Capuchita Roja

Nayarini camina por el bosque de pinos bermejos contenta. Va cantando una de sus canciones favoritas, a la par que la escucha en sus cascos:

“Con la garganta llena de arena
Y con el odio, el orgullo y la pena
Así no puedo sentirme libre como el halcón”

La niña conoce el bosque de las rutas que hace con su padre y su madre. Viste mallas largas de invierno para protegerse de los arañazos del sotobosque de helechos, zarzas, retamas y enebros. Se mantiene caliente con su sudadera preferida, una roja con capucha. Hoy lleva una merienda a su abuelita, que vive cerca. En la mochila del cole lleva un tartera con un rico bizcocho casero. Su abuela cocinará chocolate a la taza y merendarán juntas. Nayarini ya se relame solo de pensarlo.

“No quiero hierro ni sed de venganza
Quien odia muere y quien perdona avanza
Le pido al cielo que pueda reírme de ser como soy”

Sigue cantando Nayarini, cuando de pronto ve pasar un perro, a todo correr, delante de ella. Parecía asustado, pues tenía el rabo entre las piernas y parecía sangrar de una herida en una pata trasera.

La niña se detiene y se queda pensativa. ¿De quién será el perro? ¿De qué huye despavorido? Va en dirección al arroyo, hacia lo más frondoso del bosque, donde vive la abuela. Nayarini vuelve de su reflexión al oír la canción.

“Como una potra salvaje
Que en el oleaje no pierde el sentido
No quiero riendas ni herrajes
Y en los homenajes me pongo un vestido”

De pronto llegan dos cazadores con las escopetas en la mano.
-Niña, ¿has visto una galga huir por aquí?
-Esa perra no puede estar lejos … ¡Me va a pagar la pérdida de tiempo! -exclama con rabia el segundo cazador.
-¿Una galga…? Pues no sé, yo he visto un perro correr hacia abajo, hacia el pueblo -miente Nayarini, porque no le gusta la pinta y actitud de los hombres.

Una vez despistados cazadores, Nayarini comienza a correr al trote hacia casa de la abuela. En la misma dirección huyó en realidad la galga. La música la sigue acompañando:

“Ya tengo seis tatuajes
Debajo del traje por siete motivos
Soy una potra salvaje
Que va de viaje a lo desconocido”

-¡Abuela, abuela! -Llama la nieta al acercarse a su casa.
-La mujer mayor sale del hogar, abrigada con una bufanda, un jersey gordo de lana, pantalones vaqueros y una taza de infusión en la mano.
-¿Qué pasa, capuchita roja? -dice cariñosamente la abuela a modo de saludo.
-Hay dos cazadores en el bosque persiguiendo a una perra herida…
-¿Cazadores en marzo? No es temporada de caza, los animales van a empezar a criar después del invierno. Serán furtivos o “escopeteros” de la ciudad.
-La perra ha huido hacia esta zona y yo he despistado a los cazadores mandándoles hacia el pueblo.
-Bien hecho, Nayarini. Eso nos dará tiempo para encontrar al animal. Si está herida habrá buscado refugio.

Abuela y nieta caminan monte arriba, bordeando la ribera del arroyo. Detrás de un nogal centenario, que los paisanos de la comarca llaman “La Nogala”, se ve una pequeña cueva entre las rocas.
-Abuela, de la cueva de la Nogala sale un gemido, como de animal lastimado.
-Vayamos despacio, para no asustarla. Puede ser la galga.

La mujer anciana y la joven se acercan con mucho cuidado. La niña pequeña mira dentro de la cueva. No es muy grande y al fondo se ve hecha un ovillo la perra de caza, lamiéndose una pata herida.
-Abuelita, está aquí.
-Bien, capuchita, ofrécele algo de comer para demostrarla que somos amigas.

Nayarini saca la tartera de la mochila y coge un trozo de bizcocho. La perra levanta la cabeza y tuerce las orejas en dirección a la entrada de la cueva.
-Mira bonita, toma este trozo de comida. Mi abuela y yo queremos ser tus amigas, no tengas miedo.

La galga se acerca tímidamente a capuchita roja. Su hambre puede más que su miedo. Empieza a comer de la mano de Nayarini. Capuchita roja la acaricia para tranquilizarla.
-Ves, galguita, te damos de comer y acariciamos para que te sientas mejor.

La perra lame agradecida la mano y la cara de Nayarini, que sonríe porque le hace cosquillas con su lengua de terciopelo húmeda. La abuela aprovecha para curar la herida. Es un corte superficial que lava con agua fresca del arroyo. En estas están las tres amigas cuando llegan los dos cazadores con muy malas pulgas.
-¡Esa perra es nuestra! ¿Qué hacéis con ella?
-Por lo visto lo que deberías haber hecho vosotros… ¡Cuidarla y curarla! -les dice la abuela.
-Nos llevamos a la perra. Su nieta nos ha mentido, debería educarla mejor -le abronca uno de los hombres.
-Mi nieta está muy bien educada, por eso ha protegido a un animal que está herido y mal tratado. Si no no huiría de su dueño.
-¡Basta de discutir! Nos llevamos a la galga.

Pero ante los gritos y malos modos de los furtivos con la abuela y la niña, la perra se interpone en su camino amenazante, enseñando los dientes y protegiendo a sus nuevas amigas.
-¡Qué dientes más grandes tienes…! -dice el cazador asustado.
-Son para morderte mejor como trates de hacernos daño a cualquiera de las tres -aclara Capuchita Roja.

La galga comienza a ladrar a los hombres y atraída por los ladridos y las voces aparece la guarda forestal que pasaba cerca.
-¿Qué pasa aquí, abuela del bosque?
-Pues que estos señores están cazando sin permiso y pretenden llevarse a esta perra que ha huido de ellos por sus maltratos.
-Pues va a ser que no. Ahora mismo os largáis del bosque si no queréis que os multe por caza furtiva. Y la perra se queda con Capuchita y la abuela, que la han curado y la van a cuidar. Si se os ocurre intentar arrebatársela, investigaré y haré justicia por vuestras tropelías con los animales del bosque y vuestros perros de caza.

Los hombres, cabizbajos, se van por donde han venido a regañadientes. La galga corre alegre alrededor de la abuela, la forestal y Capuchita Roja.
-¡Qué patas más largas tiene! -dice Nayarini.
-¡Son para correr mejor contigo por el bosque! -exclama risueña la abuela.
-¿Cómo la vas a llamar, Capuchita?
-¡Nala!

…Y galga y Capuchita Roja echan a correr como potras salvajes por la ribera del arroyo.

Javi Prieto Sancho


Canción: “Potra salvaje”, de Isabel Aaiún

Mural de Caperucita en Covibar de From Kolors.

Dibujo coloreado por Nayara S.P.

4 comentarios

  1. Fernando Ruiz

    Estupenda adaptación del cuento, cierto es que algunos humanos son más animales que los propios animales,los animales por lo general siguen sus instintos y hacen lo que les corresponde,no como el ser humano.

  2. Concepción Rivera

    Me ha encantado, como la vida misma.

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