
Érase que se era
un mundo grande de personas pequeñitas,
que se creían más grandes que él.
Érase que se era,
un río,
un lago,
un bosque quemado.
Casas, chalets,
edificios.
Oficinas,
infinidad de oficios.
Personas que vivían,
porque otras sobrevivían.
Manteniendo sus riquezas,
a través de su miseria.
Érase que se era,
una mamá que venía del trabajo agotada, hastiada,
sin futuro alentador.
Rodeada de mendicidad y miseria,
servilismo injusto, delincuencia legal.
Érase que se era,
un oasis en medio del desierto,
donde esa madre pudo reflexionar y plasmar todo eso.
Un oasis donde refrescar a sus hijos
en amor infinito.
Érase que se era,
un mundo de armonía natural,
de amor horizontal,
donde la ternura es lo habitual.
Érase que se era…
Indeleble Munay

