
Parece un poco absurdo lo que vamos a decir, pero si fuéramos capaces de “vivir el hoy”, nos ahorraríamos mucho sufrimiento pasado y venidero. Vivir el hoy, el presente, el aquí y el ahora. Grandes tradiciones filosóficas así lo enseñan como vía hacia el bienestar personal. Por ejemplo, el budismo zen. El maestro Thich Nhat Hanh, insiste en volver permanentemente al aquí y al ahora para serenar la mente y el espíritu. El monje, activista social y escritor vietnamita utilizaba la atención en la respiración y en la vida cotidiana como anclaje con el presente. En el estoicismo romano, Marco Aurelio. filósofo y emperador decía: “La vida de cada hombre se encuentra dentro del presente, porque el pasado está gastado y el futuro es incierto”. Curiosamente, recordamos también la canción “Cerebros destruidos” de Eskorbuto, con un mensaje muy similiar, aunque con un tono mucho más agrio y negativo, como solía ser habitual en este grupo de punk rock de los ´80: “El pasado ya ha pasado y por él nada hay que hacer, el presente es un fracaso, el futuro no se ve…”.
Te lo digan los Eskorbuto, Marco Aurelio o Thich Nhat Hanh, si conseguimos centrar nuestra atención en lo que nos toca vivir cada día, ganaremos en calma y posiblemente en bienestar personal y por qué no decirlo, también en felicidad. Muchas veces nos quedamos bloqueados con traumas y heridas del pasado: un despido, un accidente, una separación, la muerte de un ser querido… Cada tragedia tiene que ser aceptada y asimilada con tiempo, por supuesto. En ese proceso la tristeza juega un papel fundamental, pues nos permite la introspección y la pausa necesarias para analizar lo vivido, extraer lecciones y aprendizajes y tirar adelante de nuevo. Pero este proceso a veces se encalla y acabamos dando vueltas en bucle al pasado y con cada vuelta nos rozamos o abrimos la herida emocional, sin permitir que nunca cicatrice.
Otras veces es el futuro el que nos obsesiona. Nos preocupamos en exceso de lo que será, de lo que vendrá, de si tendremos o no. Analizamos una y mil veces una situación, que precisamente por ser futura, es imposible de conocer a ciencia cierta. De la preocupación a la ansiedad, si no nos andamos con ojo, hay un paso. Y vivir con ansiedad por temor al futuro es algo bastante chungo.

Ni atados al pasado ni exceso de futuro. Ambas situaciones son muy nocivas a nivel psicológico y emocional. Ahora bien, es fácil decir que hay que sacar lecciones del pasado y seguir adelante. Es sencillo entender que el futuro es una incógnita y no vale la pena preocuparse en exceso por el devenir. Pero vivir el presente es todo un arte, toda una práctica de vida que exige concentración, un poquito de autodisciplina y sobre todo paciencia y práctica. Ejercitarnos cada día en ser más conscientes de nuestro presente, de nuestro aquí y ahora. Nuestra mente de mono, llena de pájaros todo el día, está diseñada para perderse, para anticipar problemas, para recordar casi todo. Lo que supone una ventaja para nuestra especie con respecto a otros animales, el pensamiento racional, es en realidad un arma de doble filo. Ningún animal vive, de forma natural, tan preocupado ni traumatizado como los seres humanos por su futuro o su pasado. En el mundo animal es fácil observar como los seres vivos están mucho más conectados con su mundo presente. Quien convive con una mascota, por ejemplo, sabe bien de qué estamos hablando.
Precisamente es en este presente donde podemos ir pintando o esculpiendo la vida que queremos tener. No se trata de no hacer planes, sino de seguir el plan que nos hemos propuesto, pero con flexibilidad y viviendo la realidad, no estando permanentemente mirando el plano. ¿Cómo vamos a navegar y dirigir el timón si estamos a todas horas viendo las cartas de navegación en el camarote? Tampoco podemos obviar de dónde venimos, nuestro pasado nos define y precisamente porque hemos pasado por él es que hoy en día somos como somos, con todas nuestras virtudes, defectos y también aprendizajes.

No es de extrañar que las actividades deportivas o artísticas sean del agrado de sus practicantes, pues nos conectan con ese instante de vida que estamos viviendo y nos alejan, al menos durante un tiempo, de los malos recuerdos del pasado o de las preocupaciones del futuro. Por eso, actividades como correr, pasear por la naturaleza, bailar, pintar, escribir, hacer yoga, meditar o hacer malabares, por citar algunos ejemplos al tuntún sientan tan bien a nuestro cuerpo y nuestra alma y mente.
No se trata pues de olvidar el pasado, sino de aceptarlo, extraer sus lecciones y no quedarse enfangado en lo que ya no puede ser modificado o en los “Y si hubiera…”. No, los “Y si…” son absurdos, inútiles y perjudiciales. El pasado fue como fue, porque así tenía que ser. Sencillamente ni nosotros ni nuestro entorno estaba preparado para hacerlo mejor o de otra manera.
Tampoco se trata de no abordar los problemas y situaciones futuras que tenemos que resolver. Está claro que en la sociedad que vivimos tenemos un porrón de cuestiones, siempre, a solucionar en los días, semanas y meses venideros. Pero es recomendable dedicar el tiempo justo a intentar avanzar, repetimos avanzar, en la solución definitiva de los asuntos. De nada sirve darle quinientas mil vueltas a un problema cuando ya hemos pensado y decidido el siguiente paso a dar. Evitar la rumiación de pensamientos inútiles o perjudiciales nos devuelve de nuevo a la idea de estas letras de cultivar nuestra atención en el momento presente, en lo que estemos haciendo en cada momento, que diría Thich Nhat Hanh.

Somos plenamente conscientes, por experiencia propia, que toda esta teoría es más fácil comprenderla que llevarla a la práctica. Pero bueno, leyendo a Marco Aurelio y a Thich Nhat Hanh nos podemos consolar con el hecho de que estos dos grandes sabios hablaban continuamente de errar y enmendar, de ser autocompasivos y tratar de volver al presente cada vez que nos damos cuenta que nos hemos perdido en el lado oscuro del pasado o del futuro. Si ellos, que fueron personas sabias, reconocían su imperfección y trataban de mejorar cada día, pues nosotros otro tanto ya que seguro que somos mucho más “imperfectos”. Además, siempre tenemos a Eskorbuto para pasar un mal día y extraer lecciones de “filosofía pura” de su agrio y radical nihilismo.
Decía Diógenes de Sinope, otro sabio irreverente de la Grecia Antigua: “Incluso si no soy más que un pretendiente de la sabiduría, eso en sí mismo es filosofía”. Pues eso, que no nos volvamos locos con tanto ayer y tanto mañana e intentemos cada día tener un buen día, con ayuda de la filosofía.
Javi Prieto Sancho


Estupenda reflexión, solo le añadiría un poquito de hedonismo: no solo vivir el presente sino disfrutarlo (siempre que se deje, el muy c…).
Muy buena apreciación, Jesús. Gracias por leer y comentar.