
La casa de mis padres se distribuía en habitaciones colocadas a izquierda y derecha de un pasillo muy largo, que remataba en una habitación. La pared del fondo de esta habitación tenía una forma irregular, y mis padres la forraron para aprovechar dichas irregularidades. Sacaron de un defecto una virtud, convirtiendo esta pared en un gran armario, que iba del suelo hasta el techo.
Por aquel entonces a mí me gustaba mucho hacer “ inventos” que solían consistir en hilos, atados al pomo de la puerta, que de allí se extendían a las manijas de un armario. Y de allí a un muñeco, por ejemplo, situado en el suelo y atado al hilo.
Entonces yo esperaba a que alguien entrara en la habitación. Si la espera se hacía muy larga llamaba a mi madre o a alguno de mis hermanos, para que al entrar en la habitación y abrir la puerta, accionase el mecanismo que yo había construído para ver cómo el muñeco ascendía desde el suelo.
Recuerdo que me causaba mucho placer, ver que mi “invento” funcionaba.
Esto lo cuento, porque, aunque no tengo muy claro cómo empezó la cosa, una tarde, en fechas cercanas a Navidad, mis padres nos dejaron solos en casa, mis dos hermanos pequeños y yo nos pusimos a hacer uno de estos “ inventos”.
Como la habitación de la que antes he hablado, tenía un montón de puertas donde poder enganchar los hilos, nos pusimos allí a jugar.
Cogimos una escalera para llegar a lo más alto del armario y allí, ¡oh, sorpresa!, descubrimos unas cajas en las que casualmente estaban los juguetes que habíamos pedido a los Reyes. Nos pusimos muy contentos, porque ya no era necesario que nos trajeran los reyes los juguetes y nos pusimos a jugar con ellos .

No recuerdo más, pero supongo que llegaron mis padres y aquello se solucionaría de alguna manera pacífica, porque como digo no recuerdo más y eso quiere decir que no nos echaron la bronca
.
Unos días después, cuando ni mis hermanos ni yo nos acordábamos del asunto, mi madre me llamó a su dormitorio y allí a solas me dijo: tú ya tienes edad para saberlo, pero a tus hermanos pequeños les he convencido de que en las cajas había libros
.
Así fue, como me enteré de que los reyes en realidad son los padres. La verdad es que esto no me importó lo más mínimo, al lado del impacto que sufrí al ser consciente de la capacidad que tenía mi madre para convencer a mis hermanos de que en aquellas cajas, que habíamos tenido en nuestras manos, que habíamos abierto, y de la que habíamos extraído juguetes con los que habíamos jugado, en realidad, solo contenían libros.
Como adulto ahora me sigo maravillando de esa capacidad y de la capacidad de un niño para convencerse de algo de lo que quiere convencerse.
Por mi parte, entré en una fracción del mundo adulto y a partir de ese año, yo también empecé a ser un rey mago. Oficio que sigo ejerciendo hasta el día de hoy.
Rodrigo Ruiz
(Fotografía 1 de JPS y 2 de RR.)

