Pueblo y barrio

La vida en el pueblo le resultaba placentera. Disfrutaba de su trabajo, en armonía y equilibrio con los animales que le ayudaban en la labor, su esfuerzo físico y el buen hacer de su oficio artesanal. Pero la atmósfera que pesaba en la aldea le asfixiaba. La moral nacional-católica dictada desde el púlpito de la iglesia lo invadía todo. No dejaba resquicio de la vida privada ni de las relaciones sociales sin medir, examinar, reglar, castigar, condenar. Pero además había “otras iglesias”, las de aquellos círculos sociales que se arrogaban el derecho de juzgar la vida de los otros, de cuchichear a espaldas de uno, de censurar a quien se saliera de la norma no escrita, de lo tradicional, lo correcto, lo adecuado. A Cipriano no le gustaba que todo estuviera dicho de antemano, desde cómo vestir, hasta tu trabajo del día de mañana, incluso cómo y a quién amar.

Cipriano se refugiaba en sus quehaceres, en su relación con Lucía, tan sana, tan noble, tan falta de prejuicios. Cipriano andaba por su labor de acá para allá por los montes, por los pueblos de la serranía. En la sierra, por pobres, los pueblos estaban más dejados de la autoridad y el pensamiento y conductas de los serranos y las serranas eran más abiertas, más naturales, más instintivas y rebeldes. El maestro Mateo de la sierra, rara avis tras la depuración efectuada en la guerra, le ayudó a completar sus estudios básicos y le potenció su sentir libre pensador. Aunque a la postre había que guardar las formas, pues en esas aldeas abundaban las familias de vencidos en la guerra y la autoridad también tenía sus esbirros allá. En cualquier caso, solo allí se lograba hablar y escuchar algo sobre los del monte, sobre los que seguían resistiendo, con todo perdido, la asfixia social de los vencedores.

—Padre, me voy este verano a la ciudad. El negocio familiar no da más de sí y no puede sostener a dos familias.

Ese verano, ganando unos jornales extra segando el cereal con la hoz, juntó las pesetas necesarias para su primer viaje a la gran ciudad. Llegó por la mañana y tras comer en una posada regentada por paisanos, por la tarde ya estaba trabajando en el mercado descargando cajas de los camiones que venían de los campos y huertas de la periferia. Del mercado pasó al taller y del taller a su oficio propio.

Cipriano observaba el clima social de la ciudad. Se respiraba distinto. La moral imperante no era tan férrea y en los barrios obreros se comenzaban a tejer otros lazos. La rebeldía impotente y latente en los pueblos pobres de la serranía, brotaba en los barrios como germen de algo nuevo por venir, como esperanza y no solo como resistencia sorda. La iglesia no podía controlar que cada feligrés acudiera el domingo al sermón semanal. Las pequeñas “iglesias” de chismosos tampoco tenían tanta fuerza en el barrio ni en la ciudad. La vida resultaba, en cierto modo, más libre, con más posibilidades de expresar cada cual su idiosincrasia.

Por los barrios y fábricas circulaban libros libres, clandestinos, prensa obrera con ventanas a otra conciencia, a otra sociedad. Cipriano, en ocasiones, se acordaba de sus animales, del trasiego en los montes, de la naturaleza, pero su espíritu se sentía más libre en el barrio, pese a las dificultades cotidianas, pese al trabajo duro, pese a la dictadura. El pueblo asfixiaba al individuo con espíritu crítico y libre albedrío. La iglesia y las “otras iglesias” no religiosas no permitían la disidencia a la norma, a su normalidad, a lo que se consideraba correcto, a lo que se juzgaba sin dar opción de opinar.

—“Pueblo chico, infierno grande” -comentaba para sí Cipriano.

Pasaban los años y el barrio crecía y con los bloques de ladrillo visto la conciencia social de sus gentes. Se peleaba por las aceras, el alumbrado, el instituto. El último año se habían organizado unas fiestas populares sin permiso de la autoridad. Cipriano se mostraba curioso, simpatizante con las nuevas formas de vivir que crecían en el barrio. Cada vez que visitaba su aldea le embargaba un sentimiento contradictorio. Amaba el entorno, se complacía del encuentro con un buen puñado de personas, pero pronto percibía el halo de moralidad condenatoria que se cernía especialmente sobre los que volvían de la ciudad. Del barrio se oían cosas escandalosas, incorrectas, peligrosas. Se decía incluso que los rojos volvían a organizarse, que las asociaciones vecinales, las asambleas de fábricas, los grupos de jóvenes se radicalizaban día a día.

Cipriano ya no pisaba la iglesia. Trabajaba duro y sacaba la familia adelante, junto con Lucía, que había llegado del pueblo hace pocos años. Ella participaba junto a otras mujeres en la asociación vecinal y en las demandas vinculadas a la escuela de los hijos. La ciudad sentaba bien a Lucía, se acomodaba mejor a su conciencia social libre, en gran medida, de prejuicios y dogmatismos. La naturaleza libertaria de la mujer se acentuó con la práctica asociativa. De hecho las madres formaron los colectivos más aguerridos del barrio, las asociaciones contra la droga que igual se enfrentaba a la policía, a las cárceles de sus hijos enganchados, a las mafias o a los políticos de turno por arrancar un mínimo de dignidad y esperanza en el infierno de heroína que se desató en las periferias urbanas. Lucía estuvo ahí.

Finalmente la dictadura acabó. Los barrios obreros gozaban de cierta autonomía cultural, al fragor de sus luchas cotidianas, de sus múltiples asambleas y asociaciones. La iglesia poco pintaba, salvo la de aquellos curas rojos que se involucraban codo con codo en el movimiento obrero. Las “otras iglesias”, tan activas en los pueblos todavía, en la ciudad perdían fuerza. En el barrio era más difícil juzgar a nadie y condenarlo al ostracismo. La peña iba más a su bola en la ciudad y siempre había cuatro gatos con las mismas ideas para desarrollar múltiples maneras de vivir. Cipriano echaba de menos su monte, pero los aires serranos que aprendió junto a su maestro Mateo soplaban ahora en los barrios. Caminaba a casa después del tajo. Alguna persona había pintado sobre la pared ¡Libertad!

Javi Prieto Sancho

Mural Chaplin de From Kolors

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