Los mozos del último día

Es esta historia parte del grito de una tierra herida. Brota la sangre en las gargantas de aquellos mozos que fueron arrancados de su pueblo. Secuestrados. Llevados a ese matadero que llamamos guerra.


Corría el año 1922 y de aquellas la guerra se llamaba Marruecos. La sierra respiraba primavera por todos sus poros y los mozos se preparaban para el parto de las maletas. África se ha cruzado en su destino. Reclutas todos de aquella sangrienta leva, la arrasada tierra del Rif será la tumba de todos ellos. Fueron y no volvieron. No regresaron sus risas, ni nacieron sus hijos, ni llegaron nunca sus nietos. Sus mujeres no parieron y el pueblo, muerto como aquellos soldados, aún susurra la historia de los que nunca llegaron a tiempo de recoger la cosecha.


Ha pasado un siglo y el pueblo sigue en silencio. Una cruz se alza sobre las demás desde las entrañas del cementerio. Un leve viento se queda a vivir entre las piedras. La sierra guarda el secreto de un lamento. Las viejas fuentes hablan de aquellos muertos.


Ni rastro de las tablas de la ley. Veo tormentas descargando mares limpios de verano. De bajada, dormido en las faldas de Gredos, el enjambre de pueblos de la España derrotada mira al valle. Se escurren las casas por las laderas, buscan el río venturoso y amable, mientras un musgo amigo les come la carne.


Con las últimas luces llegamos a Navalguijo. El sol se oculta derrotado. A lo lejos una fuente habla para quien quiera escucharla. Aquí, donde muere el camino, se empieza a hablar el idioma de las piedras, viejos y parlanchines muros rezuman una dignidad de siglos. Habla por una boca sin apenas dientes la vieja piedra montaraz que un día fue domesticada por mozos del último día. Los muros permanecen y aquellos mozos, antes de sonrisa clara y camisa blanca los domingos, son ahora fantasmas de estas sierras. Ya es noche en este rincón de la vencida España.

Óscar Ortega

***

Nota del autor:

Dedicado a los mozos de todos aquellos pueblos que fueron arrancados de su tierra para morir en la guerra de Marruecos. A todos esos jóvenes, y a las mozas que nunca fueron sus esposas, ni madres de los hijos que nunca nacieron. A la memoria de los nietos que nunca fueron y a todas las fuentes que cantan para que las escuche el viajero.

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