
Una estrella fugaz y brillante ha regresado a la Pradera de los Perritos. Nuestra niña Nuca, la hija de mi Príncipe, ha querido volver a la pradera junto a sus amigos.
Para quienes no la conocieron, os explicaré cómo era y cómo vivió entre nosotros durante este breve espacio de tiempo. Era una perrita alegre y cariñosa con su familia, a la que aportó, en su corta vida, toda la felicidad y todo el amor que se puede dar y recibir. Curó inseguridades, miedos y soledades; toda una heroína en tamaño reducido.
Llegó a nuestras vidas para dar amor, cariño y seguridad, y también para recibirlos. Nadie sabe por qué ha decidido marcharse. Quizá ya había cumplido su misión y ha llegado el momento de pasar a una nueva etapa. También puede ser que se sintiera atraída por la estela de mi Reina, la verdadera jefa de la Pradera de los Perritos. Eso nunca podremos saberlo.

Lo que sí es seguro es que, cada vez que miremos al cielo, veremos esa pradera: un lugar cálido, con un césped tupido y fresco, rodeado de ríos donde nadar y repleto de flores y árboles bajo cuya sombra descansar. Allí estarán nuestros amigos peludos, felices y contentos, persiguiendo mariposas, jugando entre ellos y esperando pacientemente a quienes algún día volverán a encontrarse con ellos.
A veces, los habitantes de la pradera se aburren y deciden regresar a la Tierra en forma de estrella fugaz para colmar de felicidad a las personas que seguimos aquí abajo, llenando de alegría nuestros corazones y dejando un enorme vacío cuando tienen que volver.
Quizá por eso duele tanto su partida. Porque nunca estamos preparados para despedirnos de quienes nos han querido sin condiciones. Ellos no entienden de enfados, de diferencias ni de intereses. Nos regalan su confianza desde el primer día y nos entregan su corazón hasta el último. Se convierten en compañeros de viaje, en guardianes silenciosos de nuestros días buenos y refugio en los malos.
Y cuando se marchan, el silencio parece más grande. Echamos de menos el sonido de sus pasos, sus juegos, sus travesuras, la manera en que nos recibían al llegar a casa y hasta esos pequeños detalles que un día parecieron cotidianos y que ahora daríamos cualquier cosa por volver a vivir. Entonces comprendemos que no ocupaban un lugar en nuestra casa, sino un lugar en nuestra alma.
Pero el amor tiene algo maravilloso: no desaparece cuando alguien se va. Cambia de forma, como el cielo de la canción de Robe. Deja de estar en una mirada, en una caricia o en un ladrido, para transformarse en un recuerdo que nos acompaña siempre. Y mientras exista ese recuerdo, mientras una sonrisa consiga abrirse paso entre las lágrimas al pensar en ellos, seguirán caminando a nuestro lado.

Nuca no se ha llevado nada de lo que compartió con nosotros, ninguno de ellos lo hace. Al contrario. Han dejado aquí sus huellas más profundas. En cada momento de alegría, en cada fotografía, en cada rincón de la casa donde fueron felices y, sobre todo, en cada persona a la que enseñan a amar un poco más.
Por eso, aunque hoy el corazón llore su ausencia, llegará un día en el que, al pronunciar su nombre, el dolor dejará paso a la gratitud. Porque comprenderemos que la verdadera suerte no es haber tenido más tiempo, sino haber tenido la oportunidad de compartir parte de nuestra vida con ellos.
Y entonces miraremos al cielo y ya no pensaremos solamente en el día que se marchó. Pensaremos en todos los días que estuvo aquí. En todo lo que nos regaló. En todo lo que nos enseñó. En todo lo que cambió nuestras vidas sin pedir nada a cambio.
Muchas gracias amores peludos, siempre estaréis en nuestro corazón, gracias.
Gracias por cada abrazo en los días difíciles. Gracias por cada instante de alegría. Gracias por vuestra lealtad infinita. Gracias por ayudarnos a ser mejores personas. Gracias por convertir una parte de tu corto viaje en el capítulo más hermoso de nuestras vidas.
Nos habría gustado que te quedaras mucho más tiempo, pero el tiempo nunca mide el amor. Y el amor que nos dejaste es tan grande que llenará nuestros corazones para siempre.
Sé feliz allí, pequeña. Corre libre por esos campos infinitos junto a tu familia de la Pradera de los Perritos. Descansa bajo los árboles, juega entre las flores y nada en esos ríos cristalinos. Nosotros seguiremos recordándote con una mezcla de lágrimas y sonrisas, porque ambas son la prueba de lo mucho que te quisimos.
Y cuando alguna noche una estrella fugaz cruce el cielo, sabremos que quizá es uno de vosotros, recordándonos que el amor verdadero nunca se pierde, que quienes han sido amados jamás desaparecen del todo y que algún día, en alguna pradera más allá de las nubes, volveremos a encontrarnos.
Hasta entonces, corre libre, pequeña Nuca.
¡Volad, perritas, volad!
Toñi López Jiménez

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Vuela Nuca, vuela !!!