
Es la tradición, no puede cambiarse. Esa ha sido la respuesta, como en tantas otras ocasiones, cuando se ha reclamado que se admita a mujeres en la cofradía de la Purísima Sangre de Sagunto. Los mayorales de este año, con su presidente y estudiante del CEU, se fotografían en la puerta de la ermita, a la Mazón, o sea, americana azul oscuro, corbata y chinos claros, vestimenta que lo mismo te sirve para el fondo del escenario en el mitin que para los saraos de colegio mayor. Si sus bisabuelos levantaran la cabeza y los vieran de tal guisa, se montaba una mascletá de tortas. Otras excusas eran también peregrinas: si entran mujeres, los que esperan ser mayorales perderán su turno, que está ahora en 2063 –chocante es que la mayoralía del 19 sea más evidentemente añeja que la de este año- o bien, luego no podrán con las andas que “pesan centenares de kilos” -cuando, vaya, la foto colectiva hogaño, entre tirillas y sobrepesos, no les augura un desahogado ascenso al Calvario-.
Pero, en fin, las tradiciones sí cambian: de hecho, es su misma esencia, el cambio. Lo esencial es el trasvase generacional, no el contenido, porque en todas ellas late la necesidad y esta es, por definición, cambiante. Si el mensaje se anquilosa, irremediablemente dejará de servir más pronto que tarde. En concreto, la Semana Santa no es sino la última manifestación occidental de le Sacre du Printemps –la semilla, el huevo: el hornazo-. Es un rito de fertilidad antiquísimo, primordial, ligado a un mundo mágico que implica, por norma, la ligazón, el trueque, el sacrificio: la madre naturaleza dará sus frutos a los hombres si estos le ofrecen a su vez uno de sus suyos. Pues, ¿qué significa sacrificio sino hacer algo sagrado? ¿Y la insistencia católica en el por nosotros?
Así que no conviene insistir en cumplir las tradiciones y menos aún incurrir en el exceso arqueológico, o sea la purificación obsesiva de las tradiciones de los supuestos añadidos o cambios posteriores, en busca de su primera forma porque, en este caso, se volvería al homicidio ritual. Pero si se obstinan, estos hombres de Sagunto bien pueden lograrlo, basta con que determinen un método, no hace falta que sea científico, para agraciar a uno de sus miembros con el título de rey del año, lo tengan a cuerpo de ídem durante ese periodo, atendiendo a todos y cada uno de sus caprichos por disparatados y humillantes que sean, y llegada la pascua, se las cobren todas en su cuerpo: cómo se le mate tampoco importa tanto, sea cruz, hoguera, despellejamiento o pasarle pelis de Santiago Segura… Lo crucial es que se haga justo antes del primer día del sol (solis dies, sunday, nuestro domingo) tras la primera luna llena de primavera: un nuevo rey se levantará esa mañana. Este no es mi cuento, sino el de Frazer, en su fabuloso “La rama dorada”, recopilación de innumerables mitos y ritos de fecundidad en los que el sacrificio es el motivo recurrente.
Cuando era joven y nada me importaba más allá de lo que me hiciera reír, un compañero de piso me dejó picueto con su respuesta a mi sorpresa por que fuera presidente de una cofradía a la vez que un ateo furibundo: “¿Pero qué tendrá que ver la iglesia católica con la Semana Santa?” Unos años después, justo cuando leía a Frazer y me acordaba de él (quien, siendo justos, era un sol y más que merecedor de la más alta esfera del cielo: se llamaba Manuel, unamuniamente), estaba viajando por la Tierra de Campos en el coche de otro amigo, zumbón como él solo, y al ver el Cristo del Otero, tuvo como una alucinación y se puso a profetizar, ebrio como un oráculo: “¿Te imaginas? ¿Un mix de Río de Janeiro y de Palencia? ¿Unos pasos llevados por las comparsas en cueros del Carnaval?” En España, por aquel entonces, faltaban cinco millones de personas de origen americano y en abril hacía frío. Hoy, aquella burrada blasfema está más cerca de ser un feliz invento y, luego, hasta puede que se vuelva tradición.
Juan Dolores

