
Pepita tenía 8 años, ojos color miel, larga melena castaña, de complexión delgada y elástica, pues era gimnasta. De creatividad y entusiasmo desbordante, vivía sueños de gigante y reflexiones enormes para su novata vida, que dejaban perplejos a los más veteranos. Tenía amigos a quinientos, y admiradores tropecientos, al igual que algún que otro envidioso de tanta genialidad, que se empeñaba en frenar a nuestra querida amiga Pepita.
Eran días de Escuela.
Pepita, se aburría… ¡Atender en clase no le atraía!. Prefería distraerse con juegos a escondidas, revolucionar el aula y escapar de tal monotonía.
La profe Remedios, de mediana edad, pelo grisáceo, moño, gafas enormes, voz aguda y tamaño de colibrí, se enfadaba y le castigaba:
—¡Pepita, al pasillo!
Entonces, Pepita allí sentada y apartada, volaba entre las copas de los árboles y viajaba más allá de donde se pone el Sol.
Desde principio de curso, ya había completado todas las tareas y temarios del curso escolar. Solo le quedaba ¡escapar!, haciendo travesuras, llevando al límite a los adultos y adultas.
—¿Qué le pasa a esta niña?, ¡no atiende en clase, ni obedece!.
—¡Llamaremos a su madre y a su padre, a ver si algo se esclarece!
Todos los adultos se reunieron para conseguir que Pepita se adapte a la Escuela. Además de sus padres y profesores, se unieron muchísimos expertos en dicha problemática infantil: psiquiatras, psicólogos, paleontólogos, grafólogos, criminólogos, genetistas, sociólogos, neurólogos, doctores, farmacéuticos, empresarios, políticos, policías, militares, Duques, Embajadores, Reyes, ¡incluso el Papa!.
Después de largos estudios, reuniones adultas y múltiples pruebas a Pepita, todos encontraron la solución: medicar a Pepita.
Entonces, Pepita ya no jugaba, ni travesuras buscaba, solo obedecía a los adultos y adultas. Pepita ya no era Pepita.
Sus amigos y amigas, muy tristes, por la falta de Pepita, se reunieron:
—¡Qué injusticia!, dijo Violeta, su mejor amiga, indignada y revuelta.
—¿Y qué podemos hacer? –dijo Yoel, delegado de clase, buscando respuesta en la unión de todos.
—¡Quiero que ya vuelva! –dijo Naiara, entre sollozos, desde el arenero, la más pequeñita de la escuela.
—¡Entre todos, la haremos volver! –exclamaron al unísono, Alex, Einar, Felipe, Nico y Gael, los inseparables y justicieros amigos.

Todos juntos, actuaron como Pepita haría: revolviendo las aulas, jugando por los pasillos, saliendo al patio a cualquier hora, comiendo en cualquier momento… hicieron del colegio un eterno recreo. Y así, día tras día, se transformó la jerarquía. Los adultos no podían mandar y desesperados, se volvieron a reunir.
—¿Qué podemos hacer para que nos vuelvan a obedecer? –se preguntaron.
Se volvieron a reunir psiquiatras, psicólogos, paleontólogos, grafólogos, criminólogos, genetistas, sociólogos, neurólogos, doctores, farmacéuticos, empresarios, políticos, policías, militares, Duques, Embajadores, Reyes y el Papa, que tuvo que abandonar importantísimos asuntos de su agenda internacional, para atender al plan de urgencia.
Investigaron, investigaron y siguieron investigando de todas las formas que sabían, ¡pero ninguna les servía!.
Después de muchos días, meses y años, desesperados por fin, decidieron ir a consultar a los infantes, ¡algo les tendrían que decir!.
—¿Qué podemos hacer para que volváis a obeceder?
A lo que respondieron:
—Dejadnos en paz.
Y así fue como, uno por uno, niños y niñas fueron abandonando todos los colegios y su rebeldía ilimitada ¡se volvió organizada!.

Los adultos y adultas, también dejaron sus despachos y sus despechos. Despidiéndose con ilusión, en un cohete en el que se fueron a Plutón. Y lo que allí pasó, lo dejamos para otra ocasión.
Indeleble Munay
Ilustraciones (por orden de aparición en el cuento) de Laia, Einar y Kai.

