Caníbales

Entrada yacimiento Atapuerca

Hace unas semanas estuve visitando el Museo de la Evolución Humana de Burgos y anteriormente los yacimientos de Atapuerca. Me fascina el hecho de saber que seguimos aquí tras miles de años, adaptándonos al medio, sobreviviendo a todo. Tener la suerte de ver in situ cómo el Homo antecessor o el Homo heidelbergensis habitaron la meseta y esas cuevas kársticas en comunidad me conecta con la bondad de saber que es posible sobrevivir juntos.
En medio de esas visitas envueltas en un aura de muerte, descubrir un cráneo humano con similares facciones a las nuestras, e imaginar sus anhelos, sus necesidades, su pensamiento me devuelve la alegría de vivir y de conocer.


Efectivamente, esos cráneos expuestos en el museo por orden cronológico junto a sus herramientas rudimentarias y otros objetos hallados son la prueba irrefutable de que fuimos, lejos de ser diferentes, lo que somos hoy: personas.


Entre los muchos vestigios de estas comunidades, la práctica del canibalismo también se abre camino. Numerosos huesos humanos con incisiones de herramientas de corte nos hablan -según los arqueólogos- de que fue común la práctica del canibalismo, bien por una cuestión de supervivencia y, en otros casos, entendidos como un rituales funerarios.

Hommo Antecessor


En las sociedades prehistóricas el canibalismo tenía un carácter simbólico importante, se cree que por un lado se practicaba tras la guerra como indicador de superioridad y de poder de unas comunidades frente a otras, se alimentaban de la carne del derrotado y de su tuétano. También la antropofagia podía tener un carácter simbólico como parte de un ritual de una cultura determinada y en otros casos una mera cuestión de supervivencia de los individuos en periodos de hambre. El caso es que, de un modo u otro, por necesidad o por superioridad, el canibalismo pars est essentiae nostrae, es parte de nuestra esencia.


Es posible que en la actualidad el canibalismo no goce de buena reputación moral, y sin embargo puede aceptarse como una práctica racional si, en caso de absoluta necesidad, nos alimentamos de otra persona. No hay más que recurrir al caso del famoso accidente aéreo de los Andes en 1972 en el que un grupo de personas sobreviven gracias al consumo de la carne de los cadáveres de otros compañeros que mueren en el accidente. La razón por encima de la ética. Supervivencia rasa que aniquila todo vestigio de brutalidad.


Pero no puedo dejar de extrapolar esta idea de canibalismo brutal a la sociedad actual. Un mundo donde la competitividad y el individualismo triunfan alimentándose de los otros. Me explico: ¿No es una sociedad caníbal aquella en la que las grandes empresas fagocitan a las pequeñas o donde las personas trabajadoras se devoran entre ellas para conservar su trabajo, su estatus o su poder; donde las distintas luchas se dividen y donde sus propios miembros se vuelven contra los que eran suyos para alimentarse de ellos en el mundo digital; no es el algoritmo de las redes un fagocitador de conocimiento a la vez que pone en bandeja los linchamientos de unos y que otros aprovechan para devorarlos? ¿No provocan estas dinámicas una suerte de miedo que impulsa a sumarse al canibalismo social?


Ciertamente, este símil del canibalismo y la sociedad actual basada en el contexto digital es fácilmente comprensible. Y bajo mi punto de vista es muy dañino el hecho de que, bajo la excusa de la defensa de cuestiones sociales o ideológicas, al final se expulse y fagocite a personas dentro de un mismo grupo cuando se rebasan las normas o los códigos implícitos de funcionamiento dentro de ese grupo. ¿Supervivencia o superioridad?

Homínidos


Volviendo a la idea del principio, ese miedo que nos impulsa a devorar a otros miembros está muy presente en los discursos de odio La narrativa de señalar en el contexto digital, donde el anonimato permite la deshumanización, se extrapola al ámbito cotidiano, algo que en origen, bajo unas normas acordadas de funcionamiento social, era impensable. ¿Y qué objetivo subyace a esta mecánica? La deslegitimación de la humanidad, la polarización, el miedo a opinar. A fin de cuentas, un funcionamiento de caníbales que, como en la prehistoria, el objetivo es ganar en superioridad y acabar con el otro.


Y sin embargo, en medio de esta brutalidad los vestigios del amor nos devuelven la esperanza y la convicción de que en el hombre (en las personas) hay cosas más dignas de admiración que de desprecio, citando a Albert Camus en La Peste.


En los yacimientos de Atapuerca, restos del Homo antecessor encontrados en la Gran Dolina y donde hay evidencias de este canibalismo, encontramos también la otra cara de la moneda en la Sima de los huesos: el cráneo de Benjamina.


Con este cariñoso nombre los científicos bautizaron el cráneo de una niña de entre 10 y 12 años hallado en las excavaciones. Del análisis detallado que se hizo de este cráneo se describió que esta niña padecía una enfermedad congénita denominada craneoestenosis, una patología que hace que las suturas del cráneo se cierren antes de tiempo, lo que provocó que el cerebro creciera de forma asimétrica causando una deformación que como consecuencia le generó un grave retraso psicomotor. Y he aquí donde radica la bondad: la pequeña Benjamina sobrevivió hasta la preadolescencia gracias a que otros humanos, o la comunidad, la protegieron, la cuidaron
y la alimentaron.

Cráneo de Benjamina


Esta bondad y empatía que emana de la historia de Benjamina es parte también de nuestra esencia, no es un constructo social. La fragilidad individual se evapora gracias a la conexión colectiva. Y esta conexión entre las personas se engrandece cuando hay un motivo superior por el que unirse, a pesar de las dificultades, de los anhelos personales, de las normas conceptuales, algo mucho más extraordinario que la mera supervivencia como especie.

Mónica Diez

Si quieres conocer más a fondo el caso de Benjamina, puedes entrar aquí:

https://museoevolucionhumana.com/es/noticias-meh

Yacimiento de Atapuerca

1 comentario

  1. Susana

    Excelente reflexión sobre el canibalismo de hogaño (digital) y el de antaño. Gracias.

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