Las Majadas

Huyendo del calor del julio madrileño y no queriendo hacer muchos kilómetros nos adentramos en Castilla. Entre un bosque de pinos y montes llegamos a una pequeña meseta, con retamas y cardos. Divisamos unos tipis abandonados, una piscina de agua salada, caravanas y algunas tiendas de campaña. El campamento resulta modesto, familiar. En su bar, que solo abre hasta mediodía sirven bocadillos, cafés y tranquilidad. Aquí parece que el tiempo corre más despacio, incluso que se hubiera detenido. El atardecer lo puedes ver tumbado en tu esterilla, al ritmo pausado de una bebida refrescante. La noche trae una bajada considerable de las temperaturas. Se agradece el saco de invierno y eso en pleno julio es mucho agradecer. Estamos a 1.400 metros de altitud.

Fósil de amonites

Por la mañana paseamos con la galguita y nos topamos con una yeguada que deambula en semilibertad criando a sus potrillos de la primavera. Llegamos al abrevadero e intentamos cazar renacuajos a mano, para descubrir su rapidez o nuestra torpeza, vaya usted a saber. La zagala mayor encuentra lo que parece un fósil marino. Y efectivamente, tras consultar con nuestro amigo arqueólogo descubrimos que estamos pisando el fondo oceánico de hace más de 66 millones de años y que lo que tenemos en nuestras manos es un amonites del cretácico. Tratamos de explicar y comprender como se han formado estas montañas que nos cobijan, como desapareció el mar de antaño empujado por fuerzas hercúleas, colosales, tectónicas. La Tierra cambia, todo cambia y nada permanece, aunque a veces nos empeñemos en pensar lo contrario. Pero los ciclos de la Tierra no son los nuestros y a su vez, nuestros ciclos, no son los de una mariposa y así va cambiando todo, cada cosa a su ritmo.

En otra jornada descubriremos el cauce cristalino del río Escabas, sus frescas aguas, sus pozas vigorizantes. Jugamos en su orilla, animados con el arrullo del líquido elemento corriendo sobre los cantos rodados. Estamos en lo que algunas nombran como la Siberia Interior por su poca densidad de población por kilómetro cuadrado. Poca densidad que se nota en el pueblo que visitamos. En la Plaza Mayor nos juntamos menos de una veintena de personas, algunos perros sueltos y unos cuantos gatos que acuden a la terraza del establecimiento buscando las sobras de algún pincho. Una ración de patatas con salsas, unos bocadillos calientes, una cerveza fría y unos refrescos colman nuestro apetito y nuestra sed de caminantes, de pastores castellanos.

Fotos yeguada de Karla Serrano Prieto

De vuelta al campamento las jóvenes visitan a los burros zamoranos que custodian la entrada con sus grandes orejones y su simpática cara. También hemos visto el majestuoso planear de los buitres en los Miradores que dan a las hoces del Júcar y en otra ocasión paseado por los Callejones, que son la versión chiquita y no menos bonita de la Ciudad Encantada. La ventaja de los Callejones es que no engordas el bolsillo de ninguna duquesa, pues el paseo es gratuito. Y con un poco de programación podéis visitar el Centro de Fauna del Hosquillo, donde encontraréis osos pardos, una pareja de lobo ibérico y cérvidos de distintas familias.

Tiempo de relajación, de reflexión, de encuentro con uno mismo. Tiempo de pausa en nuestras atolondradas vidas. Pocos días que cunden como muchos. Un respiro, un alto en el camino. Cocinar al aire libre, conectarnos con el ser humano seminómada que alguna vez fuimos. Desconectarnos de las noticias, de las preocupaciones, del reloj que dicta nuestros pasos. Refugiarnos con la oscuridad y levantarnos descansados. Un lujo, un regalo, un soplo de aire fresco. La Serranía de Cuenca.

Javi Prieto Sancho

Burros Jesús y Fabián retratados por Karla S.P. y atrapasueños fotografiado por Nayara S.P.

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