
Me llamo Paula y tengo 7 años. En mi cole algunos chicos, Pedro, David y Rubén me llaman “cara sardina”. No sé por qué son tan tontos y malvados, pero el caso es que me hacen daño al llamarme así:
-¡Paula, cara sardina!
No sé cuándo empezó el mote. Quizá aquel martes que mi padre me dio una lata de atún para almorzar. Ya, ya sé que el atún no es una sardina, pero es que mis compañeros son tontos hasta para eso. Porque deberían decir “Paula, cara atún”. En fin, no dan para más.
Vivimos en un pueblo pesquero, a orillas del Mar Cantábrico. Las olas baten el espigón del puerto, donde merodean los gatos callejeros, alimentándose de los restos de pescado que quedan entre las rocas. Un día especialmente difícil en el colegio, acabé sentada mirando el mar. Estaba triste y confusa. No sabía cómo hacer para que los cuatro tontos del colegio me dejaran en paz.
-Yo no soy cara sardina, ni cara atún, ni cara rodaballo… ¡Yo soy Paula!
El mar estaba picado. De pronto vi un cachorro de gato entre las rocallas. Estaba mojado por las salpicaduras del mar y asustado. Paralizado por el miedo, maullaba llamando a su madre, pero la felina no aparecía por ningún lado. Dejé mi mochila en lo alto del espigón y bajé con cuidado a por el gatete.
La pequeña gata era de tres colores: blanca, negra y naranja. Tendría 3 meses. Llegué hasta ella y justo al cogerla, resbalé y caímos al mar.
-¡Socorro!
-¡Miau!
Pero nadie nos oía. Afortunadamente sé nadar muy bien y para evitar ser estampada contra las rocas del espigón, nadé unos metros mar adentro, sin perder de vista la costa. Llevaba a la gatita sobre mi cabeza, que cubría con mi gorro de lana para que pudiera agarrarse con sus uñas sin hacerme daño.
-Malditos tontos del cole… Si no me insultaran no hubiera estado en el espigón… y no habría caído al mar…
-¡Miau! ¡miau!
-Es verdad, gatita, si no hubiera llegado a la costa no te hubiera cogido y el mar, posiblemente, te hubiera engullido. Claro, que aquí estamos las dos en el agua…
En esas estaba yo. Manteniendo a flote a la gata y a su rescatadora, es decir, a mí misma. De repente recordé las historias que contaban las abuelas del pueblo. Sirenas que antaño, hace muchas generaciones, salvaban pescadores cuando caían al mar en días de intensa marejada. Sirenas que eran fuertes, bellas y hábiles para bailar entre las olas. Agarraban a los marineros caídos al mar, los mantenían a flote y llevaban sus cuerpos hasta la playa más cercana: la Playa de las Sirenas.
Alguien descubrió mi mochila en lo alto del espigón y pronto se corrió la voz por la aldea. Mis vecinos y vecinas salieron a buscarme y mis compañeros de clase, incluso Pedro, David y Rubén, los tontos que me llamaban “cara sardina”.
Entre el mar picado, danzando entre ola y ola, fui nadando como pude con mi gata en la cabeza. Las fuerzas me abandonaban, pero aprovechaba el vaivén de la marejada para bailar entre las aguas, rumbo a la playa. Cuando salvamos las últimas rocas del espigón, me dejé llevar por las olas y una de ellas nos devolvió, a la gata y a mí, a tierra firme. Al notar la arena de la playa bajo mi ropa empapada, me arrastré unos metros tierra adentro. Estaba exhausta y me quedé dormida.
-¡Aquí está, aquí está!
La gatita estaba junto a mí, llena de arena pegada a su pelaje, pero viva, hecha un ovillo en el gorro de lana, pegada a mi cuerpo. Mi padre, mi madre y mis compañeros y compañeras de colegio, llegaban corriendo por la arena y nos despertaron. No sé cuánto tiempo estuve en el mar. Ni cuánto dormí sobre la playa. Solo sé que al despertar, mi padre me abrazó como nunca y mi madre me inundó de besos.
Desde entonces, me convertí en una heroína del pueblo. La gata se vino a vivir conmigo y mi familia. Mis compañeros y compañeras me hicieron muchos dibujos, que los colgaron por todo el colegio. Uno de ellos me gustó mucho. Salía yo, como una sirena en el mar. Lo firmaban Pedro, David y Rubén, los “tontos del colegio” para Paula, la Sirena.
Javi Prieto Sancho






Pues me ha parecido preciosa la historia. Y cuando he empezado a leer lo de cara sardina, he pensado, pues hay mucha gente a la que las sardinas les gustan mucho. Todo es cuestión de perspectiva.