La zamorita

Chaflán ferretería


Este verano he sabido que mi madre vivió un tiempo en Zamora durante su infancia. Curiosísimo, porque ya había decidido ir a visitar la ciudad antes de saberlo, lo que alegró doblemente mis ganas de conocerla. Una ciudad en la que puedes encontrar rastros de la historia de nuestros antepasados allá donde vayas, una historia que, para bien o para mal, ha configurado la identidad de lo que somos hoy.


Siguiendo las indicaciones de mi madre, dimos con la casa en la que había vivido, muy cerca de una de las puertas de la muralla. El edificio que recordaba, aquel en cuyos bajos había una enorme ferretería que rodeaba el chaflán, es hoy un banco y un bar.

Casco antiguo Zamora


Costó dar con el lugar exacto, pues entre los recuerdos de infancia, los cambios actuales y el paso del tiempo, no coincidían del todo con la imagen que me iba formando gracias a los recuerdos que mi madre me había trasladado. Y finalmente, sí, lo logramos, tras muchos paseos por todo el bello casco antiguo, buscando puertas con arcos de medio punto que abrían sus ojos entre los enormes sillares de piedra. Efectivamente, un doble arco románico se abría en la muralla y por él discurría una cuesta que daba a la plazoleta en la que estaba la ferretería y, en el piso de arriba, su casa.

Proyecto Airanta, del Verso al Canto


La infancia de mi madre, sus recuerdos que quieres hacer un poco tuyos para agrandar tu memoria, para ampliar la identidad de lo que somos; una memoria que se expande entre las raíces de nuestros familiares y que hay que apresar para sí. Hacerla propia para evitar que aquello que nos precede desaparezca.

Porque en toda esta historia, la memoria es el hilo conductor. Escuchando un podcast de una amiga acerca de la persuasión coercitiva, al final del mismo concluye que la información nos hace libres. El conocimiento que vamos construyendo sobre nosotros en el mundo y que, con el paso de los años, se transfiere en recuerdos, experiencias
personales relacionadas con nuestras emociones que forman parte de nuestra memoria declarativa y que forman nuestro ser en el mundo. El qué, cómo y cuándo de nuestras vivencias, a pesar de que acudir a los recuerdos pueda suponer abrir la caja de Pandora.


Arco de la muralla

Pero también esta memoria se relaciona con el conocimiento general del mundo, con datos históricos, conceptos, saberes ajenos a la experiencia, datos guardados en una alacena.


Si se borra una parte de esta memoria declarativa, se difumina nuestra presencia en el mundo y, por ende, nuestra identidad. Entonces, sí, la memoria nos hace libres y es indecente procurar cercenarla. Porque además de configurarse como ejercicio individual, es quizá la conexión más colectiva que existe, ya que se construye, permanece y se transmite gracias a la aportación de los otros, y es en ese punto donde reside el peligro.

El Duero en Zamora


Controlar aquello que nos hace más libres otorga un enorme poder a quienes manejan la información que se transmite; por este motivo, tenemos que estar siempre alerta.

Pero más allá de los datos que se pueden ofrecer como información y que poco o nada interesan, aparte de aportar cierta sensación de verdad o consistencia a los discursos o argumentos, la información no es memoria, no son recuerdos, no son vivencias, no son relaciones.

Puente de piedra


Me ha gustado mucho cómo define la sociedad actual el filósofo Byung-Chul Han en el libro No-cosas. La denomina infoesfera: un maremágnum de datos y de información que en absoluto se trata de conocimiento del mundo. En un momento dice que el homo sapiens se ha transformado en un phono sapiens, como metáfora de personas conectadas a información infinita pero desconectadas absolutamente del conocimiento.


Las personas no consolidamos en nuestra memoria nuevos saberes porque ya lo hacen por nosotros los teléfonos, las redes sociales, la inteligencia artificial. Puedo resolver una duda al instante; para qué aprender. Para qué recordar, si todo parece estar siempre disponible.


¿Será esta una nueva vía de estudio en la teoría de la evolución de las especies?

Paseando Zamora


En la maravillosa obra de Miguel Espinosa, Asklepios, el último griego, el personaje quiere conocerse a sí mismo para «cumplir la necesidad de sentirse verdadero» y alcanzar la libertad. ¡Qué maravilla acudir a la memoria no como un mero almacén de sucesos vividos, sino como un proceso que nos permite convertirnos en «el hombre más sabio, libre y feliz bajo el sol»!

Porque la memoria es también refugio del ser y de la necesidad de redefinir lo que somos para integrarlo en el presente. Y también es, como escribió Pino Betancor, una fuerza activa que ilumina al ser:

Es la hermana gemela de otra vida, en la que ya no existo. Es la sombra, el aroma perdido del recuerdo, la mutilada voz de la memoria.

Cuchara Museo etnográfico


La memoria ancla nuestra identidad y nos permite establecer un lugar seguro de conocimiento en medio de un presente caótico e incierto; actúa como verdad, como certeza ante lo desconocido, como resorte intuitivo para no repetir lo doloroso o injusto, como transferencia del saber individual y colectivo. Es una manera de permanecer
cuando todo lo demás cambia.


Borrar la memoria es cercenar la libertad, entendida como posibilidad de realizar lo indeterminado, tal como dice Asklepios. Luchemos para que ningún poder la controle. Porque recordar es también una forma de resistencia. Quizá por eso aquella casa de Zamora no era solamente la casa de mi madre. Era también una pequeña puerta hacia mi propia memoria, hacia una historia que no había vivido y que, sin embargo, ahora también forma parte de mí.

Mónica Diez

Cepo para presos, Museo etnográfico
Casco antiguo
El Duero y Zamora nocturna

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