
Te vas despacio, sin hacer ruido,
no como aquel primer día en que alborotaste mi vida,
con el brillo en los ojos
y la alegría en la cola.
Fuiste abrigo en noches frías,
compañía en los silencios,
risa en los días grises
y calma en mis tormentas.
No hablaste con palabras,
pero me lo dijiste todo:
que el amor es sencillo,
que estar… es suficiente.
No sabías de límites ni de normas,
e ingenio no te faltaba
para conseguir la comida
o decirme: “Aquí estoy.”
Si rompiste algo,
fueron los silencios
y las rutinas grises.
Aprendimos a vivir
sin que importara el tiempo.
Hoy te abrazo
y te dejo correr libre,
sin dolor, sin miedo,
hacia donde el sol nunca se esconde.
Gracias por tanto, amiga mía.
Aquí seguirás:
en mi memoria,
en el recuerdo,
en cada rincón donde fuimos felices…
Hasta que nos volvamos a ver.

Gonzalo R. Abadía

