El otro día la lluvia retrasó nuestro paseo vespertino con la perra y cayó la noche. Aprovechando la luz de luna nos adentramos en el monte. El camino lucía blancuzco sobre una masa informe de vegetación parda y enmarañada, indistinguible para nuestras pupilas todavía cerradas por la luz de las farolas del pueblo. Ya en el monte soltamos a la cachorra, mejor adaptada para ver de noche, que rápidamente echó a correr entre coscojas y olivos, agitando con su trote los tomillos y empapándose el lomo con el esparto.
A medida que ascendemos por el camino, de espaldas a las luces del pueblo, el oscuro manto va dilatando nuestras pupilas. Las plantas a nuestro alrededor comienzan a sernos familiares. La perra, exultante por los vivos olores que deja la lluvia, corretea alegre ejercitando sus sentidos y su musculatura. Hace miles de años una partida de caza similar seguiría el rastro de algún jabalí. Hoy nos conformamos con cazar la conexión con la naturaleza.
A pocos pasos algo se mueve despacio por la tierra húmeda. Se trata de un sapo de monte, un bufónido, de piel rugosa, del tamaño de un puño y patas cortas. Más caminante que sus saltarinas primas las ranas. Cuidamos que nuestra canis lupus familiaris no lo descubra, no le vaya a molestar con su curioso hocico y se envenene con su bufotenina.

Por la mañana también hubo paseo, al igual que el día anterior y mañana también lo habrá. La perra nos regala ese tiempo de monte a diario, en el que conectas con la madre tierra, te relajas y se posan tus sueños e inquietudes cotidianas. Después del invierno cogiendo leña seca abandonada aquí y allá, llega la incipiente y lluviosa primavera. El romero y los almendros pintan el verde oliva y el encinar de retazos blancos y lilas. Descubrimos nuevos colores y aprendemos nuevas plantas con la ayuda de Pili, bióloga y senderista. Las aulagas se visten de gala con sus flores amarillas, protegidas por sus ramas armadas de pinchos. La globularia a ras de suelo también ofrece sus globos azules, como queriendo llamar la atención para no ser pisoteada. La niña y yo embriagamos nuestro olfato agitando con nuestra mano los tomillos.

En un claro de tierra labrada de olivar se reproduce un juego milenario. La perra olfatea y se detiene midiendo las fuerzas de la carrera que tendrá que darse para intentar cazar a los confiados conejos que lucen su blanca cola en su manto peludo de camuflaje gris. La galguita se mueve como los guepardos de la sábana en los documentales de la 2. Nos conecta con la vida salvaje. Se lanza a la carrera la cachorra, más por instinto que por convicción. Los conejos, que son tres, huyen despavoridos en mil direcciones. La perra acorta distancia en el terreno abierto, pero entre los matorrales los conejos hacen quiebros, requiebros, y hallan escondite. Otra vez será, cachorra.

Nuestros pulmones se llenan de aire puro. La perra vuelve a nuestra vera jadeando por el esfuerzo. Volvemos a casa con un poco de bosque dentro de nosotros. Mañana más. Leo al naturalista Joaquín Araújo y me gusta lo que escribe: “En realidad, somos un bosque que un día bajó de las ramas y echó a andar”.
Javi Prieto Sancho



Deberíamos de tomarnos un rato libre y salir del pueblo y adentrarnos en la naturaleza, entre prisas y demás vivimos muy deprisa y con rutinas más bien tóxicas.Aortunadamente yo he retomado un poco el contacto , aunque sea por caminos desde la bicicleta.
Muchas gracias Javi y a seguir así.
Conectarse con la naturaleza siempre es positivo. Ánimo con la bici y a disfrutar el camino.