
Aquello no pudo ser casualidad. Había leído recientemente los libros de Claire Thompson, “De regreso a la naturaleza”, y “El arte de observar las aves”, buscando el marco teórico a mis deseos de vivir más verde. En esas andaba cuando en mi centro de trabajo para el Día del Libro el departamento de Lengua organizó un trueque a ciegas. Qué sonrisa cuando en la caja, entre todos, había uno forrado en marrón con una ramita de hierbabuena pegada (y una frase escrita que he olvidado, pero el olor que la hierbabuena dejó en la caja no). “La mente bien ajardinada”, de Sue Stuart-Smith (2021). Ed. Debate. Pregunté a un par decompañeros quién lo aportó, pero no lo averigüé. Desde aquí le doy las gracias, y al destino, claro. Tampoco recuerdo qué libro aporté yo ni qué frase escribí… Cosas mías.

Psiquiatra británica y apasionada jardinera (casada con un paisajista), la autora recoge en esta obra el poder transformador de la jardinería y la horticultura en el bienestar de las personas. En sus páginas documenta desde diferentes prismas “el redescubrimiento de la naturaleza en el mundo moderno” y “las ventajas de vivir al ritmo de las plantas” a partir de la recopilación de testimonios de pacientes propios y de usuarios de programas de diversa índole (penitenciaria, sanitaria, vecinal, etc.). Stuart- Smith narra de manera cautivadora las evidencias de múltiples estudios y los hallazgos de la neurociencia acerca de los beneficios de clavar nuestras manos en la tierra y sembrar, esperar, ver crecer, admirar, cuidar, recolectar, ver marchitarse plantas y flores, vivir el necesario reposo del invierno y el renacer de la primavera.

Entendemos con su lectura que participar de manera directa en el ciclo de la vida de las plantas nos permite comprender los procesos y los tiempos de la naturaleza y nos hace recordar que formamos parte de ella. Conectar nuestros ritmos con los de las plantas resulta sanador en el ámbito físico y en el emocional, obtenemos paz y seguridad, ganamos autoestima y reducimos la ansiedad.
A lo largo de sus trece capítulos, La mente bien ajardinada parte de El principio, donde habla de ella, su familia y sus porqués, y podría decirse que sus propias experiencias en el cuidado de su jardín y su salud, así como la historia de su abuelo, superviviente de la primera guerra mundial, se convierten en el hilo conductor de la obra. De hecho, dedica un capítulo a los programas de recuperación de veteranos de guerra. En el capítulo Poder floral explica con pruebas empíricas el impacto positivo de la belleza de las flores en nuestra salud: deleitarse en su contemplación, cultivarlas y ver su crecimiento… ¿Quién no se ha quedado embelesado/a mirando una flor? Está demostrado que elevan la moral y enriquecen nuestra vida emocional, contando, por ejemplo, la experiencia de la ONG que creó jardines en los campos de refugiados de Siria. En otro capítulo repasa el vínculo humano con la tierra desde una perspectiva antropológica. Hay un capítulo para los beneficios en las conductas delictivas, otro sobre el envejecimiento y la muerte, otro sobre los hospitales, y hay un último capítulo con una última página, la 283, que es para ponerla con un imán en la nevera (no haré spoiler).

A mi juicio, el libro es una joya, más allá de que cayera en mis manos de manera tan oportuna. Cómo habla de la experiencia del jardinero, de las sensaciones físicas que experimentamos al cavar la tierra… Me resulta difícil seleccionar citas entre todas las páginas que tengo marcadas. Destacaría para empezar el capítulo dedicado a programas para personas reclusas. Este párrafo: “… la mayoría de las cárceles están llenas de personas que han quedado al margen del sistema educativo, y la incidencia de las dificultades de aprendizaje en la población carcelaria es muy alta. Además, muchos reclusos tienen una autoestima y una autoconfianza profundamente negativas que les impiden imaginar cualquier posible cambio. Sin embargo, la experiencia de cultivar vegetales puede ser un primer paso para descubrir un sentido de la identidad que no se base en la manipulación del sistema o en el engaño o el robo, y puede proporcionar una fuente de autoestima que no proceda de la violencia o la intimidación.” Se refiere aquí en concreto al programa Hort en una cárcel de Nueva York, en el que, por cierto, la tasa de reincidencia de sus participantes se sitúa sólo entre el 10 y el 15 por ciento.

En esa línea, continúa: “La interacción con el mundo natural tiene un efecto calmante, y el trabajo con la fuerza de crecimiento de las plantas les permite (a los jóvenes que corren el riesgo de delinquir) lograr algo provechoso. Sin embargo, la mayoría de los niños de hoy crecen desconectados de la naturaleza. Ni siquiera salen mucho al aire libre. De hecho las últimas cifras indican que el niño medio pasa menos tiempo al aire libre cada semana que un preso de una cárcel de máxima seguridad.”

La literatura de Stuart-Smith, lejos de resultar eminentemente teórica o documental, es cercana, inspiradora y poética. Aquí una muestra: “Si invertimos energías en el cultivo de la tierra, obtenemos algo a cambio. Tiene algo de magia y de trabajo duro, pero las flores y los frutos de la tierra son manifestaciones de una bondad real; merece la pena creer en ellas y no están fuera de nuestro alcance. Cuando sembramos una semilla, plantamos un relato con posibilidades de fruto. Es un acto de esperanza. No todas las semillas que sembramos germinarán, pero nos sentimos seguros al saber que las nuestras están bajo tierra.”

Y una última cita, ésta del capítulo de La estación final de la vida: “Las diferentes formas en que simbolizamos la muerte determinan que sea o no aterradora y que el final de la vida resulte natural o no. Desde las primeras culturas, las plantas y las flores han influido en la idea que la gente tiene de la vida y la muerte; estructuran nuestro pensamiento de una manera que ayuda a alejar el miedo y la desesperación. Podemos estar seguros del regreso anual de la primavera, y al no morir cuando morimos, tenemos una sensación de bondad perdurable. Este es el consuelo perenne del jardín.”

Toda inspiración es poca para llevarnos a la calle, a la tierra, al campo, al huerto, al jardín. Personalmente, por motivada que esté, me cuesta incorporar en mi rutina semanal acercarme a mi tahulla de huerta, teniendo la agenda copada por trabajo, casa, familia, extraescolares, estudios, distracciones en pantallas, etc. Incluso teniendo una infancia llena de recuerdos de pinchas de limonero, dolores de barriga por una hincheta de albaricoques todavía verdes, trepar por el tronco de la higuera, bañarme en la reguera mientras mi padre riega… Me cuesta. Reorganizando los fines de semana podría…. Qué bonito será cuando ajardinemos nuestras mentes.
Puri Lorca López


Fotografías JPS, jardines en Rivas, y Puri L.L., huerta en Levante.
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