Hacía rasca esta mañana. No en vano estamos en el término municipal de Rascafría. El otoño avanza y más en la montaña. Los helechos ya lucían pardos, señal de que ya no soportan la bajada de temperatura de las noches serranas.
Madrugón para coger sitio en el aparcamiento de Cotos. Decidimos tomar café y colacao calentitos en la Venta de Marcelino. Así damos tiempo a que se desperece el sol y empiece a calentar.
Estamos en mitad de las nubes, que nos rondan como neblina. A la pequeña Naya le hace ilusión ver las nubes por debajo de nosotros a medida que ascendemos. Por el camino probamos las fuentes de agua de la montaña. “¡Qué fría está, papá!”. Repasamos el nombre de algunas plantas: los pinos bermejos que nos cobijan la primera parte del camino, los líquenes adosados a los troncos que nos hablan de la pureza del aire, los enebros y las retamas redondeados por la fuerza de los vientos y las nieves, el esponjoso musgo… El agua baja ya torrencial por los arroyos de la ladera. Jugamos a ver quién aguanta más con la mano bajo el agua.
Seguimos el camino de maderas que conducen ladera arriba. La cima de Peñalara se deja ver de vez en cuando entre las nubes bajas. También el Refugio de Zabala se muestra majestuoso sobre la rocalla, como si de castillo inexpugnable se tratara. Cuando el sol se cuela entre las nubes, que corren movidas por los vientos, se agradece.
Nuestra cachorra sube a buen ritmo y disfruta con cada encuentro perruno con otras mascotas senderistas. Se la ve en su salsa, brincando de roca en roca. El “baño de bosque” surte su efecto. El espíritu se relaja, la sonrisa aflora. La conversación fluye distendida, constante, alegre, como el arrullo de las aguas.
Llegamos a nuestra meta de hoy: la Laguna Grande de Peñalara. Unas jóvenes senderistas nos toman la foto de rigor, justo antes de que una densa neblina esconda las gélidas aguas. Nos encontramos a 2.017 metros de altitud, en el circo de Peñalara de origen glaciar. Nos abrigamos, buscamos aposento en una roca seca y almorzamos para recuperar fuerzas.
Para bajar las nubes se dispersan y nos queda un precioso día para disfrutar de las praderas, surcadas de arroyos cristalinos, de las faldas de Peñalara. Karla y Naya coinciden en que mereció la pena el madrugón. Yo no quepo en mí de regocijo. La montaña, de nuevo, nos regaló su magia.
Javi Prieto Sancho



