¡Zas!

—Turbo, ¿me ayudas a cavar la rosaleda?

—Claro, Ainhoa.

El jardinero cincuentón, azada en ristre, acude con su natural parsimonia junto al tajo de su compañera.

—Te veo un poco cansado, compañero.

—Sí, ayer tuve que llevar a mi madre a las urgencias del hospital. Con esto de los putos recortes en sanidad nos tiramos toda la tarde y un poco de la noche allí. Tenía un dolor en el pecho y estaba muy asustada. Le dieron una pastilla después de 5 horas, y para casa. Hasta que la vea su médico y después el especialista, dentro de unos meses, claro.

—¡Vaya tela! Espero que se recupere. Y tú, tómate el día con calma, que “Roma no se hizo en un día”.

—Sí, es una mujer fuerte. Claro, dejaremos bonitos estos rosales para los “romanos”, pero con calma, ¡je, je, je!

—Mira, por ahí viene el del san bernardo que no recoge las cacas.

—Con razón los truños son grandiosos, menudo perraco, parece un poni -comenta divertido Turbo.

El can llega junto a los rosales, adopta la posición de canguro a punto de saltar y deposita una gran y olorosa excreta junto a la pareja de jardineros. Ainhoa mira al dueño como reclamando su atención, pero éste no la ve, ni siquiera la mira, pues sus ojos no salen de la pantalla de su móvil último modelo. El dueño del san bernardo pasa de largo de la deposición de su mascota. Es un tipo que ronda la treintena, musculado bajo su traje de oficina.

Ainhoa, indignada, mira estupefacta hacia su compañero. Turbo se encoge de hombros, saca un cigarrillo de liar del bolsillo superior de su chaqueta y se lo enciende. Hace mucho que el veterano trabajador ha hecho del pasotismo un escudo contra lo mucho que no le gusta de su trabajo.

—Disculpe, su perro acaba de cagar frente a los rosales… -dice Ainhoa conteniendo su enfado.

—¿Y…? -Responde el dueño desentendiéndose del marrón, mirando a la jardinera con aire de
suficiencia.

—Pues que tiene usted que recogerla…

—¡Ja, ja! Para eso os pagamos a vosotros. ¡Recógelo tú, bonita!

—¡¿Cómo dices…?!

Ainhoa, ventiañera pero bastante bregada para aguantar sandeces, tira la azada al suelo y se va a por el dueño del perro. Mientras, el san bernardo hace pis tranquilamente contra el tronco de un olmo cercano. Marca su territorio. El hombre trajeado guarda su móvil en el bolsillo de su chaqueta, visiblemente molesto.

—Digo que la recojas tú. ¿No ves que os estoy dando trabajo? Agradecida deberías estar -suelta con sorna a la joven trabajadora.

Ahora es Turbo quien deja su herramienta apoyada junto a una rocalla y se encamina con tranquilidad hacia su compañera, que está discutiendo a viva voz con el irrespetuoso vecino. El perro, mientras tanto, sigue a lo suyo, olisqueando y marcando los arbustos que considera oportunos. El jardinero llega junto a su compañera, la pone la mano en el hombro y la aparta con dulzura de la agria escena.

—Perdone, señor, pero usted tiene la obligación de recoger la excreta de su mascota, según la normativa municipal…

—¡¿Y tú, quién cojones eres?! ¡¿El alcalde?! Me paso la normativa municipal por…

—¡¡¡Zas!!!

El hombre del traje no ha terminado su frase. Turbo le ha soltado un puñetazo que le ha saltado un diente. El musculado treintañero yace en el suelo, su traje negro se ha teñido de marrón con la tierra y el polvo. Sangra por un labio roto y mira al maduro jardinero con mezcla de rabia, incredulidad y temor. Turbo, vallecano, algo entrado en carnes, pero fornido tras décadas de trabajo manual, es un tipo tranquilo hasta que le pisan.

—¡Mira, payaso!, pues yo estoy dando trabajo a mi hermana que es dentista. Así que ahora recoges tu diente, tu perro y su mierda y te piras a tu puta casa antes de que te suelte otra ostia. Y ojito con denunciar, que sabemos dónde vives, cuál es tu coche y tus horarios. Lo siento que te hayas tropezado y al caer te hayas partido la cara, ¿entendido?

Ainhoa contempla la escena con ojos como platos y una media sonrisa en su cara. El san bernardo olisquea el culo de una perra ajeno a las vicisitudes de su dueño. El hombre del traje, achantado, herido en su boca y en su orgullo, recula y se aleja de Turbo con miedo de que le vuelva a atizar.

La joven jardinera pasa el brazo por encima los hombros de su compañero.

—Compi, ¿no decías que de joven en tu barrio ibas a kárate y que el sensei enseñaba mucho autocontrol, paciencia y a solucionar las cosas a poder ser hablando?

—Hemos hablado, Ainhoa, hemos hablado… Además, no pasé de cinturón verde, ¡je, je! –y la guiña un ojo, cómplice.

—¡Ja, ja, ja! Esto no creo que acabe así, Turbo. Traerá consecuencias.

—“Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente” o algo así decía mi maestro. ¡Je, je!

La pareja vuelve al tajo. Cogen sus azadas y continúan la escarda y cava de la rosaleda como si nada hubiera pasado. El sol comienza a elevarse por encima de las copas de los árboles. Los trabajadores golpean rítmicamente la tierra con sus hierros. Los rosales están quedando preciosos. Hace un día estupendo.

Javi Prieto Sancho

Relato incluido en el libro “El jardín de Funakoshi”. Puedes conseguirlo hablando con nosotros o en la red de bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid:

  • Biblioteca Ángel González (Aluche)
  • Biblioteca Pablo Neruda (Arganda del Rey)
  • Biblioteca municipal de Perales de Tajuña.
  • Biblioteca municipal de Morata de Tajuña.
  • Biblioteca municipal de Campo Real.

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