Un viaje en metro

En los, a veces largos, trayectos urbanos en transporte público que hago habitualmente en Madrid, el medio más usado por mí, por su rapidez, es el metro. Cada vagón del suburbano es compartido por cientos, miles de personas que entran y salen en cada estación. La capacidad de aproximadamente 200 a 300 personas por coche, en horas punta puede llegar a duplicarse con las consiguientes incomodidades para los usuarios.

Hay horas en que la afluencia desciende, y l@s viajer@s se mueven con desenvoltura, ocupando asientos o permaneciendo de pie. Éste es el momento en que el “conductor” que da órdenes a mi cerebro, me lleva a estudiar el entorno y a montarme películas con los seres humanos que me rodean. Siempre he experimentado esa curiosidad de observar los pequeños universos que me rodean, aunque antes me resultaba más fácil crear una pequeña historia entorno a la persona objeto de mi curiosidad, pues ahora las cabezas permanentemente inclinadas sobre los teléfonos móviles, lo único que me dejan entrever es alguna sonrisa o gesto serio, según sea el contenido de los mensajes motivo de su interés.

Aun así desde quien con aspecto de ejecutivo me lleva a situarlo en una oficina, hasta la señora con aspecto modesto y cansado que me hace pensar que su trabajo consiste en limpiar las oficinas y las casas que ocupan los anteriores. Los jóvenes, chicos y chicas con su desbordante vitalidad, me hacen pensar en los retos a los que tienen que enfrentarse en el amplio panorama existencial que tienen por delante. A veces en mi fantasía formo parejas que me parecen que podían ser idóneas, aunque se desconozcan y aparentemente se ignoren y solamente los una el limitado espacio y el corto tiempo que dura un trayecto. Crear historias imaginarias con personas anónimas puede ser un ejercicio divertido, siempre que el transfondo e hipotético resultado sea positivo.

Esta elucubración, que puede parecer ñoña, e incluso absurda, me ha servido para hacer más llevadera la rutina diaria del traslado de un punto a otro de Madrid.

Habrá quien al leer esto considere que no debo tener cosas importantes a qué dedicar mis pensamientos, pero, posiblemente sea una forma de evasión, como quien va al cine o lee un libro.

Un día descubrí en mí un “súper poder” que me produjo asombro, y que desde aquí recomiendo a quien quiera ponerlo en práctica. Observaba las caras serias de las personas que viajaban solas, absortas en sus pensamientos o volcadas en sus lecturas o teléfonos móviles y de pronto imaginé cómo serían sus semblantes si recibieran una buena noticia; por ejemplo un premio de la lotería (tristemente lo monetario ocupa uno de los puestos más altos entre las aspiraciones de cualquier persona, sobre todo para los usuarios del metro) y entonces por arte de magia veía un rictus de alegría en aquellos rostros inexpresivos. Quedé asombrado de lo fácil que me resultaba poner sonrisa e ilusión en las caras de es@s desconocid@s. Jóvenes, adultos, ancianos…cualquier rostro por adusto que fuera lo transformaba con el poder de mi mente, y sentí que me retroalimentaba de aquella felicidad fruto de mi imaginación.

Jovior Villegas

Ilustraciones de mural en Covibar (Rivas) y foto de La Petirroja.

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