
Se une al romero y las aulagas y el monte cuenta con más flores, gracias a la jara blanca (Cistus albidus). Hablamos de un arbusto típicamente mediterráneo, muy presente en los montes de la península ibérica. En el valle del Tajuña, donde hacemos nuestras excursiones cotidianas con las perras, abundan por ser sus suelos ricos en cal y el clima seco y caluroso durante muchos meses al año. Las veréis al borde de sendas, al abrigo de coscojas, almendros y encinas, en el sotobosque serrano junto a tomillos, romeros, espartos o atochas y aulagas.

Sus pétalos rosados nos recuerdan al papel de arroz que se utiliza para manualidades. Sus flores duran apenas una jornada y al día siguiente otro capullo nos regala otra floración. La planta crece entre el medio metro y el metro de altura, pero sus hojas perennes de un verde claro apagado no llaman en exceso la atención, cuando no hay flores.
De esta planta, como de otras Cistus, se obtiene el ládano, que es una resina con la que se elaboran jarabes para la tos. Como infusión también se toma la jara para aliviar el dolor de estómago.
Como casi todas las plantas de los montes ibéricos, la jara blanca es conocida en otras tierras por multitud de nombres: ardivieja, estepa, estopa, flor de muerto, jaguarzo, jara roja, jarilla, jogarzo, juagarzo, matagallo, quiebraollas…

El caso es que si tenéis la suerte de hacer senderismo en estas fechas, podréis deleitaros con sus flores rosadas con pistilo ambarino. Modestas, efímeras y bellas flores serranas.
Javi Prieto Sancho

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