
Los cuentos populares entorno al castillo del Risco sintetizan el alma castellana en su contradicción sempiterna, la que por ejemplo verá la luz en la revuelta de las Comunidades de Castilla de 1521. Una vena guerrera, valerosa, apegada a la honestidad y el esfuerzo y otra más acomodada en los títulos y los palacios, detentadora de poder y no siempre justa. Veremos que se cuenta en el valle de Amblés entorno a una de las fortalezas más antiguas de la Edad Media abulense.

Declarado Bien de Interés Cultural y Monumento Histórico Artístico desde 1931, el castillo del Risco, de Aunqueospese o Manqueospese, como se le conoce, está situado a 1.353 metros en la sierra de la Paramera, a 3 km del pueblo de Mironcillo, a escasos 20 kilómetros de la ciudad amurallada de Ávila. Su historia parece hundirse en las brumas de los tiempos de frontera entre cristianos y musulmanes, allá por el siglo XI. Su construcción definitiva, de estilo gótico, data del siglo XV mandando sobre la fortificación Pedro Dávila, señor de Villafranca y capitán del Duque de Alba. Los Reyes Católicos concederían el título nobiliario de I conde del Risco a Pedro Dávila en 1475. Se trata de un castillo de sierra, adaptado a un roquedal sobre una loma, a las faldas del Pico Zapatero, que lo hace todavía más inexpugnable. Está considerado como uno de los mejores ejemplos de castillo montaraz o serrano de toda Europa, si bien su estado de conservación a día de hoy es una ruina. El castillo es de propiedad privada y no se puede entrar en él por el peligro que supone, pero se puede rodear en su perímetro. Podemos llegar a él fácilmente desde Mironcillo con una caminata de 3 kilómetros (ida).

Construido siguiendo las técnicas del sillar y la mampostería. Presenta elementos renacentistas como el arco de entrada. Cuenta con torre del homenaje y detalles como troneras de ojo de cerradura invertida. La fortaleza principal es de estilo gótico. Se supone que el castillo fue construido, en el siglo XV, sobre una fortaleza previa de carácter defensivo (siglo XI).
Son varias las leyendas entorno al origen del castillo, no pudiendo establecer con exactitud la veracidad de todos los hechos y datos referentes a la fortaleza a lo largo de los tiempos, desde el siglo X hasta el XV. La historia más popular en el valle de Amblés quizá sea la del amorío entre Alvar Dávila, capitán de la milicia de la serranía, y Guiomar de Zúñiga, cuyo padre Diego de Zúñiga, noble y palaciego abulense no aprobaba. Alvar Dávila, era respetado y querido como guerrero por su participación en la batalla de las Navas de Tolosa y otros desencuentros con las tropas musulmanas. No obstante, el conde Diego de Zúñiga negó la mano de su hija al capitán Alvar Dávila y le prohibió que viese a Guiomar. Al parecer, henchido de dignidad, el joven castellano replicó al noble de palacio:
“Cuando el amor ha nacido, no se le mata con vilencias; que el corazón del enamorado es rebelde y terco en la rebeldía. Doña Guiomar y yo seguiremos amándonos, y aún más, viéndonos: ¡Aun que os pese!”.

Así, en las faldas de la sierra de la Paramera, Alvar Dávila levantó un castillo montaraz, visible desde las murallas de Ávila en los días claros de Castilla, muy a pesar del conde Zúñiga. La enamorada Guiomar terminó muriendo, sin saber a ciencia cierta la causa. Una blanca paloma llegó volando en los días postreros al castillo del Risco, donde un apenado Alvar Dávila la acogió para ponerle un lazo y dejarla volar en libertad. El capitán de serranos partiría a guerrear, donde según la leyenda popular “moriría como los buenos”.
Mi profesor de instituto, Don Enrique Molina Merchán, era Doctor en Historia y experto en feudalismo hispano. Siempre decía que afortunadamente la mitad de la Edad Media en la península Ibérica estuvo bajo dominio islámico, una cultura mucho más avanzada en numerosos aspectos que la europea de la época. También concluía que fue bueno para estas tierras, en términos de cultura y libertad, que los reinos cristianos acabaran extendiendo su poder, ya que la historia renacentista cristiana presenta un avance cultural y un progreso sin igual.

Cuando Don Enrique hablaba de Castilla siempre se acordaba de los líderes comuneros Bravo, Padilla y Maldonado, ajusticiados por las tropas realistas de Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico, a la postre Carlos I de España. Las Comunidades de Castilla defendían los intereses de los menestrales y nobles de menor rango castellanos, frente al poder de la nueva dinastía de Habsburgo, y pretendía coronar a la reina Juana, en un movimiento social que algunos historiadores consideran una de las primeras revoluciones burguesas de Europa. También recordaba el Doctor en Historia Molina Merchán, mesándose la barba, siempre con traje y corbata, pipa de fumar en mano, porque eran otros tiempos, a María Pacheco, exiliada por resistir y no rendir la ciudad de Toledo al emperador.

Sin duda, Castilla ha dado mucha sangre buena a esta tierra de Iberia, sangre y vidas que no siempre han conseguido un merecido homenaje. Hoy nos acordamos de Alvar Dávila, capitán de serranos, “manqueospese” a algunos.
Javi Prieto Sancho



