
Apareciste pidiendo que te dejara amarme
y te dejé y te seguí dejando
y a no mucho tiempo
empecé a amarte yo también
y consentiste, cómplice de mi amor.
Planificamos futuras lunas,
paisajes de luz y agua,
y nos lo fuimos bebiendo todo
sin mesura,
olvidando la culpa
de las normas establecidas.
Dios! …cuánta belleza en nuestro querer…
…y entendiste que lo que era
ya no debía ser,
y buscaste normas a seguir
escuchando las directrices
de los que dudaban de nuestro amor…
…dejaste de creer en nosotros.
Y no te quiero menos que entonces,
aun más;
sigo cimentando el azul y el amarillo
de nuestro paisaje,
el agua y la roca.
Nunca te culpes,
pues sincera fuiste en tu camino,
no me culpes de serlo en el mío,
que no hemos de buscar culpables
a tanta maravilla vivida
en la ternura, en el cariño,
cómplices de lo prohibido,
amigos de la belleza.
Nos faltaba, creo,
ese último beso, esa caricia…
tus cosquillas,
cuánto me acuerdo de ellas.
Nos faltaba cerrar con un abrazo
nuestro paisaje infinito,
para que el odio o el resentimiento
no se colaran
por los resquicios del olvido.
Nunca sabrás de mí, por mí,
lo juro,
mas no me odies
por seguir queriéndote siempre,
pues no aceptaré jamás
la imposición de fechas
ni al cariño, ni al olvido.
Carlos Escriña, poesía y pinturas.

