Sabaria presenta “El moturista accidental” de Tiago Salazar

Hubo un tiempo en que Lisboa debió de ser la Praga del Sur –en tanto que esta sería, a su vez, su contraparte del Norte-. Ciudades en las que el tiempo, aparentemente, se había detenido en un momento impreciso entre la “belle époque” y el presente. Eran pobres, como las viejas damas de una novela de James, pero los remiendos o los rotos no ofuscaban en exceso la riqueza de su indumento. Cada céntimo que el viajero gastaba en ellas era retribuido cien veces con la obsequiosidad de la hospitalidad antigua. No era fruto de una miseria avarienta, sino de la generosidad sin límites de los humildes. Eran, por tanto, el paraíso del mochilero y del estudiante. Desde el segundo día –pues en el primero pagamos el sagrado diezmo de ser desplumados en uno de los escasos restaurantes para turistas-, la madrugadora hora de la comida, para los que veníamos con el disparatado horario español, se convirtió en lo mejor de la jornada. Nunca he vuelto a sentirme como entonces: un potentado, comiendo maravillosamente por lo que serían cuatro euros de ahora platos tradicionales de la cocina lusitana en raciones ingentes y sabrosas. Era una cosa loca: terminarnos una bandeja de porco alentejano –una montaña de magro y almejas- y venir la camarera con otra porque esa era la ración individual. O aparecer con una corona gigantesca de refrescante ensaladilla rodeando tres albóndigas enormes con la salsa humeando. También era la ración individual, claro. Sagres, cafés maravillosos, pasteles de Belem, el Chiado, el sol, la luz, los miradores y los botánicos abandonados: éramos jóvenes, todo era nuevo, nos amábamos. El hotel, en la avenida da Liberdade, ya no existe. El mobiliario, bien baqueteado, costaría una fortuna hoy en día. La noche nos salía por cuatro perras.


Para venir, habíamos pasado una noche insomne en el Sud-Expresso, porque una monja del sudeste asiático se negaba a apagar la luz del compartimento –fuimos la única ascua de todo el convoy, me temo-. No le guardé rencor a la religiosa porque nos ofreció todo un espectáculo humano según el tren se iba acercando a su parada. Su carácter áspero, huraño, se fue suavizando; su mirada huidiza pasó a ser lentamente más segura y, por fin, franca, mientras que la piel de todo el rostro –lo único visible; con sus manos, claro, que habían estado toda la noche aferradas a un breviario del que salía un ronroneo como de letanías- se iba iluminando (quizás era la aurora, porque ella iba sentada junto a la ventana en el sentido contrario de la marcha. Con las primeras luces, tuvo la caridad de apagar la interior), en tanto que pequeñas frases en francés iban saliendo de su boca, por compasión de nuestro más que evidente desamparo lingüístico. Pero en la media hora final, explotó la traca: un discurso incontenible, inflamado e incomprensible (bueno, a ver…), con unos ojos como de alumbrada y una gesticulación bien lejana de la modestia. Cuando se levantó para abandonar el tren, ¿qué podría rodearla sino la aureola? Desde la ventana, comprobamos fehacientemente que no caminaba: se desplazaba levitando sobre el andén de la estación de Fátima.


Luego, sentimos que llegábamos porque el río se fue ensanchando hasta convertirse en una lámina de plata sin límites, fruto de la calima o de la bruma, ya no sé. El tren cada vez iba más lento, como si no se quisiera concluir el trayecto, y la brisa salobre se colaba por las escotillas. Al salir de la estación de Santa Apolonia, en el Campo de las cebollas, me pareció como si verdaderamente hubiéramos cruzado el mar –el tren se había mutado en navío y de manera imperceptible, entre la neblina, se había adentrado en el océano. Eso explicaba la tardanza-: estábamos en el Caribe, bien se podía demostrar por la presencia de aquellos viejos y coloridos camiones de aire cubano, pero, sobre todo, por la omnipresencia de otros acentos y otras pieles. Por fin, en el Chiado, vi el escaparate de una pequeña tienda de coloniales, atiborrado de especias y mercaderías de los cuatro costados del mundo. Era algo incomprensible para un español de entonces. Dios, estábamos tan cerrados.


Volví enamorado de una ciudad que, entonces no lo sabía, se estaba muriendo.
El libro de Tiago Salazar, que Sabaria publica ahora en España, es, en buena medida, el certificado de defunción; eso sí, es muy divertido. El autor, periodista entre otros múltiples oficios, se embarca en una aventura reporteril hacia las miserias y grandezas del turisteo lisboeta. En última instancia, como declara, el objetivo es el del antropólogo que se mete en la selva arrostrando innumerables peligros –la bofia, los taxistas, los “uberianos”…- para descubrir y describir nuevos tipos humanos –el donjuán con marcapasos, las lesbianas trumpistas, el Sr. Paulo…-. El medio de transporte, esencial, definitorio, será el tuk-tuk, la versión motorizada del “rickshaw”; por eso, es “el moturista accidental” que, como las personas de cierta edad ya saben, es un juego de palabras con el título de una película añeja (1988: faltaban dos años para que yo conociera aquella Lisboa). Conviene recordarnos también –Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frere… Bueno, no sé si hipócrita, pero viejo desde luego- que la palabra inglesa la habíamos visto, leído, en aquella literatura popular (románticos, heroicos superventas de antes; formularios, sí, pero con sus negros de verdad y todo: otra profesión informal que arrasa la IA); concretamente, en “La Ciudad de la Alegría” (1985) de Dominique Lapierre: uno de los protagonistas, Hasari Pal, es la fuerza de sangre que explica el origen del término “rickshaw”. Es la deformación anglosajona del compuesto japonés “jinrikisha”; jin significa ‘ser humano’; riki, ‘fuerza’; y sha, ‘vehículo’. No existe, que yo sepa, en las ciudades europeas un tuk de tiro humano. Es la acumulación de desgracias de Hasari lo que le lleva al calesín como la única mejora posible de su condición y la de su familia. Pero la rueda del infortunio no se para y ha de vender hasta sus propios huesos para pagar la boda de su hija. Esta lectura, fruto de la industria de la piedad que tanto floreció en los “maravillosos ochenta”, la hicimos con el corazón encogido, con el asombro de ver hasta qué punto puede llegar la miseria y la resistencia humanas. Ahora, me es imposible ver los tuk-tuks sin ese filtro.
¿Ha vendido hasta sus huesos Lisboa? Esta es una elegía intercambiable: todas las grandes ciudades de la vieja Europa han caído. Más nos vale que sus entierros sean como los de la sardina.


Pd.: No se salten el prólogo de Ferreira Fernandes, por él desfilan los de costumbre –Pessoa- y los de rigor –Morand-, pero también, más sorpresivamente, los españoles Millás y Grandes, Galdós y, sobre todo, Vázquez Montalbán. Y disfruten del humor melancólico de las ilustraciones del gran João Fazenda, que le van como anillo al guante al estilo de Salazar.

Jesús Rebollo

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