largo. Se conocen y se miran a los ojos diciéndose sin decir. La zagala sirve hidromiel tibia en un tosco vaso de arcilla. Él bebe con calma, saboreando cada sorbo, sin prisa, de a poquito. También pide algo de guiso y cuchara.
–¿Qué tal el viaje?
–Bien, encontré lo que buscaba, aunque hoy he de llegar aún a Ribadeo a cenar con un compadre. ¿Cómo andas tú?
–Revuelta, sin tiempo para pensar.
–Pues no pienses, siente y date tiempo –responde el hombre.
–Eso intento. Todo pasa…

Se miran y en lo que no se dicen se comunican más que en su lacónica conversación. Ella hastiada en la venta, él exhausto del trotar. Pasa un rato y ella no se decide a irse a trajinar en los fuegos ni él a levantarse y emprender camino. De vez en cuando retoman la escueta charla. Pero ambos parecen sentirse más cómodos en una cercanía sin palabras. Queda mucho por decir, pero no hay prisa. Camino se hace al andar, que bien sabe él que dijo el poeta.

Finalmente el jinete apura su hidromiel.
–Gracias, ¿qué se debe?
–Invita la casa.
–Pues agradecido de nuevo. Voy a las cuadras a por Tizón y marcho.

La joven rompe su parsimonia y abraza al peregrino. Su pelo largo esconde su cara, que se refugia un instante en el pecho del varón. El viajero pierde por un instante su seguridad, pues se sabe sucio y sudoroso del arduo camino. Pero solo es un fugaz instante. Sus brazos acogen a la ventera y respira su aroma. Ambos se buscan con la mirada, castaña, cielo. Sus labios encuentran las mejillas. Ya se han dicho todo.

El jinete ensilla al caballo rejuvenecido por un rato de reposo. Emprenden el camino con un trote calmado.

<Igual que hay cosas que no suceden por algo, hay otras que por algo suceden>, piensa la joven en la posada mientras atiende los pucheros en los fuegos.

En el camino, Tizón se pone al trote y levanta algo de polvo con sus cascos. El viaje no ha llegado a su fin, pero caballo y jinete se encuentran a gusto así, en el camino.

Javi Prieto Sancho

2 comentarios

  1. Concepción Rivera

    Me encanta, me gusta, porque me llega.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *