Una ligera llovizna comenzaba a dejarse caer del cielo encapotado. Las nubes descargaban perezosas su carga de agua, contagiadas del ritmo tranquilo de fin de semana. Él caminaba ensimismado, sin rumbo fijo, con el gorro de lana calado y los cascos en las orejas. The Clash rasgaban la noche con su “Should I stay or should I go”. El chubasquero protegía su torso y los vaqueros y sus botines deportivos negros con puntera blanca recibían las primeras gotas de la noche. Esquivaba los charcos que dejaron las tormentas de la tarde. En alguno se reflejaba la exigua luz de las pocas farolas del barrio. Andaba despacio, no tenía prisa, pues no iba a ningún lado en particular. Simplemente huía de sus pensamientos. Toda la tarde rebotando dentro de su cabeza, como un taladro de un piso en obras. Había decidido echarse a andar con música para airearse y poder dormir mejor.

Doblando la esquina, con las manos en los bolsillos casi se mete en un gran charco de varias baldosas levantadas. La mierda del ayuntamiento no arregla las aceras. ¿Para qué? Salta y…
Es ella la primera en reconocerlo. Su pupila se dilata aún más en la oscura noche, dejando tan solo un iris delgado y azul entre el negro y el blanco del ojo. Su impermeable oculta su pelo ondulado. Él masculla una disculpa, levanta la cabeza y entonces se da cuenta con quien se ha topado de bruces. Los dos se quedan callados, sin saber cómo reaccionar. Pasados unos segundos que parecen siglos bajo el chiriviri, ella se adelanta y le planta dos besos en los mofletes. Él se quita los cascos y la música escapa entre el espacio que hay entre los dos. Mick Jones y Joe Strummer siguen planteando la duda de si irse o quedarse, entre los guitarreos y la batería de los punk rockers.
Justo a su lado un luminoso verde, adornado con un trébol anuncia la taberna irlandesa del barrio. Una pareja sale, extienden un paraguas y se abrazan para cobijarse de la lluvia que comienza a arreciar. Él y ella, indecisos y callados, los dejan pasar y los ven alejarse, fundidos en risas y una conversación que parece prometer más cosas.
Finalmente él se decide y la invita a pasar. Ella acepta y ambos entran en el pub, que está abarrotado de los feligreses habituales. Al fondo hay dos taburetes de pie vacíos. Quizá los que acaban de desocupar la pareja del paraguas. Se sientan y se desprenden de sus chubasqueros. Ella se percata que su barba está más poblada. Echa de menos el caracoleo de sus dedos en su mentón. Él observa sus lóbulos, temeroso de naufragar en sus iris celestes, que a la luz de la taberna comienzan a ganar terreno a la pupila. Suena el “Alchemy live” de Dire Straits.

Piden dos pintas y ambos agradecen poder sumergir sus nervios en la cerveza tostada. La espuma dibuja un divertido bigote blanco por encima de los labios de ella. Él sonríe y ante el estupor de ella le explica el motivo. Se limpia y ambos sonríen y rompen los primeros témpanos de hielo de la noche.
En la mesa de al lado, dos jóvenes son fotografiados con sendas gafas de sol, a todas luces innecesarias, en una fingida pose de macarras, por una pelirroja que ríe con ellos. Forman parte de media docena de amigos y amigas, que a tenor de las botellas, platos y jarras vacías, parece que llevan media tarde celebrando algo muy importante. Él siente una punzada de envidia, cree que no muy sana, en su interior. Ella sumerge su pena contenida en la pinta de cerveza.
Pasados los primeros miedos y viendo que una nueva discusión parece lejana esta vez, comienzan a hablar. Un precario alto el fuego entre ambos en una guerra que no saben cómo se desencadenó y si ha finalizado o no. Dire Straits comienza a tocar “Sultans of swing” y algún parroquiano de los que están de pie hace como si tocara una guitarra que solo ve él. Un joven Mark Knopfler canta desde el equipo de música y alegra el espíritu de la clientela, para regocijo del camarero. Aquí se viene a ahogar penas, a levantar el ánimo y a celebrar con amigos y amigas lo que esté en nuestra mano celebrar. Una pantalla de televisión, con el sonido bajado, pone imágenes de un partido de fútbol antiguo del Celtic de Glasgow, con sus características franjas verdes y blancas transversales.
Ella comienza a mover los pies al ritmo de las guitarras, de forma inconsciente, y él al percatarse vuelve a sonreír. Esta vez su sonrisa contagia a ella, que esboza una limpia alegría en su rostro, a la vez que se pierde en las profundidades de los oscuros ojos del muchacho. Siguen hablando, inclinados ligeramente el uno hacia al otro para escucharse entre el barullo de la taberna y la música.
El camarero trasiega, con calma pero sin pausa, navegando con soltura de un lado a otro de la barra. Pone a la pareja sentada al fondo una nueva pinta cuando él levanta un brazo. Ya van tres, cada uno, que anota en su libreta junto a la caja registradora. No es que no se fíe, pues la clientela es habitual y de fiar, pero a veces el alcohol hace perder las cuentas al más sincero.
Ella apoya su mano en la rodilla de él y se pone muy seria para decirle algo. Él abre los ojos como platos, sorprendido y divertido. Ella rompe la seriedad de su rostro y estalla en una alegre carcajada. La cerveza sigue diluyendo pesares y enojos. Quizá, al fin y al cabo, no era todo tan importante. Vete tú a saber.
Cuando él levanta el brazo para pedir una cuarta ronda, los Dire Straits están tocando “Local hero” y el concierto llegando a su fin. Ella se adelanta a la mirada del camarero y baja el brazo de su amigo. ¿La próxima cerveza en otro lugar?, se pregunta a sí mismo el chico… La mesa de la pelirroja estalla en una andanada de risotadas, ajena a todo lo que les rodea. La pareja de zagales con las gafas de sol parecen no tener fin a su repertorio de anécdotas, dimes y diretes.
Ella se recoge su pelo ondulado con una goma y él paga la cuenta. La chica hace amago de pagar su parte, pero comprende por la mirada del joven, que en otra ocasión pagará ella y listo. Ambos se ponen los impermeables y avanzan entre el atestado bareto. La clientela está pasándolo bien. Se nota que es sábado y mañana domingo pocos van a trabajar. La noche promete.
Ella se abre camino entre vecinos y vecinas. De vez en cuando saluda afectuosa a alguna persona. Él camina detrás observando el movimiento de sus caderas y los lóbulos que ha descubierto su pelo recogido.
Salen de la taberna y la lluvia cae copiosa, adornando la noche con el brillo de las farolas encapsulado en las gotas de agua, que se estrellan en las aceras ennegrecidas. Ella se da la vuelta y comienza a despedirse del muchacho, que sin duda imaginaba otro final, pero acepta de buen rollo la tarde noche vivida. Sus pensamientos son más claros. Se despide con dos besos en los mofletes de ella. Se dan un breve abrazo, lejos del temor y las dudas de su encontronazo hace unas horas apenas. El chico se pone los cascos y da al play. Comienzan a sonar los Ramones. La noche lo merece y siempre puede proseguir su deambular. Con suerte se encuentra a algún colega en el próximo bar. Ella, con sus mallas ajustadas y sus botas de montaña, comienza a caminar en dirección contraria, mirando por última vez al joven. Una sonrisa se dibuja en su rostro para acto seguido transformarse en un grito de alerta lleno de angustia.
Una furgoneta va en dirección del joven, que ha cruzado sin mirar la poco transitada calle y no escucha el ruido del motor. El conductor, quizá por la cortina de lluvia y la poca iluminación parece no haber visto a su amigo. Sin pensarlo dos veces, en décimas de segundo, la joven está en mitad de la calzada y empuja con fuerza al chico, que sale disparado contra los coches aparcados. La furgona se echa encima de la joven y en el último instante parece verla y da un volantazo. Aun así la golpea con el espejo retrovisor en un hombro y la joven cae desequilibrada en mitad de la calle. El conductor no para, acelera y se va. El joven ha reaccionado y se lanza en persecución del vehículo, pero rápido desiste al comprender la inutilidad de su intento. Se da la vuelta y corre hacia su amiga.
Se abrazan en la calzada. Llega otro coche rojo. Frena ante la pareja. Los faros iluminan el abrazo. La lluvia sigue cayendo con fuerza. El conductor, ajeno al susto de ambos, pita y los jóvenes se levantan y se echan a un lado. El automóvil pasa de largo. Los cascos del zagal cuelgan sueltos sobre su chubasquero. Suena “Rockaway Beach”. Ella mira los ojos del joven todavía asustada. Él la tranquiliza con una sonrisa. No se sueltan. Siguen abrazados, como si acabaran de encontrarse y no se quisieran perder. Ella caracolea con sus dedos en su barba y le toca el aro de su oreja. Él comienza a naufragar en sus iris celestes, sabiendo que no intentará nadar para salvarse. Que le coman los tiburones.
La lluvia está calando sus pelos y sus rostros, pues al caer ambos han perdido sus capuchas, que cuelgan inútiles sobre sus espaldas. Entonces ella se decide y besa al joven como una ola que rompe a escasos metros de la orilla. Él responde estrechando su abrazo y siente sus pechos contra su torso. Ella mete su mano mojada por la espalda del joven, que se retira dando un respingo divertido ante la fría mano mojada de la joven en su musculada espalda. Ella ríe traviesa y vuelve a atraer los labios del chaval a los suyos. La lluvia sigue calándoles el pelo. Los Ramones siguen sonando al aire…
Javi Prieto Sancho


