“Billy Elliot” y la fuerza de lo colectivo

La película del niño bailarín, que muchos y muchas conoceréis, es muy del agrado de nuestra casa, donde tenemos una joven bailarina. Dirigida por Stephen Daldry y con guión de Lee Hall, “Billy Elliot” narra las peripecias de un niño de clase trabajadora para hacerse hueco en el elitista mundo de la danza. La historia de Billy, interpretado por Jamie Bell, corre paralela con las de su padre, Jackie (Gary Lewis), y su hermano mayor, Tony (Jamie Draven), mineros en plena huelga indefinida.

De esta manera la cinta aborda el desafío individual del niño, al tener que romper con los estereotipos de masculinidad de los años ´80 en Inglaterra, con las barreras socioeconómicas para el desarrollo personal (a veces invisibles) y con la presión de la familia hacia el menor que empieza a tomar sus propias decisiones vitales. Lo interesante, a nuestro entender, es cómo enlaza el drama personal, muchas veces aderezado con gran comicidad, con el desarrollo de ese protagonista colectivo que atraviesa la película de principio a fin: Los mineros, sus familias y los barrios obreros del condado de Durham, en la larga huelga de mineros del Reino Unido de 1984 y 1985.

La clase social, la clase obrera, viene representada por el sindicato minero, los piquetes a la puerta de la mina intentando evitar la entrada de esquiroles al trabajo, el local cultural donde juntan la Caja de Resistencia y las calles del barrio donde se enfrentan a la policía. Jackie, el padre de Billy, tendrá que enfrentar su propio dilema, cuando llega a la conclusión que el futuro de su hijo como bailarín profesional puede llevar aparejado apostar por un camino individualista y la traición a sus valores y a sus compañeros de lucha. Estalla a su vez el conflicto familiar con el hijo mayor, Tony, metido en el ala más radical del movimiento minero de resistencia. El drama alcanza la máxima expresión, aunque como siempre, la película da un respiro al espectador con su ternura cómica no exenta de crudeza.

Destacar también la actuación de Julie Walters, como Sandra Wilkinson, la profesora de danza que fuma, que sostiene económicamente su hogar y que arrastra a Billy hacia su pasión y a cumplir sus sueños, a pesar de nadar contra corriente. Puestos a destacar, nos quedamos con la escena del baile callejero de Billy, cuando la tensión, la rabia y la frustración acumulada le superan. Sus botas barriobajeras taconeando las calles, tapias y vallas del vecindario. Sus vaqueros medio rotos. Su amigo homosexual y la entrañable relación de amistad en un ambiente homófobo, donde determinadas formas de expresión de los sentimientos sigue siendo tabú. Bailar o explotar.

Dibujos de Nayara S.P.

¿Qué decir de la magnífica banda sonora? Himnos rockeros y poperos de los años 70 y 80 en las islas británicas. Cuatro ejemplos: La envolvente “Cosmic dancer” de T.Rex, la marchosa “Town called malice” de The Jam, la bailonga “Walls come tumbling down!” interpretada por The Style Council o el reggae punk rock “London calling” de The Clash, sobre las imágenes de un original despliegue policial en el barrio obrero en busca de los sindicalistas más activos.

No sabes si llorar o reír, con esta película del año 2000. Ganadora de los premios BAFTA a la mejor película británica, al mejor actor (Jamie Bell), al mejor actor y a la mejor actriz de reparto (Gary Lewis y Julie Walters, respectivamente).

Finalmente, lo individual no está tan enfrentado a lo colectivo y lo común sostiene y aúpa el brillo personal. El mensaje de “Billy Elliot”, en tiempos de nihilismo y feroz individualismo neoliberal, en tiempos del nuevo thatcherismo que representa el cruel trumpismo, resulta tremendamente subversivo. Resistir a ritmo de música popular, de rock de calle y de clase, llorar sin perder la sonrisa y practicar y persistir para alcanzar tus metas. Sosteniendo todo, el apoyo mutuo de un mundo obrero en plena crisis, un barrio que intentará volar con el baile del “lago de los cisnes” de uno de los suyos.

Javi Prieto Sancho


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