
Me siento ante la mesa de trabajo, que previamente he ordenado. Está todo en su sitio. El horno a mi izquierda, junto a una lampara de mesa que anteriormente estuvo viviendo en el despacho de un hombre importante. A mi derecha se encuentra la máquina de hacer pasta acompañada de las bases de madera, que acogerán las piezas que salgan del horno una vez cocidas.
En frente tengo un horizonte de pastillas de masa ordenada por colores, en el mismo orden que tienen los colores del arco iris o los chacras de la tradición oriental.
Pongo música según mi estado de ánimo, a veces tranquila y a veces movida. Más tarde estaré tan sumergido en mi quehacer, que no seré consciente que en el aire de la habitación danzan sonidos.
El proceso no empieza siempre con algo que ya tengo en la cabeza. Muchas veces me siento ante la mesa sin una idea preconcebida. En esos casos me dejo llevar por los colores que tengo en frente.
Cuando he elegido el color con el que voy a iniciar el trabajo, la siguiente etapa es comenzar a amasarlo para poder trabajarlo de forma fácil y cómoda.
Una vez que tengo el color, ya preparado, comienzo a jugar con él, a darle forma.
Entonces ante mí se empieza abrir un camino que me indica qué es lo que debo ir haciendo para realizar una figura que más adelante conformará el cuadro.
Es una semilla que comienza a germinar y que todavía no se cuál va a ser el fruto resultante.

El siguiente color a elegir suele venir dado por el diálogo que se establece entre el primer color y el siguiente. A veces son colores que armonizan entre sí y otras veces por el contrario, lo que me sugiere el trabajo es que sea un contraste lo que le va a sentar bien a la obra.
Por decirlo de alguna manera, el trabajo o la obra va adquiriendo su propia personalidad y se entabla una relación conmigo que me va indicando cuáles son los pasos a dar.
Qué color le viene bien a continuación. Qué forma es la adecuada para ir rellenando el espacio que queda…
A veces, en un momento dado, que no son pocos, el trabajo para, el diálogo se interrumpe. Algo no funciona. De pronto lo que fluía se para, se atasca. Entonces es el momento de dejar de trabajar o buscar nuevos caminos, hasta encontrar de nuevo el diálogo.
Esto ocurre tanto cuando el cuadro ya estaba en mi cabeza, como cuado empieza a partir de un color. Es muy raro que ese momento de parón, que me lleva a reflexionar sobre lo que estoy haciendo, no se dé en la creación de algún cuadro.
Mi obra está llena de espirales, curvas, líneas suaves onduladas. Me inspira la flora y el agua. Los mares y la vida, siempre sorprendente, que los habita.
Cuando considero que la pieza me dice que ya está acabada, que así es como debe ser, pasa al horno donde se cuece y desaparece su elasticidad para, una vez fría, mostrar sus auténticos colores y dureza.
Entonces paso al momento en el que con extrema delicadeza las piezas se pegan en el soporte final. Soporte de madera previamente lijada y pintada.
No siempre es una tarea fácil, ya que muchas veces al enfriarse la pieza, ésta se desmorona en un sin fin de átomos de colores que luego hay que encajar. Suelo hacer una foto antes de manipularla para saber cuáles son los lugares originales de las distintas partes.
Mis trabajos no llevan título porque un título le indica a la persona que lo observa una forma de mirar y yo prefiero que se establezca una comunicación a través de lo que las formas y colores le sugieran al ojo que está mirando.

Sí que hay una intención en lo que hago y esta es que a la persona que posea uno de mis cuadros, éste le transmita una sensación grata. Puede ser de belleza, alegría, serenidad… Eso va a depender del dialogo que se haya establecido entre mi trabajo y el que lo posee.
Si tú ,lector, lectora, quieres ver mi trabajo al natural, ahora tienes la oportunidad de hacerlo, ya que voy a realizar una pequeña exposición durante los meses de diciembre y enero en el restaurante Zekkei, situado en la avenida de la comunidad de Madrid, 26, de San Martín De la Vega.
Rodrigo Ruiz

