No somos los de la Expedición “Endurance”

“Se buscan hombres para viaje peligroso, poca paga, frío cruel, largos meses de oscuridad completa, peligro constante. El retorno seguro es poco probable, honor y reconocimiento en caso de éxito”.
Ernest Shackelton

La Expedición Imperial Transantártica, conocida popularmente como la “Endurance”, fue la epopeya de un grupo de exploradores que pretendía atravesar la Antártida a pie por primera vez. Esta odisea de nieve y hielo se desarrolló entre 1914 y 1917. Años antes, en 1911, el noruego Roald Amundsen había sido el primer humano, que se sepa, en pisar el Polo Sur. Estamos en los tiempos del imperialismo europeo y en la era de las exploraciones de principios de siglo XX. La Expedición Endurance, nombre del barco que les llevaba hasta la Antártida, estaba capitaneada por Ernest Shackelton y tenía que cubrir casi 3.000 kilómetros para lograr su objetivo. Los expedicionarios no lo consiguieron, sin embargo, su gesta pasaría a los libros de Historia, ya que, tras quedar su navío atrapado entre los hielos de las aguas antárticas, en el mar de Weddell, lograron sobrevivir y volver a casa. Pero esa es otra historia que no toca contar hoy.

Nuestra expedición era bastante más modesta que la de Shackelton y sus hombres. Desde el Puerto de Navafría (Segovia) pretendíamos subir al Pico Nevero (2.213 m), que como su nombre indica, suele estar nevado gran parte del otoño, invierno y primavera. Unos 12 kilómetros de ruta, técnicamente fácil y casi 500 metros de desnivel. El único requisito extra para esta ocasión el disponer de crampones para caminar seguros sobre la nieve y el hielo. Llegados al aparcamiento de Las Lagunillas, iniciamos la senda de subida. Cinco varones, dos mujeres, un perro y una perra. Somos menos que los 27 hombres de la Endurance. En el aparcamiento algún coche, no los nuestros, también queda atorado entre las placas de hielo, como los mástiles de la Endurance en el mar de Weddell. -2 grados centígrados y 4 de máxima que se esperan para hoy en las tierras de la Villa de Pedraza (Segovia). Corre una ligera brisa, amortiguada por el pinar que nos rodea. Nos ponemos los hierros a poco de empezar la ruta. Los canes, sin crampones, suben y bajan corriendo, muerden la nieve y disfrutan de la estabilidad y potencia de sus cuatro patas bien entrenadas. A nuestro alrededor otros excursionistas optan por raquetas bajo sus botas. Una niebla impide ver el cielo azul y el sol, que durante la mañana estará en parte eclipsado. El día promete.

Nuestra perra más joven se pincha una almohadilla con las vallas de alambre de espino para delimitar las tierras y contener al ganado de la serranía. Da igual, algo de sangre mancha la nieve y la cachorra sigue su alocada carrera y su juego jovial con su compañero canino. Subimos con crampones en las botas y con la ayuda de bastones de senderismo. Pisamos donde ya han pisado otros montañeros. Si te sales de la senda marcada, con nieve dura de las pisadas, fácil meter la pierna hasta la rodilla en el manto blanco. Paso a paso el pinar va desapareciendo y la brisa se convierte en viento. La niebla, lejos de disiparse parece cerrarse aún más.

Me imagino que algún tripulante de la Endurance pensaría aquello de “qué frío del demonio en este bello infierno blanco”. El blanco nos rodea, por abajo y por arriba. El sol se vislumbra a duras penas como una esfera blanca, más reluciente, dentro de la niebla blanca. Blanco, blanco, blanco… allá donde mires. Al gorro de lana le añades la capucha de la sudadera. El lóbulo se escapa del gorro y sientes un frío helador. Te pones las gafas de sol, casi más para proteger tus ojos de la ventisca helada que del escaso reflejo del sol en la nieve. La cuesta tira lo suyo, menos a nuestros perros, que parecen no sufrir. Pero los últimos árboles van quedando atrás y la loma al Pico Nevero va quedando pelada y expuesta a los cuatro vientos. La ventisca se hace cada vez más seria. Vientos de 70 kilómetros por hora nos azotan. La niebla nos impide ver. El grupo se deshilacha y el primero de nosotros no consigue distinguir la figura del último. Ajenos a la niebla, ajenos al frío, los perros vienen y van. Hasta que el viento comienza a incomodar incluso a los canes, que empiezan a buscar refugio entre los arbustos que a duras penas sirven de parapeto.

Alguien en la Expedición Imperial Transantártica, quizá el capitán Shackelton, tuvo que darse cuenta al hundirse el barco que el objetivo ya no era cruzar a pie el continente helado, sino simplemente volver y contarlo. Nuestra expedición es mucho más modesta, ya lo hemos dicho, pero alguien del grupo, en algún momento dado, dice “ahí arriba estamos más expuestos al viento y seguiremos sin ver nada por la niebla. Creo que es conveniente bajar de nuevo al bosque”. Improvisamos asamblea senderista y decidimos bajar por donde hemos venido. El Pico Nevero, que se nos habrá quedado a unos 2 kilómetros para coronarlo nos esperará ahí para subirlo otro día.

Y así, llegamos a nuestro final de expedición, menos épica que otras veces. Pero no somos los de la Endurance y para ser un sábado por la mañana, después de trabajar toda la semana, pues tampoco ha estado mal la aventurilla de nieve y hielo que hemos recorrido durante tres o cuatro horas. No sé lo que se comería Ernest Shackleton al llegar al primer refugio seguro, pero nuestro grupete Madtrekkers se ha recompensado su pequeña gesta heroica matutina con ricas raciones de patatas braviolis y torreznos en Lozoya. Como ya saben ustedes si son lectores habituales, en estas ocasiones me gusta sacar a relucir la sabiduría que encierra el dicho popular de “soldado que deserta, vale para otra guerra”.

A Shackelton por salvar a su tripulación de una expedición fracasada le hicieron Sir del Reino Unido. Que yo sepa, ninguno de los que hoy hemos intentado subir al Pico Nevero esperamos que el rey nos distinga con galardón alguno. Ahora que dudo mucho que Sir Shackelton comiese unos torreznos como los que nos hemos comido hoy en Lozoya. Eso sí, más tarde o más temprano coronaremos el Pico Nevero y se lo contaremos, que el espíritu del Endurance sí que está un poco en nosotros y nosotras.

Javi Prieto Sancho

4 comentarios

  1. Fernando Ruiz

    Muy buena aventurilla para un sábado,y muy sensata,el pico no se va a ir,otro día lo conseguiréis y así de paso volvéis a saborear esos torreznos.
    Muchas gracias por estas amenas crónicas.

  2. Carlos

    Preciosa foto la segunda!
    …y no sé si es sana la envidia. 😘

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