Lo prometido es deuda. Si hace apenas una semana subíamos de Cotos al Zabala y nos imaginábamos la excursión con las jóvenes de casa, esta mañana llegó la ocasión. Antes de que lleguen las lluvias, las nieves y los hielos, hoy parecía un día propicio para aprovechar las vacaciones y practicar senderismo.

Ir a la montaña comienza la tarde antes de la excursión. El día previo elegimos la ruta, preparamos el macuto, miramos la previsión meteorológica y en función del frío y las lluvias así iremos ataviados. Aunque en invierno, chubasquero, gorro y guantes nunca sobran. Y mejor forro polar y abrigo y después a quitarse capas si sale el sol. La noche de antes conviene acostarse pronto y madrugar bastante, pues el número de coches privados que pueden aparcar en los recintos habilitados de Cotos o Navacerrada es limitado, para no ocasionar una afluencia desmedida que dañase al medio ambiente. Nos parece acertada la medida. Para quien tenga buena combinación, es preferible acudir en transporte público.

El senderismo de montaña con peques es diferente. Bajamos el ritmo y damos pie a juegos sobre la marcha. Pero tampoco parando cada dos por tres, porque si no la excursión se hace insufrible y no se llega lejos. Hoy la temperatura no pasaba de los 10 grados de máxima. Pero lucía sol y salvo en las zonas umbrías y cuando soplaba el viento, se estaba bien caminando y almorzando en los roquedales. Entre pinos comenzamos la andadura, habituándonos al ritmo de marcha. Karla encabeza y dejamos a la pequeña de 6 años en medio para que vaya arropada, sabiendo dónde pisar y no sintiendo que se queda atrás. De vez en cuando alguna parada para degustar el espectacular paisaje. Las nubes se han quedado encajonadas en los valles y según subimos podemos ver un mar algodonoso que sigue dormido en las tierras bajas.

Los arroyos bajan de Peñalara medio helados. Se puede ver, en algunos tramos, el discurrir del agua por debajo de la placa de hielo. En algunas rocas, el sol, el agua y el hielo esculpen bellas formas que agudizan nuestra imaginación y deleitan nuestra vista. La cachorra descubre nieve y mordisquea su helado de agua.

Siguiendo el sendero marcado con caminos de tablas en muchos trechos, llegamos a la bifurcación que nos lleva a la Laguna Grande o al Refugio Zabala. El segundo camino es más duro y peligroso, ya que implica algo de trepa básica y hay placas de hielo entre las rocas. Las jóvenes eligen y se decantan hacia el Refugio Zabala. Extremamos los cuidados y aseguramos cada paso para no dar un mal resbalón y acabar con nuestros huesos en las rocas. Una mala caída está al alcance del montañero más experimentado y no es para tomárselo a broma. Pero con las precauciones adecuadas, las zagalas suben el roquedal a buen ritmo y muy entretenidas. Trepar por las rocas, según mi experiencia, es de lo que más gusta a las pequeñas en la montaña. Más que la rutinaria marcha por caminos o senderos, si se hace demasiado larga sin ningún aliciente.
Karla marcha de exploradora y Naya se empodera al verse subir sola una montaña, entre placas de hielo y rocas más grandes que ella. Papá cierra la marcha brindando su mano de vez en cuando a la pequeña. Finalmente nuestra guía nos da la voz que esperábamos: “¡Ya llegamos! ¡Ahí está el refugio!”. Nada mal pues, hemos subido desde Cotos en algo menos de 2 horas. Claro que estas zagalas son andarinas y saben a lo que van. Los tiempos dependen mucho de las personas, claro está.

Al solecito distintos grupos de jóvenes y familias almuerzan junto a los muros del Refugio Zabala. Las zagalas entran al edificio a inspeccionar. Después del bocata y los frutos secos, nos dedicamos a explorar los arroyos helados de los alrededores. “Parece Frozen”, se oye por ahí.

La bajada entre retamas y enebros se hace ligera, aunque también con cuidado para evitar resbalones con los cantos rodados. Para más adelante, dejamos la excursión a las lagunas de los Claveles y de los Pájaros, que también en las faldas de Peñalara son dignas de visitar y seguro que encantan a nuestras mozas.


Hemos respirado aire puro, fortalecido nuestros músculos y llenado nuestro espíritu de buenas vibraciones. Una mañana muy agradable de conexión con la Madre Tierra.
Javi Prieto Sancho


