Memoria por los abogados de Atocha

No hace muchas semanas un amigo criado en los años 60 y 70 en Vallecas me contaba recuedos de familia y también de luchas sociales. El final de la dictadura franquista fue un tiempo de esperanza y también de plomo. El túnel del nacionalcatolicismo llegaba a su fin. La rebeldía se extendía imparable por fábricas y barrios. Los trabajadores y trabajadoras, vecinos y vecinas exigían derechos laborales, libertades, justicia social y esas grandilocuentes y abstractas palabras se traducían en demandas concretas para la mejora de los barrios: aceras, saneamientos, colegios e institutos… En las fábricas y tajos otro tanto. Las huelgas estaban a la orden del día y las asambleas de trabajadores y trabajadoras asumían el protagonismo de sus luchas: mejores salarios y condiciones laborales, reclamos de libertades de asociación y otras prohibidas por entonces, amnistía para los presos y presas políticos y mejoras para los “sociales”.

Mi amigo, de familia obrera y de izquierda, se cambiaba de acera al pasar delante del cuartelillo para no saludar. Los guardias civiles que custodiaban la entrada le amenazaban con zurrarle por “rojillo”. Los techos del primer piso, manchados adrede de sangre, se veían desde la calle. Aviso a navegantes para futuros detenidos, pues Vallecas y otros barrios obreros estaban llenos de “sospechosos”. El Estado totalitario actuaba con total impunidad.

Me cuenta mi compañero, que algún día también vio su casa desparramada durante un registro policial que buscaba “propaganda roja”. Octavillas y panfletos que se repartían mano a mano, barrio a barrio, tajo a tajo y que extendían una conciencia social de compromiso y lucha en pos de una sociedad más justa, igualitaria, culta y libre. Por aquel entonces sindicatos y organizaciones obreras estaban prohibidos, pero la movilización social no paraba de crecer. Años de esperanza que hacía frente a la ilegalidad.

Años también de plomo. La extrema derecha desplegaba su violencia política como forma de extender el terror e intentar parar la reivindicación popular. En Aluche asesinaban a la estudiante Yolanda González, por culta, por mujer, por libre. En la cárcel de Carabanchel el cenetista Agustín Rueda era tortutado hasta su muerte porque los carceleros buscaban información sobre un plan de fuga. En Atocha ametrallaban un despacho de abogados laboralistas, aquellos que asesoraban en conflictos sindicales. Entre los condenados por los asesinatos, falangistas españoles y neofascistas italianos vinculados a la Red Gladio, terrorismo amparado por la CIA de EE.UU.

El comando fascista buscaba acabar con la vida del sindicalista del transporte, Joaquín Navarro, por dirigir huelgas que ponían en vilo los negocios sucios del “sindicato” vertical del régimen en el sector. Al no encontrar a Navarro, caían el 24 de enero de 1977 cinco abogados de las Comisiones Obreras y del PCE:

Serafín Holgado
Francisco Javier Sauquillo
Ángel Rodríguez Leal
Enrique Valdelvira
Luis Javier Benavides

Otras cuatro personas resultaban gravemente heridas: Miguel Sarabia, Alejandro Ruiz-Huerta, Luis Ramos y Lola González. A la manifestación de homenaje acudirían más de 100.000 personas. Se convirtió en la manifestación más multitudinaria tras la muerte del dictador. El terror no consiguió sacar a la gente de las calles. Al día siguiente huelgas y paros en centros de trabajo se extendían por toda España. Meses después se legalizaría el PCE.

La lucha social de aquellos años consiguió muchas cosas: derechos civiles y sindicales, más libertades para la clase trabajadora, mejoras tangibles en barrios y fábricas, un sistema democrático frente a uno dictatorial. Sin duda, no se consiguió una sociedad que superase el capitalismo por lo que muchas personas luchaban, y parte de las élites de izquierda “se vendieron, traicionando la lucha de sus bases”, a juicio de muchos militantes sociales. Así con todo, la clase obrera en España mejoró su situación vital.

Es triste ver como hoy en día parte de las personas que viven de su trabajo “compran” el discurso populista de extrema derecha. Pero la política del odio se traduce en peor sanidad y educación públicas, menos derechos laborales, menos libertades civiles, acoso y derribo a los avances feministas en igualdad social, persecución de lo diverso en materia sexual y afectiva, deterioro de los servicios públicos a todos los niveles… La extrema derecha para la clase trabajadora es basura y como tal debe ser tratada.

La buena vida, siempre mejorable, que hoy en día tienen los trabajadores y trabajadoras de este país se asienta en el compromiso, el esfuerzo y la lucha social de las generaciones pasadas. Mi amigo, el niño de Vallecas, ya hombre siguió ejerciendo su actividad sindical desde la base, desde su puesto de trabajo y su barrio. Hoy jubilado sigue manifestándose por la sanidad pública, por pensiones dignas, solidarizándose en conflictos sindicales y contra la guerra…

Él como yo, sabemos que nadie regaló libertades y derechos, sino que fueron conquistadas con sangre, sudor y lágrimas por personas como los abogados de Atocha que hoy homenajeamos con estas humildes letras. Hagamos de la memoria un pozo con el que regar y cultivar las luchas sociales presentes y venideras.

Alejandro Prieto

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