La joven detective ha sido llamada por el zoo de Roma. Su tigre ha desaparecido. En un despacho Nayarini Bambini y el señor Macarroni mantienen una entrevista. La chica es guapa, pelo largo castaño, con mechones rubios. Ojos verde oliva y mirada avispada. El hombre rondará los 50 años, tiene bigote y una panza prominente.
—Señor director, dice usted que las cámaras de seguridad no han grabado nada anormal, ¿verdad?
—Exacto, doña Bambini, nada raro han captado las imágenes. No tenemos ninguna pista de cómo ha podido desaparecer nuestro tigre Ángelito del zoológico.
—¿Podría visitar la parcela del felino, por favor?
—Por supuesto, sígame.
En el espacio destinado al tigre, la joven detective inspecciona muy atenta cualquier pista que pueda ofrecer respuestas sobre la desaparición del animal.
—Como puede ver, un foso de 5 metros de ancho y 4 de profundidad rodea la parcela. Además de la valla electrificada. No se ha podido escapar. -Asegura el director del zoo.
—Parece poco terreno para un animal acostumbrado a andar kilómetros en libertad. Además, no está muy limpio el recinto.
El director calla ante la crítica de la chica a las instalaciones.
En el suelo, la joven recoge una colilla de cigarrillo. Es de la marca “Sigaretta”.
—¿Se puede fumar en el zoológico, director Macarroni?
—No. En horario de visita del público no. Hay siempre niños y está prohibido fumar cerca de ellos.
—¿Podría entrevistar al cuidador del tigre? -dice la detective.
—Claro.
Minutos más tarde llega a la jaula vacía donde dormía el tigre antes de su desaparición, un joven atlético, moreno y bien afeitado, con chándal azul de trabajo.
—Buongiorno, me llamo Bambini. Nayarini Bambini. ¿Y usted?
—Mateo Maldini, para servirla.
—¿Cree que el tigre ha podido escaparse por la noche?
—No creo.
—Entonces, ¿qué cree que ha podido pasar?
—No sé, detective. Para eso está usted aquí, ¿no? -contesta molesto el trabajador del zoo.
—Sí. Tranquilo, no tengo más preguntas, Mateo. Bueno, tan solo una más. ¿Me das un cigarro?
El joven, desconfiado, saca un paquete del bolsillo y le da un pitillo, marca Sigaretta a la joven detective.
—Gracias. Ciao.
Nayarini se guarda el cigarro en la cazadora. Ella no fuma.
La detective Bambini tiene una pista, una intuición. Se despide del director del zoo, el señor Macarroni. Monta en su moto vespa, aparcada a la puerta, y se dirige al barrio napolitano. Una vez allí se compra una pizza pequeña, una napolitana de crema y leche tibia.
Con las energías repuestas se dirige al restaurante El Padrino, famoso por ser un negocio de la mafia de la ciudad. La mafia es una organización de ladrones que se dedican a hacer negocios, legales e ilegales, para ganar mucho dinero. Son gente peligrosa.
—Quiero hablar con Paolo Maldini -dice la joven detective a un hombre que parece un gorila vigilando una puerta.
—¿Quién eres tú?
— La persona que puede llamar a la policía para que detengan a tu jefe. O la persona que quiere hablar con él para que me explique una cosa. Tú eliges.
El capo de la mafia, el jefe de los ladrones, es un tipo corpulento, con la nariz achatada como un boxeador y una cicatriz en la ceja derecha.
—¡¿Qué quieres niña?! -le gruñe a la detective.
—Que me digas dónde está el tigre del zoo.
—¿Y por qué piensas que lo tengo yo?
— El tigre no se ha escapado. Eso seguro. Creo que el cuidador, el joven Mateo Maldini es familiar tuyo. Sobrino, creo. Fuma tabaco Sigaretta, de contrabando, que solo controla vuestra mafia en Roma.
—¿Y qué insinúas, jovencita?
—Que parasteis las cámaras de grabación, Mateo, el cuidador, abrió las puertas de la jaula y os llevasteis al felino por la noche. Imagino que lo tranquilizasteis echándole algo en la comida. Lo que me queda por averiguar es, ¿para qué? y ¿dónde está?
—Muy bien, Nayarini. Eres muy lista. Te voy a contar la verdad. Efectivamente, al tigre lo hemos cogido nosotros. El otro día estuve en el zoo, visitando a mi sobrino Mateo, y me pareció muy triste tener un animal tan bello y salvaje en un espacio tan pequeño. Parece una cárcel y me recordó cuando yo he estado preso. Lo hemos mandado por barco a Malasia, al sudeste asiático, para que viva libre en la selva.
La detective pasea por la habitación pensando en las palabras del capo de la mafia.
—Tienes razón, Paolo Maldini, en ese espacio tan reducido ese tigre no podía vivir feliz. Veo que los ladrones también sois capaces de hacer buenas acciones, aunque no sean legales. No se lo diré a la policía, con una condición.
—¿Cuál?
—Que dejéis de ofrecer cigarros de contrabando a los jóvenes de Roma. Fumar es muy malo, sea ilegal o legal.
—De acuerdo, trato hecho, Nayarini Bambini. Veo que las detectives buenas pueden cometer pequeñas acciones malas, como llegar a acuerdos con los ladrones, para encontrar un bien superior.
—Así es la vida, Maldini, no todo es blanco y negro.
Nayarini Bambini abandona el restaurante El Padrino, se pone el casco, se monta en su vespa y desaparece en la jungla de asfalto romana. A miles de kilometros de allí, un tigre corre y ruge por la jungla asiática.
Javi Prieto Sancho
Dibujo JPS y colores Nayara S.P. (5 años)

