
Estoy muy a gusto en el sofá. La lectura es un poco ardua, pero de todo se aprende. La verdad es que este tipo estaba bastante trastornado. Al leer su libro se comprende mejor cómo acabó todo. No podía acabar bien. Cualquier persona con dos dedos de frente se lo veía venir. Cualquiera con poco de sentido común nunca seguiría a un individuo así. Bueno, hay que leer de todo, estudiar, comprender…
Fuera hace mucho calor. Aquí se está bien. En el sofá, con el ventilador y leyendo. Aunque me cuesta cada página. Voy a parar para refrescarme un poco. Un vaso de agua fresquita, que se me está haciendo un nudo en la garganta con tanta basura intelectual. La verdad es que algunos capítulos son especialmente nauseabundos. Con la de libros que me apetece leer, no sé qué carajo pinto echando tiempo a esto.
¿Quién ha dejado la manta de invierno encima del sofá? Pero si estamos en pleno agosto, por favor. Da calor solo de verla. A la que me levanto a por el vaso de agua la recojo y la guardo en el armario.
-¡Joder!
-¡Sssss!
-¿Pero de dónde ha salido esta serpiente?

Mierda, tiene la cabeza triangular, parece de las venenosas. Pero es demasiado grande para ser una víbora y aquí en estas tierras no conozco otras serpientes venenosas. Uff, parece que se está cabreando, se eleva sobre sí misma y danza como buscando dónde morder.
A ver, tío, no te muevas. Mantén la calma. O quizá mejor salir corriendo antes de que ataque. Joder, ¿qué hago? ¿Qué hago? Encima con pantalón corto y sin camiseta, si me muerde me envenena seguro. Mierda, estoy sudando del susto.
-¡Ssss!
Ey, reptil, tranquila. Bueno, por lo menos no anda la perra por aquí… ¡Um!, la cachorra, eso es. No está por aquí. Siempre está conmigo. Qué raro. Algo no cuadra. Mierda, que se lanza a por mí… Pongo el libro entre medias, toma. Ostias, ha mordido el lomo. La agarro. La tengo por debajo de la cabeza. Justo debajo, para que no se pueda revolver contra mí. ¡Madre mía, qué colmillos tiene! Bueno, por lo menos el “Mein Kampf” ha valido para algo. Si no llega a morder el tocho este me atraviesa con los colmillos el brazo. Ahora que lo pienso, ¿cuándo he decidido yo leer a Hitler?
La bicha se está revolviendo. Por lo menos debe medir un metro y no para de menearse tratando de escapar. Su piel está fría, da repelús el contacto con las escamas, pero no puedo dejar de apretar o me morderá. ¿Qué hago con ella? Al final se me va a escapar y me va a acabar mordiendo. ¿Dónde está la galguita? ¿Qué hago yo leyendo basura nazi? ¿Qué hace una serpiente en mi salón? ¿Quién ha dejado una manta en el sofá en pleno agosto? Esto no puede ser verdad…
-¡Eso es! ¡Eso es! Esto no está pasando…
Vale, zagal, ahora respira hondo y suelta tranquilo. Esto es una jodida pesadilla. Tú no tienes una serpiente entre las manos. No tienes una bicha de casi un metro tratando de soltarse para hincarte sus colmillos llenos de veneno. Y sobre todo no estás leyendo al demente de Adolf Hitler y sus teorías genocidas de pueblo elegido. No es verdad. Suelta.
-Un momento, ¿y si me equivoco? ¿Y si sí es verdad?
No, la perra estaría aquí, la habría olido, habría ladrado y quizá se hubiera lanzado a por ella. Tú no lees esa bazofia. Estabas leyendo “El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl. Te has quedado dormido en el sofá. Esto es una puta pesadilla. Suelta la serpiente. Abre los ojos. Despierta. El fascismo no está en esta casa. No tienes el libro de Hitler.
Tres, dos, uno…
Abro los ojos…
Suelto…
-¡Ey, perrita! Cuánto me alegro de verte.
La cachorra me lame la mano. El libro de Viktor Frankl reposa a mi vera. Se hizo de noche. Me quedé dormido. No hay ninguna manta en el sofá. Pongo la tele para distraerme y reponerme del susto. Sale el canal 24 horas y los disturbios racistas en Levante. La serpiente finalmente sí anda suelta.
Javi Prieto Sancho
Ilustraciones del juego de mesa “La expedición perdida” de Gen X Games.


