
Vampirindi ha llegado callejeando o más bien monteando, a un castillo abandonado y un tanto destartalado. La fortaleza, rodeada de naturaleza, es una construcción vieja y una auténtica proeza, pues se asienta sobre un peñasco al borde de un abismo. El gato Vampirindi ha llegado un poco empapado, pues cuando andaba por un sembrado le pilló un nublado. Al acercarse mojado y un tanto desaliñado, una joven rubia que sale del portón se fija en nuestro felino trotón.
-¡Alá!, qué gatito más bonito… aunque se te ve un poco sucio y hambriento.
Vampirindi, que efectivamente está cansado y necesita un bocado, pone carita de bueno y dice:
-Miaaau… -mientras se acerca meloso a la zagala y se restriega entre sus piernas, arqueando el lomo y levantando el rabo.
La joven le acaricia y lo coge en brazos.
-Ven, bonito. Me llamo Rubí y soy la princesa de este castillo. Bueno, en realidad, vivo aquí con un grupo de amigos y amigas. Ellos me apodan “princesa”. Somos vecinos del pueblo y como no tenemos dinero para comprar una casa, hemos decidido entrar en el viejo castillo abandonado y rehabilitarlo para vivir en él y convertirlo en un centro social.
-¿No podéis comprar una casa en vuestro pueblo? -dice Vampirindi, mientras se pone panza arriba para que le rasquen la tripa.
-Pues no, porque el conde Buitroni está comprando todas las casas vacías para alquilarlas a turistas que vienen de muy lejos, entre otras cosas para ver las ruinas del castillo.
La joven cuidó del gato, que se recuperó pronto de sus andanzas por el monte y del chaparrón que le había sorprendido. Se hicieron muy amigos y pasaban mucho tiempo juntos, en las obras del castillo, junto al resto de amigas y amigos. Vampirindi se entretenía asustando ratones, pues la fortaleza estaba llena de roedores.
Un día llegó hasta el castillo el conde Buitroni, escoltado por unos gorilas con malas pintas.
-¡Chavales, tenéis que iros de la fortaleza! Es propiedad privada y esta noche viene un grupo de turistas a cenar y dormir aquí.
-Eso es injusto, el castillo estaba abandonado hace siglos y somos nosotros y nosotras los que lo hemos rehabilitado con mucho trabajo y mucho cuidado -le dijo la princesa Rubí.
-Me da igual que te parezca injusto. Tenéis hasta el atardecer para desaparecer de aquí y si no os echarán mis ayudantes.
-Los turistas del pueblo no cuidan la naturaleza de la comarca. Van a cualquier rincón en todoterrenos, cazan fuera de época y dejan plásticos y botes por todos lados.
-Me da igual. Me dan dinero, que es lo único que quiero, ¡ja ja ja! -reconoce el avaricioso conde Buitroni.
Los gorilas de Buitroni, unos tipos grandes y feos con cara de pocos amigos, se quedaron rodeando el castillo, mientras su jefe volvía al pueblo para beber en la plaza junto a los turistas. Se reían de la gente que pasaba y tiraban las latas de bebidas al suelo. Juan, el camarero, estaba harto de servirles bebida y de limpiar la suciedad que dejaban en los baños.
Princesa Rubí y sus amigos y amigas hicieron una reunión para ver qué hacían. Durante la asamblea surgió una idea, con la que todas y todos estuvieron de acuerdo. Al llegar el atardecer, abandonaron el castillo sin oponer resistencia. Llegaron a la plaza del pueblo, ayudaron al camarero Juan a limpiar el bar y la plaza y se pusieron tranquilamente a jugar a un juego de mesa y beber una Fanta de limón, con el establecimiento ya cerrado a los turistas.
Mientras, en el castillo, Buitroni y sus gorilas organizaban una gran mesa con comidas traídas de muy, muy lejos. Cangrejos del Mar Negro, huevos de ornitorrinco australiano y caqui latinoamericano, entre otras vituallas. Los invitados desperdiciaban mucha comida, que acababa tirada por el suelo.
Vampirindi, cuando salió la Luna, oculto en las sombras del castillo comenzó a actuar, como había acordado con la “princesa” Rubí y su panda. Primero asustó a los ratones de las almenas y de la torre del castillo, para que bajaran corriendo en tropel hacia el gran salón donde se celebraba el banquete. Cientos de roedores aparecieron entre las viandas de los turistas, que espantados y horrorizados por tan inesperada visita, dejaron de comer y se alejaron de las mesas. Buitroni, muy nervioso, gritaba a sus gorilas:
-¡Detened a esas ratas! ¡Ahora, inútiles!

Pero la fuerza bruta de los escuadristas del conde Buitroni no servía para frenar el impetuoso y alocado avance de los ratones por el gran salón. En medio del caos generalizado, Vampirindi se lanzó volando con su capa, y fue apagando las velas y antorchas encendidas en los candelabros de las paredes. El gran salón se quedó a oscuras, tan solo iluminado, en parte, por la luz de la luna que entraba por los ventanales. Los turistas más nerviosos todavía, se agolpaban junto a la puerta del castillo, tratando de escapar, sin saber muy bien de qué amenaza. Nuestro felino, con poderes de vampiro, puso la guinda al terror que sentían los invitados al banquete del conde Buitroni, paseando entre el tumulto de piernas y de vez en cuando hincando sus colmillos en algún muslo, apretando lo justo para asustar sin hacer realmente daño.
Los turistas por fin lograron abrir las puertas del castillo, que ellos creían encantado por espíritus, y al salir en tropel se encontraron con un grupo de momias y fantasmas que les esperaban fuera con una gran pancarta que decía: “El castillo es nuestro. Las casas para quien las habita y las cuida”. El grupo de invitados se marchó corriendo al pueblo, donde cogieron sus maletas, pagaron sus deudas y salieron pitando en sus vehículos para no volver nunca jamás.
El conde Buitroni y sus matones, salieron los últimos del castillo, con Vampirindi mordiendo sus talones y sobrevolando sus cabezas, susurrándoles al oído:
-¡Vampirimiauu! ¡Vampirimiauuu!
Al ver la comitiva de fantasmas y momias, bajo la luz lunar, cambiaron de rumbo en su huida, con la mala suerte de despeñarse por una de las laderas más escarpadas que rodean el castillo. Solo la fortuna les salvó de acabar con sus huesos rotos, pues aterrizaron en un gran montón de estiércol de vaca, que acolchó en parte su caída.

Vampirindi se acercó tranquilo al grupo de fantasmas y momias. Uno de los fantasmas se quitó la sábana que le cubría y resultó ser la “Princesa” Rubí, que acariciando al gato negro dijo:
-Muchas gracias, minino. El plan del castillo encantado ha salido a la perfección. No creo que los turistas ni el conde Buitroni vuelvan a acercarse al castillo, al menos en una buena temporada.
-¡ja ja ja! ¡Victoria! -exclamaron el resto de amigos y amigas, disfrazados de momias y fantasmas.
Javi Prieto Sancho
Dibujos de Nayara Serrano Prieto



Me temo que el conde, ante su derrota, pasará sus excavadoras, derrumbará el castillo y creará un parque temático.
Lo siento, no puedo imaginar otra cosa, Javi.
Sigue dando ideas…
“Dejemos el pesimismo para tiempos mejores”, je, je…
Gracias por tu lectura y tus comentarios, Teresa.