La loba Senda y los tres cerditos

Había una vez tres cerditos que decidieron independizarse de casa de mamá y papá. Como la vivienda estaba carísima en el barrio en el que habían nacido, decidieron construirse sus propias casas en un pueblo, lejos de la ciudad.

Faustino, el cerdo más joven, se hizo una choza de paja. Tardó muy poco en levantarla y se fue a jugar y a revolcarse en los charcos de barro. Agustín, el mediano, utilizó maderas para hacer su cabaña. No pensó mucho en la colocación de los tablones. Tardó más que Faustino, pero en dos días la tenía terminada.

Leandro, el hermano mayor, se pasó primero por la biblioteca del pueblo. Allí leyó libros sobre construcción de casas. Ya en el campo, juntó muchas piedras y levantó una sólida casa de piedras y tejado de tejas rojas. Tardó dos semanas, pero se organizó para trabajar en la obra por las mañanas y por las tardes descansar un poco, leer, jugar y revolcarse en el barro.

Antes de que llegara el invierno, el ayuntamiento del pueblo mandó a la arquitecta municipal a inspeccionar las nuevas viviendas. Era un loba de mediana edad, guapa, fuerte, de pelo marrón casi negro y mirada inteligente. Se llamaba Senda.

– Faustino, tu choza de paja no resistirá las lluvias de otoño. Y el viento se llevará la paja volando si no la unes con argamasa y haces adobes de barro y paja, por ejemplo.

– Yo no quiero trabajar más.

– Vale, tú verás.

Con la primera tormenta de otoño la paja de la choza voló por los aires y la poca que quedó se empapó con la lluvia y en pocos días se pudrió. Faustino perdió su casa y se quedó triste y empapado.

La loba Senda visitó a Agustín, el mediano de los hermanos.

– Cerdito, te recomiendo que refuerces tu casa. Faltan vigas sólidas que soporten un buen tejado que te aísle de las lluvias. El techo está lleno de goteras. Las maderas no están bien colocadas.

– Es que quiero jugar y revolcarme en el barro.

– Agustín, hay tiempo para todo si te organizas bien -le dijo la loba Senda.

Pero Agustín no la hizo caso tampoco y en la primera semana de intensas lluvias la casa de madera se inundó. Agustín se quedó empapado y desconsolado.

Senda, la loba, fue a visitar por último el hogar de piedra de Leandro.

– Leandro, te felicito porque has hecho un gran trabajo. Se nota que has estudiado cómo construir tu casa y que has sido laborioso.

– Gracias, loba Senda. ¿Quieres que almorcemos algo? Me iba a preparar unas tostadas de queso con aguacate.

– Pues sí, muy amable, porque tengo hambre. Pero no tienes algo de embutido o carne…

¡Pim! ¡Pam! ¡Pum!

– ¿Qué son esos ruidos tan estripitosos? -dijo Senda.

– Son cazadores furtivos que campan a sus anchas en el bosque. El guarda forestal está solo y el terreno que tiene que cuidar es muy grande y nunca los pilla. Estoy preocupado por mis hermanos Faustino y Agustín -le explicó Leandro.

– No te preocupes. Creo que esto lo puedo arreglar yo.

Y Senda, con una fiera expresión en su mirada, salió de la casa de piedra en dirección al bosque.

Un buen rato después, alguien llamaba a la puerta de Leandro: ¡Toc, toc, toc!

– ¿Quién es?

– Somos Faustino y Agustín y venimos con una amiga. Abre hermano.

Los tres hermanos se abrazaron en la casa de piedra de Leandro.

– Casi nos matan los cazadores furtivos -exclama el cerdito pequeño.

Por la puerta entró también la loba Senda, con una sonrisa en la boca y una panza llena y redonda.

– Ya no necesito almorzar, Leandro. Gracias.

Y colorín, colorado, a los furtivos… ¡a bocados!

Javi Prieto Sancho

Dibujo: JPS y colores Nayara (6 años)

4 comentarios

  1. Miguel Ángel

    Muy buena adaptación a los tiempos que vivimos.

  2. Fernando Ruiz

    Me ha parecido muy original y actualizada versión del cuento y el final muy justo pagan los que en la realidad se suelen salir con la suya , creo que necesitaríamos más libas Senda.

  3. Sí, muchos de los cuentos clásicos necesitan un lavado de cara. Gracias por posarte en la Petirroja y comentar, Fernando.

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